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Amados monstruos

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Página oficial de Juan Villoro

Buñuel, Un perro andaluz

Buñuel: el ojo en la cerradura (1)

En 1929 Luis Buñuel llegó al estreno de su primera película, Un perro andaluz, con piedras en los bolsillos. Estaba seguro de que el público odiaría los 27 minutos que concibió en compañía de Salvador Dalí. Para su sorpresa, la premiere fue un éxito. Poco después, la obra alcanzaría el repudio anhelado por el autor.

En la escena más emblemática de la película, una navaja rebana un ojo. La metáfora condensa el cine de Buñuel y acaso remite a un recuerdo. De niño, Luis iba la playa de San Sebastián y hacía agujeros en las casetas donde se desvestían las bañistas. Cuando una de ellas lo sorprendía, lo pinchaba metiendo una aguja en la mirilla: el precio de ver era una herida.

A los 29 años, Buñuel tenía el porte atlético de un boxeador y la sensibilidad de un dandy. Un perro andaluz fue la tarjeta de presentación de un rebelde convencido de que el mundo es imperfecto y sólo puede ser corregido por el sueño.

Con el tiempo, las inconformidades del cineasta se volverían más precisas. Buñuel se opuso a las simulaciones de una sociedad hipócrita, pero sobre todo a Dios y a las arañas.

La vía Láctea

El niño que acariciaba ratas y el joven que quiso ser entomólogo, desarrolló una certera fobia a los arácnidos. Estos formidable adversarios harían que, muchos años después, un personaje de El fantasma de la libertad enmarcara una tarántula en un cuadro, como una temida obra de arte.

La fobia de Buñuel a las arañas se fundó en un sólido respeto. Lo mismo ocurrió con la idea de Dios, esencial a películas como Nazarín, Simón del desierto o La Vía Láctea. Pocas cosas atrajeron tanto a este hereje esclarecido como el catolicismo y las paradojas de la bondad. Cuando Simón devuelve la movilidad a un tullido, el beneficiado comete una fechoría. En Viridiana, la caridad cristiana permite que unos pordioseros ocupen una mansión y se dediquen a los pecados que no habían podido cometer por falta de medios. Buñuel necesitaba el orden religioso para oponérsele: “no reniego, lo profano”, afirmó con elocuencia.