En 1981 conocí en Berlín Oriental a un lector absoluto de Norman Mailer. A Hermann le bastaba una copa de aguardiente para hablar de Los desnudos y los muertos, la primera novela del autor. Su elogio comenzaba con la frase: “ese genio sólo ha escrito un libro”.
Hermann desempeñaba un cargo de burocrática vaguedad en una empresa socialista. Su contacto con la literatura se reducía a esa historia que leía una y otra vez. Hermann pasó la niñez bajo las bombas y la adolescencia entre las ruinas. Aquel libro recreaba con inagotable tensión la guerra que le tocó en suerte.
Mailer terminó la novela a los 24 años, y en 1948 hizo el obligado peregrinaje a París, donde recibió una carta de su editor: Los desnudos y los muertos era la novela más vendida de Estados Unidos y sería traducida a 40 idiomas. Mi amigo alemán estaba al tanto de la vida del escritor hasta este punto. Veía la novela como caso único y la revisaba al modo de un oráculo. No me atreví a contarle la tormentosa vida posterior del chico prodigio de Nueva Jersey.
Egresado de Harvard y el frente del Pacífico, Mailer mostró una insólita madurez en Los desnudos y los muertos. Curiosamente, como ha observado Martin Amis, su adolescencia vino más tarde, cuando empezó a disertar sobre su vida sexual como si hablara de la guerra de las Termópilas. Convencido de que no es la conciencia la que determina al ser, sino el generoso alcohol lo que determina la conciencia, llegó borracho a todos lados, incluyendo su campaña para alcalde de Nueva York. Para justificar su dieta de mariguana y las frecuentes golpizas que propinaba y recibía, inventó la noción de hipster, el héroe existencial que nunca se arrepiente y hace de la irresponsabilidad una meta de vida. Radical y machista, propuso sustituir la pena de muerte por combates de gladiadores y evitar toda forma del sexo que no permitiera la procreación. Fanático del boxeo, entendió el arte en términos de competitividad y trató de unir la violencia con la pasión. En su momento más ruin, apuñaleó a su segunda esposa.
En cualquier universidad de Estados Unidos hay un rincón en el que el aguerrido Norman hizo de las suyas. En una ocasión sacó a pasear a su french-poodle y regresó apaleado. Unos marino habían dicho que su perro parecía marica. Mailer defendió a golpes la virilidad canina. A propósito de tanta violencia promocional, Gore Vidal dijo que el hispter estaba entre Henry Miller y Charles Manson. Naturalmente, el agraviado trató a Vidal como los marinos trataron a su french-poodle.
En este guión excesivo llama la atención que el protagonista sólo se casara seis veces. Mailer tuvo que pagar las más elevadas pensiones alimenticias de la historia de la literatura. Esto lo llevó a aceptar numerosos libros por encargo: “He escrito el doble de lo que debería y con la mitad de calidad”, aceptó en su patricia vejez el exhibicionista que décadas atrás reunió una antología bajo el título de Publicidad para mí mismo.
Después del éxito de Los desnudos y los muertos, Mailer publicó dos novelas lastradas por sus manías políticas y sexuales: Barbary Shore y El parque de los ciervos. Cuando la crítica se le volvió en contra, compró un anuncio donde se ufanaba de los insultos que le dirigían y escribió cartas amenazantes, incluso a su admirado Hemingway.
Mailer fue su propio Vietnam, pero los desastres sólo abarcan una parte de su proteica personalidad. En estado de perpetua combustión, también fue uno de los grandes autores de nuestro tiempo. Fundador del periódico Village Voice, entendió que sus fracasos en la novela debían llevarlo a otra zona y puso su capacidad escénica, su incomparable destreza para socializar y su ilimitada curiosidad al servicio de la crónica. En Los ejércitos de la noche participa en las marchas pacifistas y se describe a sí mismo en tercera persona, sometiéndose a la crítica y la ironía. El libro recibió el Premio Pulitzer y renovó el arte de la literatura bajo presión. La pelea, Marilyn y La canción del verdugo son obras clásicas de un cronista que desafía a su tema como a un oponente. A veces esto ocurre en el más literal de los sentidos: Mailer viajó a Zaire a cubrir la pelea de Ali contra Foreman; después de cenar y beber copiosamente (adverbio implícito en cualquiera de sus meriendas), fue retado por el gran Muhammad a correr de noche. El cronista trotó por la sabana hasta ser vencido por sus años y sus tripas. De pronto se encontró jadeando en la proximidad de un león.
En sus años de madurez, parcialmente pacificado, Mailer concibió una vasta saga sobre los faraones (Noches antiguas). Esta desmesura lo preparó para sus últimos combates: El Evangelio según el Hijo y Una conversación inusual con Dios. Cansado pero no vencido, a los 84 años, subió al ring para encarar a Dios y recibió un golpe bajo que no vio el réferi.
Hermann, mi antiguo conocido, pensaba que Mailer era el autor de una solitaria obra maestra. Si aún vive, tal vez los obituarios le hayan revelado la otra vida del autor. En el fondo, Mailer fue las dos cosas: necesitó de la catástrofe para lograr la perfección.
Personaje de far-west, asumió la lógica de quien acepta un duelo bajo el sol, la dignidad del hombre contra los elementos, la valentía del pionero que ejerce el derecho a equivocarse y combate la realidad con provocaciones. Entrevistó asesinos y campeones, depredadores y presidentes, imaginó dinastías egipcias, vio la llegada a la luna y el hundimiento de los acorazados para descubrir que ninguna enormidad supera al individuo que se atreve a buscar la ballena blanca. Combatió con Dios y perdió, casi siempre perdió. Pero hubo momentos en que la realidad sucedió para que él la viera. Entonces, organizó lo real como quien mueve las nubes.
Heroico e imperfecto, Norman Mailer estuvo aquí.