Hace quince años, Francisco Hinojosa publicó La peor señora del mundo, clásico de la literatura infantil que recibirá un ruidoso homenaje en la FIL. Heredero de Roald Dahl, Hinojosa ha escrito cuentos morales para filósofos de primaria. En sus historias, el bien y el mal cambian de signo y a veces conviven en la misma persona. La mayor virtud de su escritura deriva del respeto a la mente infantil: no cuenta lo que los niños “deben” leer, sino lo que desea decirles.
En la novela Una semana en Lugano los personajes se someten a caprichosas competencias. Al modo de Hércules, el protagonista se sobrepone a toda clase de tareas. Sin embargo, no se recibe la recompensa prometida porque la realidad a veces es injusta y no premia a quienes lo merecen. El mundo de Hinojosa es un lugar canijo donde un árbitro ciego puede anular triunfos legítimos. En Una semana en Lugano no hay mayor prueba que el desenlace. En cambio, en Léperas contra mocosos, su más reciente libro, la maldad y la bondad compiten con rigor olímpico.
La peor señora del mundo trata de una mujer dispuesta a hacer el mal de tiempo completo. Nadie escapa a sus agrios limones ni al puro que apaga en el más tierno antebrazo. La señora nació con el perfecto pedigrí de una tirana. Tanto se esforzó en fastidiar que los demás se le sometieron (su pasión por la villanía superaba a la suma de todas las bondades). ¿Cómo oponerse a la energía del mal absoluto? Los aterrados habitantes de la comarca habían perdido los nervios, pero no las ideas. No hay mejor estrategia para derrotar a un adversario que imaginarse en su lugar. La peor señora disfrutaba sus vilezas por el efecto que causaban. Para contrarrestarla, sus víctimas comenzaron a festejar las ofensas. Al modo de Hannah Arendt, la archivillana entendió la banalidad del mal: su técnica no servía ante gente que agradecía pellizcos y pisotones. Sólo por probar, hizo algo bueno y recibió un reproche. A partir de entonces practicó una filantropía involuntaria. La pregunta que subyace en la trama es si el bien depende de los actos o de la repercusión que tienen. Es posible que ciertos próceres y santos hayan obrado de manera positiva por las peores causas. Ya insondables, esos motivos impiden que cuestionemos sus estatuas.
Hace quince años coincidí con Hinojosa en un encuentro en Puebla donde decidió leer el manuscrito de un cuento para niños, aunque no hubiera ninguno en la sala: La peor señora del mundo.
Los hermanos Grimm ampararon sus cuentos bajo el lema: “Entonces, cuando desear todavía era útil”. Hinojosa propuso en esa lectura un insólito regreso: volver al bosque donde la felicidad puede ser hurtada a un ogro, escribir una fábula sobre la utilidad del deseo. El resultado fue asombroso, por la hondura del tema y la brillantez de la ejecución.
Cientos de miles de niños han respaldado a Hinojosa en un país sin lectores. Maestro a pesar suyo, ha convertido a la lectura a quienes después leerán a Cortázar, Valéry y Mallarmé.
Conocí a Pancho cuando él sólo leía a Cortázar, Valéry y Mallarmé. Cursé la preparatoria con su hermano Javier, que se convertiría en un notable fotógrafo. Me gustaba visitar su casa en una dirección inolvidable: Tinaco 11. Pancho usaba una espesa barba de montañista, leía Rayuela con un método de su invención (saltando capítulos como en un juego de la oca), estudiaba la relación entre poesía y matemática. Sus poemas revelaban un alma de alto vuelo metafísico, un piloto en los cielos del riesgo, un “pez del aire altísimo”, como quería Gorostiza. Esta última metáfora iba bien con su signo zodiacal, el creativo Piscis. Pancho nació el mismo día que Montaigne y los amigos de su hermano menor lo imaginábamos aislado en una torre, reinventando el escepticismo.
No fue ahí donde se mudó. Al terminar la preparatoria quise independizarme y recibí una llamada de Pancho. Siempre adelantado, había concluido una relación nupcial y deseaba compartir la renta. Alquilamos una casa construida en lo que antes fue un garage. Los cuartos seguían una lógica de vagones de tren: para entrar a su cuarto, Pancho debía pasar por el mío, y para ir al baño, yo debía pasar por el suyo. No teníamos teléfono y los amigos caían sin avisar. Su núcleo era más culto que el mío: hablaban de Eleusis, oían cantos gregorianos, recitaban “El cementerio marino”. Mis amigos se interesaban en el rock, los cómics, las noticias del periódico. Sin darnos cuenta nos sometimos a un mutuo aprendizaje. Pancho cocinaba de maravilla (haciendo aún más misteriosa su condición de hombre hiperflaco) y yo lavaba los platos.
Un día regresó a la casa en estado de éxtasis. En Río Churubusco había atestiguado la aparatosa volcadura de un camión de refrescos. Contó que el aire olía a naranja y a grosella, una fantástica atmósfera gaseosa. Los ojos le brillaban, como si saliera de un rito de paso. Algo había ocurrido: el poeta de vanguardia descubría el aire de los refrescos que revientan. Fue el bautismo del mejor escritor de cuentos para niños de nuestra literatura.
Como toda persona, Pancho tenía hábitos francamente raros. Uno de ellos era su capacidad para perder monedas. La llave de la regadera estaba rota. Para hacerla girar, había que usar una moneda al modo de un desarmador. Nueve años en el Colegio Alemán me habían adiestrado a no perder monedas. Más dichoso que yo, Pancho las mandaba a la coladera sin preocuparse. Hubo días en que no me pude bañar por no tener cambio.
Cuando leo con mi hija un cuento de Francisco Hinojosa los dos escuchamos un curioso tintineo. Yo oigo las monedas que mi amigo perdía como si así comprara el porvenir. Ella escucha el oro que sale de las páginas: los chistes y los apodos, los problemas magníficos y las raras felicidades.
Larga vida a La peor señora del mundo, inagotable alcancía de Francisco Hinojosa.