En sus últimos años, Truman Capote proclamaba que había terminado Plegarias atendidas, equivalente neoyorquino de En busca del tiempo perdido. Tres adelantos aparecieron en publicaciones periódicas. Uno de ellos, “La Costa Vasca”, irritó profundamente a sus amigos del jet-set. Durante años, el novelista los había observado para retratarlos con insuperable minucia, tal y como había hecho con los asesinos que protagonizan la trama sin ficción de A sangre fría. Sus acaudalados anfitriones sintieron que había traicionado su confianza: después de servirle meriendas de cinco tenedores, él informaba de los implantes de silicona de sus compañeras de mesa. Capote había sido adoptado como el bufón que enrarece en forma agradable el pardo mundo del dinero. Diminuto, con la voz aflautada de un duende terrible, era bienvenido como una excentricidad de alquiler.
En una entrevista comentó que los millonarios se caracterizan por dos cosas: sólo son leales a su dinero y sirven mejores verduras. Esto nunca fue tan cierto como cuando publicó “La Costa Vasca”. Los plutócratas de Nueva York se sintieron ofendidos en bloque, y tacharon al intruso de sus agendas forradas de antílope. El rechazo abrumó al escritor que además luchaba con la adicción al alcohol y las drogas. La ciudad que anheló desde la infancia le había dado la espalda.
Capote pospuso la publicación de Plegarias atendidas. Dijo que el manuscrito se encontraba en un casillero de la Estación Grand Central. Con frecuencia, se reunía con su abogado Alan U. Schwartz y su editor Joe Fox a contar la trama con tal precisión que resultaba imposible suponer que no estaba escrita. Cuando el novelista murió en Los Ángeles, a los 59 años, no se encontró otro saldo de esta opus magna que los tres episodios ya publicados.
Incapaz de escribir una mala frase, Capote deslumbró desde Otras voces, otros ámbitos, escrita a los 23 años. En las fotografías de esa época aparece como un ángel que ha sobrevivido al horror. Su rostro anunciaba exquisitas y ominosas historias. Con el tiempo, aquel semblante se hinchó como una máscara de cera que tenía atrapados los ojos de un niño. Su biografía tuvo un desarrollo similar. Después de sortear una infancia de desajustes y todas las variantes del fracaso escolar, Truman asumió con valentía desafiante su homosexualidad y escribió en letra diminuta una prosa cuya tensión estilística lo convertía en descendiente de Mansfield, Cather, Isherwood y Woolf. Pocos autores han dominado con igual destreza la iluminación y el ritmo de una escena.
En 1966 Capote renovó la novela testimonial con A sangre fría, exploración de la mente criminal. El éxito se convirtió en la peor amenaza de un cronista con tendencia a investigar en exceso la buena vida. Autor de los cuentos de Música para camaleones y Un árbol de noche, el guión para la película Los inocentes (basada en Otra vuelta de tuerca, de Henry James), la mejor entrevista a Marlon Brando (que sirvió de base para los monólogos introspectivos de El último tango en París), Capote también fue el virtuoso que dilapidó su talento en banquetes y yates.
Norman Mailer ha dejado un extraordinario testimonio de la forma en que compitió y perdió con Capote en un estudio de televisión. Mientras el hiperventilado autor de Los ejércitos de la noche soltaba parrafadas radicales para despertar a la población del sueño americano, Capote decía agudos aforismos. Cuando Mailer defendió la espontaneidad de Kerouac, su colega se limitó a decir: “Eso no es escritura: es mecanografía”. Al día siguiente, Mailer recibió una llamada de su hermana preguntándole si podía presentarle a Truman. El atleta de las palabras había sido vencido con alfileres.
A partir de ese show, Capote apareció en televisión incluso cuando su consumo de alcohol aconsejaba otra cosa. Huésped de los medios y de los coleccionistas de rarezas, escribió cada vez menos. Lo vi en Nueva York en 1980, cuando ofreció una lectura de tres horas en Lincoln Center. Su cuerpo de Humpty Dumpty tenía algo quebradizo; por momentos parecía incapaz de seguir de pie. Mi vecina de asiento comentó: “Se va a caer”; luego añadió: “¿Por qué no subes y lo sostienes?” Le propuse que subiera ella pero me enseñó sus tacones de aguja. Capote terminó la lectura sin nuestra ayuda, y se despidió con mirada sonámbula. No volvió a publicar un libro.
En 2004, veinte años después de su muerte, la casa de subastas Sotheby’s recibió un sorpresivo ofrecimiento: una manuscrito íntegro de Capote. No se trataba de la anunciada radiografía de la sociedad neoyorquina, sino de Summer Crossing, novela que el propio autor daba por perdida. A los 19 años había rentado un cuarto en Brooklyn. Al mudarse de ahí, dejó unas cajas en la calle para el camión de la basura. Su casero tuvo el buen tino de recoger unos cuadernos. Este rescatista ejemplar, cuyo nombre no se menciona en la edición que acaba de publicar Random House, murió hace algunos años. Sus herederos llevaron los cuadernos a la casa de subastas. ¿Por qué tardaron tanto en hacerlo? Por la misma insondable razón por la que el autor se desprendió de la novela. Summer Crossing es una pieza de juventud, pero revela a un temprano maestro del estilo. “La diferencia entre la buena escritura y el verdadero arte es sutil pero salvaje”, escribiría en su último libro. A los 19 años su apuesta ya había caído del lado del arte. Cazador sutil, nunca se equivocó con un adjetivo. La sencilla elegancia de su prosa es un desafío de angustia para quien debe vertirla a otro idioma. Cuando traduje Un árbol de noche comprobé que los sueños del lector pueden ser las pesadillas del traductor.
A los 19 años la mirada oblicua de Capote ya descubría la fuerza de lo que parece banal: “ese aspecto de inerme inocencia que sólo puede provocar un corte de pelo”
Summer Crossing trata de una muchacha que desea conquistar Nueva York y es conquistada por sus corrosivas amistades. Novela de iniciación y caída, prefigura la vida del novelista. Plegarias atendidas no apareció en el casillero donde Capote juraba haberla guardado. Su regreso es el de una voz que estremece por lo que vino después y ahí es apenas futuro, el verano inaugural donde una historia se hace posible.