Sin cerveza, la prohibición no funciona
- Homero Simpson
Para hablar de Los Simpson sería bueno formar parte de un programa de testigos protegidos diseñado por Homero, indiscutible protagonista de la serie. En ese mundo perfecto, el testigo viviría en una casa de seguridad con una inagotable ración de comida chatarra y todos alabarían sus declaraciones. Por desgracia, ese paraíso de la opinión es ya imposible. ¿Hay alguien que pueda hacer una revelación sobre el clan amarillo? El planeta está informadísimo acerca de la perfecta familia disfuncional. Y sin embargo, por increíble que parezca, hubo un tiempo en que los Simpson eran seres exóticos con cuatro dedos en cada mano. Ahora, la sociedad que recibió a la familia Simpson con más extrañeza que satisfacción, ahora pide ser adoptada por ella.
Un antecedente fundamental del dibujante Matt Groening, artífice de la serie, es Al Capp (1909-1979), quien durante 43 años dibujó Li’l Abner y descubrió que el cómic depende de invertir las condiciones básicas de la novela. Si Stendhal dijo: “Me limito a involucrar a mis personajes en las consecuencias de su propia estupidez y los doto de inteligencia para que puedan padecerlas”, Capp reformuló la idea de este modo: “Me limito a involucrar a mis personajes en las consecuencias de su propia estupidez y les quito la inteligencia para que no puedan hacer nada al respecto”. Con Al Capp la vida cotidiana entró de lleno en la cultura de masas. El comunicólogo Marshall McLuhan advirtió que una de las mayores contribuciones del comic fue ocuparse de temas que antes sólo aparecían en los avisos de los periódicos: el precio de una lavadora y las condiciones para adquirir un automóvil reflejan la cotidianidad tanto como las noticias. Ese antecedente explica la nueva inspiración homérica, que no depende de lo que canten las musas sino de lo que salga del microondas.
Pocas historias han logrado un shock de la identificación tan contundente como Los Simpson. Gracias a ellos sabemos que el inconsciente colectivo es color mostaza e impulsa a abrir cervezas, es decir, que nada es tan estrafalario como la vida común. Aunque Homero cumpla una misión espacial, protagonice una noche de brujas o se someta a estados alterados de la conciencia, producto de lo que la mente sueña cuando el estómago alberga dos pollos rostizados, la historia siempre retorna al sofá doméstico, lo cual demuestra que la realidad es un sitio con manchas de barbacoa.
Hay un momento en que la normalidad es burda, sincera y francamente incorregible. Ante ella, el intelecto se da por vencido y no le queda otra que reírse. Es el momento Simpson de la cultura.
Uno de los recursos predilectos de la serie consiste en invitar celebridades para mostrar que en menos de 22 minutos las reputaciones se evaporan. De Paul McCartney a Richard Gere, ninguna de las muchas estrellas invitadas ha sido tan significativa como la familia anfitriona. En la ciudad de Springfield, escenario de la epopeya, los famosos nunca son tan notables como los extras.
¿Es posible regresar al mundo, ya inverosímil, en que Homero no eructaba en las televisiones?