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Amados monstruos

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Página oficial de Juan Villoro

La cuota humana

Durante su infancia, Héctor Abad Faciolince quería que su padre lo llevara a conocer un muerto. El doctor Héctor Abad tenía acceso al anfiteatro de la Facultad de Medicina en Medellín, Colombia, y podía brindarle el raro privilegio de presentarle un cadáver.

Pasaron años antes de que el doctor juzgara que su único hijo varón había madurado lo suficiente para mirar los ojos de la muerte. Como suele ocurrir, el futuro escritor quedó horrorizado cuando al fin se acercó a un cuerpo inerte.

Esta anécdota condensa la trama de un libro portentoso, El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. En 1987, el niño intrigado por conocer un muerto, encontró el cuerpo de su padre, acribillado por dos sicarios. Durante veinte años, el autor siguió el precepto de Horacio Quiroga de no escribir bajo el imperio de la emoción. Aguardó el momento –incierto y acaso imposible- de recuperar el dolor como si perteneciera a otra persona. El olvido que seremos es el sitio de excepción donde los verdugos son convocados por una voz que no admite el rencor. Esta sobriedad apuntala la ética del libro y su fuerza emocional (el sufrimiento no deriva de los desahogos del autor, sino de lo que el lector siente al comprender la historia).

El doctor Abad fue un incansable luchador social. Como médico, impulsó campañas sanitarias y privilegió la prevención de las enfermedades a su curación. Siempre cerca de los pobres, se opuso a empresarios y políticos con el temple del utopista Fourier, dispuesto a lograr que el océano tuviera sabor a limonada.

Calumniado por la prensa, muchas veces amenazado, el doctor prosiguió su aventura. Tuvo varias oportunidades de instalarse en el extranjero, como consultor de organismos internacionales, pero no quiso alejarse de los suyos en el peor periodo de la violencia colombiana.

“Era igualito a como lo describe Héctor”, me dijo el cineasta Víctor Gaviria, autor de Rodrigo D y La vendedora de rosas, que nació y vive en Medellín. Hasta la fecha, Gaviria guarda gratitud por el caballero andante que recorrió una tierra de corrupción y narcotráfico: “Cuando hice un documental sobre una ladrillera, los dueños de la empresa quisieron censurarlo y fuimos a ver al doctor para que nos apoyara en la protesta”. El médico se apuntaba a cualquier causa justa. Cuando las amenazas arreciaron, empezó a contar su vida en días. El doctor solía decirle a Gaviria: “No se preocupen por mí, ya viví 13,000 días”.

En cierta forma, Abad Faciolince se sintió abrumado por el afecto de su padre y la confianza que le confería. El olvido que seremos expresa la fuerza paralizante de la bondad y la dificultad de estar a su altura. Si el libro no es una hagiografía se debe a los momentos en que el hijo está a punto de entregarse a la inutilidad, e incluso al suicidio, por los excesos de un padre consentidor. Sin embargo, esa burbuja de felicidad idílica explotó con la temprana muerte de una hermana y el baño de sangre posterior: el asesinato del padre, de los amigos que hablaron en su funeral, de decenas de miles de alumnos y colegas. Abad Faciolince tuvo que abandonar Colombia en 1987. Se estableció en Italia, y regresó para someterse al más duro de los aprendizajes: entender que esa tierra convulsa era la suya.

Después de recuperar Colombia en la fantasmagoría de la novela Angosta, el narrador se lanzó a la postergada recuperación de su padre. Al escribir resulta necesario convertir el pasado en sustancia investigable. No todo lo que Abad Faciolince encontró fue fácil de comunicar; sin embargo, las debilidades e incertidumbres que descubrió en su protagonista confieren mayor entereza a sus virtudes.

En El diario de un mal año, J. M. Coetzee aborda el tema de la autoridad del narrador. Cuando alguien comienza a contar algo no tiene por qué ser creído: la voz debe conquistar su autoridad. En la ficción, el autor puede ser creíble al margen de su persona; hay narcisistas que deben dinero sin que eso les impida lograr artificios por escrito (su autoridad narrativa depende de una voz inventada). En cambio, en una crónica autobiográfica la voz depende de una integridad de hierro, equidistante del pudor y el descaro. Es el equilibrio que, luego de veinte años de espera, consiguió Abad Faciolince.

De acuerdo con Cornelius Castoriadis, la cultura griega descubrió el sentido inexorable de la muerte. Nada repara de esa pérdida. ¿Cuál es el lote del hombre, la parte que le corresponde y lo distingue de otras especies? La conciencia de la muerte. Los héroes griegos aceptan un destino irreparable. En La Ilíada, Héctor lucha contra el semidiós Aquiles y dioses dispuestos a hacer trampa con tal de recordarle su humana condición.

Otro Héctor –el doctor Abad- corrió la misma suerte. Tan seguro estaba de su muerte que en el momento de ser abatido llevaba en el bolsillo un poema atribuido que Borges concibió sin incluir en libro, que comienza con los versos: “Ya somos el olvido que seremos/ El polvo elemental que nos ignora”.

A propósito del atentado a las Torres Gemelas, Martin Amis escribió que el terrorismo suscita una indignación generalizada que podríamos llamar “vergüenza de especie”. Surgido del horror, el libro de Abad Faciolince despierta la sensación opuesta, la dignidad de la especie: un justo sabe que va a morir y acepta el desenlace; su hijo no venga el crimen: redime una vida.

¿Quién gana cuando pierde un hombre? En El olvido que seremos resuena la pregunta incontestable: “Muerte, ¿dónde está tu victoria?”.