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Amados monstruos

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Página oficial de Juan Villoro

Messi

Lionel Messi:
infancia es destino (1)

Poco antes de disputar su primera final, Lionel Messi se quedó encerrado en un baño. El niño que no podía ser detenido por defensa alguno se enfrentó a una cerradura averiada. Faltaba poco para que comenzara el partido y Leo aporreaba la puerta sin que nadie lo escuchara. El trofeo de ese campeonato era el mejor del mundo: una bicicleta.

Otros hubieran cedido a las lágrimas y la resignación, otros más habrían agradecido no tener que demostrar nada en el campo. Leo rompió el cristal de la ventana y saltó hacia fuera. Llegó a la cancha con la seguridad de quien no puede ser detenido. Anotó tres goles en la final. El genio tenía su bicicleta.

El destino de Messi ha ocurrido al menos dos veces. Hijo de Celia y Jorge, nació en Rosario, provincia de Santa Fe, el día de San Juan de 1987, pero antes fue prefigurado en las tertulias del café El Cairo, y más precisamente en la “mesa de los galanes”, presidida por el maravilloso dibujante y escritor Roberto Fontanarrosa. Argentina es una fábrica de talentos futbolísticos que previamente son imaginados por los hinchas más verbalizados y fabuladores del planeta.
Después de enterarse, por Macedonio Fernández, que vivir es distraerse de la muerte, Fontanarrosa escribió el relato “El cielo de los argentinos”, donde unos amigos comparten un asado y hablan de futbol. De pronto advierten que están muertos. Esto los hace muy felices: si han fallecido y comen carne mientras miran un partido quiere decir que han llegado al paraíso.

Rosario es la ciudad de César Luis Menotti y Marcelo Bielsa, contundentes retóricos del banquillo. En ningún otro sitio hay dos hinchadas que se enfrenten con tan leal encono. No en balde aceptan con orgullo apodos injuriosos: los Canallas de Rosario Central encaran a los Leprosos de Newell’s Old Boys. En una ocasión le comenté a un taxista de Buenos Aires que asistiría al partido Boca-River. “Eso no es nada”, contestó con presunción: “nosotros nos odiamos más”. Obviamente era de Rosario.

Si el espíritu de Pamplona se expresa en los Sanfermines y el de Río en el carnaval, el de Rosario se reconoce por un rito único: “La paloma de Poy”. El 19 de diciembre de 1971, Aldo Pedro Poy, delantero de Rosario Central, se lanzó al aire para rematar de cabeza y vencer al guardameta de Newell’s Old Boys. Este momento de gloria se repite cada 19 de diciembre: “Mi problema ya no es tirarme, sino levantarme”, dice con humor el veterano Poy.
En la ciudad del Che Guevara, Fito Páez y otros inconformes Lionel Messi comenzó a deslumbrar con el balón a los cinco años. Su habilidad era única pero parecía cumplir un sueño largamente aguardado.

Messi

Leo debutó en el equipo del barrio, el Grandoli. Su primer técnico fue Salvador Aparicio. A los sesenta años, Aparicio había visto a toda clase de pibes chutar en su potrero. No esperaba mucho de aquel niño diminuto. Cuando presenció lo que hacía, sólo se le ocurrió un consejo técnico: “¡pateala!”. Messi recorría la cancha entera sin deshacerse de la pelota.

Más que goleador, La Pulga era un enganche, es decir, un vendaval que limpiaba el campo de adversarios para que otro se encargara de la tarea, históricamente vulgar en Argentina, de meter el gol.

Los vídeos de la época lo registran como una versión bonsái del Messi actual: el mismo don para el desborde y el cambio de ritmo, la misma alegría celebratoria. “Infancia es destino”, escribió el psicoanalista mexicano Santiago Ramírez.