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Amados monstruos

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Página oficial de Juan Villoro

Sabiduría del felino

Ha muerto Emilio Carballido, el vitalísimo escritor que no dejaba de sonreír. Lo conocí en 1991, cuando viajamos a Francia en una gira donde representábamos a las “Bellas Extranjeras”. No se trataba de un intempestivo show de travestis sino de una delegación de practicantes de las bellas letras extranjeras.

Hasta entonces, no había viajado al extranjero entre colegas y me sentía abrumado. Yo era el más joven del grupo, Emilio era el mayor y se impuso la tarea de rescatarme. Recomendó que ignoráramos a los editores que nos presentaban en cada ciudad y concibió escapadas a mejores sitios. Era entusiasta de los vinos, los espectáculos, los museos y los chismes. Incluso los contratiempos le parecían estímulos: cada retraso permitía ir a una librería o comprar una bufanda. Cuando descubría que nuestros asientos estaban en el último vagón del tren, exclamaba: “¡Vamos a ir en fina tercera clase!”.

Ajeno al esnobismo, abría un libro de mi idolatrado Thomas Bernhard y opinaba: “Esto es aburridísimo”. No hacía falta preguntarle por qué leía a ese eminente colega: a los dos minutos estaba sumido en una siesta feliz. Despertaba con ánimos de hacer muchas cosas a la vez. La principal era adoptar un gato. Fue lo único que nos faltó en ese viaje. Llegamos a Estrasburgo bajo la lluvia y nuestro anfitrión preguntó si nos interesaba conocer la catedral. Cuando vi el campanario, supe que estaba perdido. “Emilio va a querer subir”, pensé. En efecto: nos empapamos en el techo de la iglesia y cenamos con ropas mojadas. Hacia las doce de la noche me llamó al cuarto para recomendar una película “superplus” (su adjetivo esencial) que pasaban en la tele y el coñac del servibar, que me salvaría de la pulmonía a la que me estaba llevando su pedagogía viajera.

La pasiones de Carballido cristalizaron en una obra variadísima. Su novela El sol es uno de los mejores relatos de iniciación de la literatura mexicana, próximo a la sensualidad y la finura psicológica de Agostino, de Alberto Moravia. Aunque escribió otras novelas de fuste (Las visitaciones del diablo, La caja vacía, El tren que corría), eficaces cuentos para niños (David, Los zapatos de fierro, La historia de Sputnik), e intervino como guionista en unas cincuenta películas, concentró su artillería pesada en el teatro. Rosalba y los llaveros, Rosa de dos aromas, Orinoco, El relojero de Córdoba y “¡Silencio, pollos pelones, ya les van a echar su máiz!” dan cuenta de la amplitud de sus registros. Carballido recicló el realismo y el costumbrismo; exploró zonas de umbral entre la realidad y la fantasía; entendió el absurdo como una forma de lo cotidiano. Esta multiplicidad de enfoques se refleja en su proyecto D. F. 52 obras en un acto, tarot de la dramaturgia donde cada director puede encontrar su suerte y decidir qué obras breves combina para poner en escena. Un mismo escenario se ve reinventado por los personajes y las épocas en que transcurren las acciones. La inabarcable ciudad de México adquiere un original modo de representación (el director escoge qué vidrios le interesan para armar su caleidoscopio).

Acaso la pieza más lograda de Carballido sea Fotografía en la playa, que trata de los variados destinos que confluyen en un retrato de grupo. El flash dura un segundo, pero las vidas que atrapa tienen larga historia. En su excepcional estructura, la obra muestra la verdadera duración de un instante. Si el fotógrafo revela en el laboratorio, Carballido revela en el foro -su propio cuarto oscuro- las vidas cruzadas que entran a la cámara.

Poco después de nuestro viaje a Francia, le pedí un texto sobre su maestro Salvador Novo para la revista Biblioteca de México, dirigida por Jaime García Terrés. Emilio aceptó con entusiasmo. Estaba saliendo a Estados Unidos, donde iban a montar una obra suya y prometió escribir en las pausas de los ensayos. Obviamente, dimos por perdida su colaboración. Sin embargo, a la manera de los trenes que tanto le gustaban, su fax llegó puntual. El retrato de Novo era perfecto. Siguiendo el método de Fotografía en la playa, Carballido partía de una imagen (el escritor con peluca y anillos pontificios) para hacer un trabajo de revelado.

Su último encuentro con Novo ocurrió en el hospital. El maestro ya no podía hablar y el alumno improvisó ante él el más difícil de sus monólogos. Al terminar, prometió visitar pronto al amigo enfermo. Con ironía wildeana, Novo se quitó la máscara de oxígeno para responder: “Sí, en el Panteón Jardín”. Fue la última frase que Carballido le escuchó.

Siempre interesado en el trabajo de los otros, el mago de Córdoba fue un activo promotor de dramaturgos mexicanos. Para la edición crítica de El atentado, escribió un lúcido encomio de Jorge Ibargüengoitia como autor dramático, a contrapelo de la tendencia dominante de privilegiar su narrativa y en sintonía con opiniones como las de Luis de Tavira, David Olguín y Vicente Leñero.

He contado en otro artículo la inolvidable visita a su casa en San Pedro de los Pinos. Después de una épica comida veracruzana, me hizo subir al estudio y señaló la casa de su vecino Leñero: “Vicente no para de trabajar, por eso yo escribo tanto: sólo me voy del estudio cuando él apaga la luz”.
Hace unas semanas le envié un correo electrónico (la dirección confirmaba sus preferencias: “felinosplus”) para invitarlo a mi obra Muerte parcial, donde un gato se llama Sputnik en honor a su personaje para niños. Emilio respondió de buen ánimo, pero me explicó que estaba enfermo y apenas salía de Xalapa, donde vivía con su compañero Héctor.

Como el Gato de Chesire, uno de sus personajes favoritos, Carballido encontró un modo único de salir de escena. No lo vemos en la oscuridad del foro, pero en el aire flota su sonrisa.