Logo Clubcultura
   Actualidad/Recomendaciones    Nuestras páginas oficiales    Blogs de Autor    Cultura Fnac

Amados monstruos

Ir a home

Página oficial de Juan Villoro

Mick jagger

Bono y Jagger, la larga duración (1)

El éxtasis de envejecer

Las piedras proponen otro sentido del tiempo
- John Berger

En los remotos orígenes del rock ignorábamos el mensaje oculto en cada LP: un álbum que contenía canciones, pero también recuerdos que aún eran futuros. Especialista en perpetuarse, Jagger está escribiendo un guión para Scorcese que se llama The Long Play. No alude a las 33 revoluciones de los viejos discos de acetato sino a la larga duración que certifica las leyendas del rock contemporáneo.

Una de las frases más peculiares que Mick Jagger me dijo cuando lo entrevisté en Londres en 2001 fue: “no soy un historiador de mí mismo”. Habíamos llegado al clásico momento en que el entrevistador recuerda mejor las canciones que el hombre que las compuso. “Me volvería loco si estuviera pendiente de todo lo que he hecho”, Jagger sonrió como un diablo de pastorela, mostrando que, después de todo, está en el rock para pasársela bien. Si no tiene que cantar una canción para la próxima gira, puede olvidar en qué disco se encuentra. En cambio, para varias generaciones de aficionados esas piezas representan el soundtrack de su autobiografía.

Mick Jagger

El veterano que prometió no cantar Satisfaction después de los 30 años contempla su longevidad con idénticas dosis de placer y extrañeza. Su trayectoria podría ampararse en una de sus canciones: “Time is on my Side”. En efecto, el tiempo ha estado de su parte; los años curtieron a las Piedras Rodantes con precisión geológica. En gran medida, esto se explica por su propia música. Nunca aspiraron a ser supermodernos, al modo de Emerson, Lake & Palmer y otros expedicionarios del rock progresivo que hoy tienen el encanto de época de Los Supersónicos y demuestran lo arcaico que pudo ser el futuro. Anclados en el rythm & blues y el rock básico, los Rolling Stones han sido aventajados folkloristas de la era moderna. Su sonido no puede envejecer mucho porque en rigor nunca ha sido muy nuevo.

Su dilatada producción se alimenta de una monomanía sin freno que sugiere una enérgica ilusión de congruencia: el encanto de lo mismo. Aunque el grupo ha sufrido notables altibajos (resulta imposible comparar una actualización urbana del blues como Exile on Main Street con el edulcorado cortejo de la música disco de Emotional Rescue), ha logrado un estilo tan uniforme que en los conciertos se da el lujo de tocar piezas de todas sus épocas sin que se produzca la menor disonancia. En 2005, en cuanto salió A Bigger Bang, le pregunté a un amigo qué opinión tenía de la nueva entrega de los Stones: “Es igualita a las demás”. Esta frase imprecisa tiene una extraña manera de ser cierta. Resulta imposible buscar particularidades en un sonido que se ha transformado en una atmósfera, un estado de ánimo que no puede ser objeto de estudio porque es el complemento de otra cosa: un consorcio, una leyenda, un tiempo sin tiempo donde lo nuevo es, misteriosamente, lo que fue.