Logo Clubcultura
   Actualidad/Recomendaciones    Nuestras páginas oficiales    Blogs de Autor    Cultura Fnac

Amados monstruos

Ir a home

Página oficial de Juan Villoro

La velocidad del sueño

Se acaban de cumplir 50 años de la publicación de En el camino, la trepidante bitácora de viaje de Jack Kerouac que cambió la vida de una generación y puso a la novela beat en el centro de la discusión cultural.

Inspirado en las andanzas de su amigo Neal Cassady y en sus repetidos vagabundeos por Estados Unidos y México, Kerouac narró la historia de los fugitivos del sueño americano. La novela fue concluida hacia 1955 y esperó dos años en la editorial para ser publicada. Mientras esto ocurría volvió a México, vivió en un cuarto de azotea de la calle de Orizaba, en el D. F., y convirtió su pequeña habitación en un faro que parecía arder en su propia luz. Provisto de una inacabable dosis de benzedrinas, golpeó el teclado a ritmo de free-jazz para componer el extenso poema Mexico City Blues. Fiel a su técnica de escribir varios libros a la vez, concibió la novela breve Tristessa, que recupera su relación con una indígena mexicana adicta a los opiáceos.

Poco antes de llegar al país donde Malcolm Lowry escribió Bajo el volcán y D. H. Lawrence La serpiente emplumada, Kerouac le envió una carta a su amigo William Burroughs, veterano de los viajes intravenosos y los misterios aztecas, para preguntarle acerca de la peligrosidad de un territorio del que no tenía buenas referencias. “No te preocupes”, respondió el autor de El almuerzo desnudo: “los mexicanos sólo matan a sus amigos”. Esta tranquilizadora noticia preparó a Kerouac para acercarse a una cultura que le parecería fascinante y repulsiva en dosis iguales, digna de asombro y compasión.

Interesado en el budismo, asumió la veloz exploración de la cotidianeidad como una meditación trascendente y buscó el nirvana en clave de novela negra para descubrir los enigmas del mal y nuevas fuentes de energía.

En el camino narra una errancia sin rumbo ni mapas definidos. La frase que mejor define la novela es pronunciada por un sheriff: “¿Van ustedes a algún sitio, muchachos, o simplemente van?”. Kerouac y su alter-ego Dean Moriarty (Cassady en la vida real) se someten a las metamorfosis que produce el traslado. Viajar no es para ellos un medio sino una meta existencial.

Destinado a convertirse en leyenda, Kerouac produjo toda clase de anécdotas vitalistas. Se cuenta que escribía en rollos de teletipo para no detener su torrente narrativo con el recambio de hojas (“eso no es escritura, es mecanografía”, comentó con célebre ironía Truman Capote) y que era capaz de escribir un libro en tres días de encierro en un baño.

Como ha señalado Rodrigo Fresán, el heredero contemporáneo más próximo a En el camino es Roberto Bolaño. Sus detectives salvajes (Arturo Belano y su alter-ego Ulises Lima) recorren México como rito de paso, son poetas del camino que transforman el viaje en un acto estético radical. Investigadores a contrapelo, descubren diversos niveles del éxtasis y conforman una tribu que encuentra talismanes en las zonas descartadas por la convención y la costumbre. México les brinda la sacudida necesaria para ser transformados por lo que atestiguan.

En cierta forma, Los detectives salvajes es una novela de la descendencia: trata de los muchos herederos del sueño beat, que parecía irrepetible. De manera elocuente, Bolaño ofrece una obra coral, construida como un estadio en el circulan voces múltiples.
Durante años, la principal influencia de Kerouac pareció recaer en la contracultura. Fue el anticipado evangelista de la horda iluminada que descubría el rock y los coloridos estímulos de la Era de Acuario. Un momento canónico al respecto es el de Bob Dylan peregrinando a la tumba del autor de En el camino.

Transformado en icono pop, Kerouac desconfiaba de quienes veían su novela como un manual de autoayuda para alcanzar el frenesí, más allá de su condición literaria. De manera emblemática, prefería el otro libro que escribió sobre Neal Cassady, Visiones de Cody.

Ningún escritor escapa a la forma en que es leído y Kerouac tuvo el ambiguo privilegio de transformarse en mito instantáneo. Luego de vivir en la oscuridad y pasar trabajos para pagar un modestísimo alquiler o una provisión de mariguana, fue más celebrado como un turista cósmico que como el poeta que siempre quiso ser. Esta paradoja, a fin de cuentas, no es ajena a su impulso estético. La lección de sus forajidos místicos, como la de los detectives salvajes, es que la experiencia puede ser una obra de vanguardia.
En Tristessa afirma Kerouac: “Se escucha el tremendo rugir de un avión de Pan American que desciende al aeropuerto de Ciudad de México con pasajeros de Nueva York que buscan que sus sueños terminen de manera diferente”. La tierra prometida tiene menos que ver con el paisaje que con la oportunidad de ser otro. Estar en el camino provoca un asombro interior.

Hace 50 años Jack Kerouac aceleró su prosa para viajar de nuevo hacia el principio. Su torrencial capacidad de devorar kilómetros lo devolvió al punto de partida de la invención literaria, la encrucijada del instante decisivo: aquí y ahora, el momento en que alguien se atreve a desear que su sueño termine de manera diferente.