Bob Dylan conoce el valor espiritual de los trenes. Nacido en 1941 en Duluth, Minnesota, soportó la soledad del Medio Oeste gracias a los rieles que indicaban que se podía huir de ahí. Su infancia fue el ensayo general de un escape que lograría en la adolescencia. Los trenes tranquilizaron una vida de aislamiento. Los trenes iban al futuro. Los trenes eran la esperanza de los vagabundos del sueño americano, la constatación del anhelo y la nostalgia: “se necesita mucho para reír, se necesita un tren para llorar”.
En 1961 el cantante se presentó en la compañía Columbia. El encargado de prensa le preguntó cómo había llegado ahí. Dylan fue el primer artista blanco en responder: “En un tren de carga”.
No es casual que un disco que celebra su conversión al catolicismo lleve el título de Slow Train Coming; el desplazamiento ha sido la oración del máximo trovador del siglo XX.
La primera persona que recomendó a Dylan la vida nómada fue su abuela, mujer carismática y temible a la que le faltaba una pierna, había trabajado en barcos mercantes, fumaba pipa, tenía ascendencia turca y hablaba de pillajes en Constantinopla. Ella anticipó el mensaje que su nieto confirmaría con En el camino, de Jack Kerouac.
El padre de Dylan era electricista. Su hijo crecería para lograr una de las más productivas afrentas de la cultura contemporánea. Adiestrado en el folk, se atrevería a combinar la armónica con el objeto que los feligreses de la canción de protesta veían como una herramienta de Satán, la guitarra eléctrica. En la meca del folk, Dylan practicó la apostasía: el hijo del electricista se presentó en el Festival de Newport de 1965 acompañado de un grupo de alto voltaje.
La historia sólo puede ser contada en clave mitológica. Aunque el registro civil lo conoció como Robert Allen Zimmerman, su vida ha estado llena de disfraces. Un gesto esencial fue apropiarse del nombre de pila del poeta Dylan Thomas.
Chronicles, el libro memorias que publicó en 2004, evoca con poderío literario los tiempos del anonimato, cuando recorría las calles nevadas de Nueva York y leía a Rousseau, Nietzsche y Eliot en los departamentos donde lo dejaban dormir en un sofá. El boxeador Jack Dempsey le advirtió que si quería subir al ring debía engordar y vestirse con categoría (él le explicó que era cantante, pero atesoró el consejo).