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/Ciudad

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I

Bajo la piel del párpado
el decorado se sumerge
porque la noche
complica la soledad hunde
las fachadas
se regresa al primer instante
sordas las bocas
si acaso el llanto
a solas nunca tan solo el día
los ojos mudos
a ciegas nunca tan ciegos
se vivía el salvaje absoluto del inicio
urgente
cualquier camino salía del laberinto
presentida
ciudad sin más allá ni tiempo
o en su defecto
un logro te anunciaba perfecto
y las sombras alzaban paisajes
calles blandas y árboles sonoros
nubes cargadas de lluvias dulces
soles de invierno mentira del verano
oh ciudad de la plenitud
que cimentabas esperanzas
en los dioses y en los signos

Canta el petirrojo en diciembre
como en tiempo inmemorial
florecen las violetas
aunque esté nevando
¿sabes tú por qué mi amor?

cuatro azoteas
cuatro puntos cardinales
para qué más límites
si el cielo te prolonga
absoluto pozo de confianza lleno

y era de piel la luz
de luz los cuerpos
transparentes los árboles
olían
las estaciones a hierbas esenciales
lavanda espliego menta beleño
ratas de agua
y lombrices de cielo
edad de oro en la ciudad heredada
inocencia en el placer del tacto
todas las pieles conducían a la sonrisa
bajo la vigilancia del luto almenas
infame turba de nocturnas aves
de crespones rojinegras sibilas sobrevuelan
el quehacer de las palabras
cantan
naufragios en el tiempo.

II

Oh feliz bacteria cuando enfermedad seas
recordarás propicia la nada y su paisaje
tus cuatro azoteas protegidas
no se debe no se sabe no se puede no se vuelve
cuatro abuelos de estaños y amatistas
cuatro guerras cuatro esquinas cuatro puertas
cuatro infiernos

y vendrá el ángel a pintarle la memoria
con colores de gouache inocente y lamido
y el diablo a traficar deseos
en las pieles más libres del cuerpo ensimismado
y aunque te expulsen del paraíso del ya está escrito
en los recuerdos te verás siempre cumplido
la tierra el agua el aire el fuego
el tiempo

inútil la memoria miente viajes
más allá de los cuatro horizontes
de los rostros conocidos
inducen
a las trampas de las voces submarinas
en una cinta mal grabada que se acerca
a la totalidad expresiva del silencio

como un reloj de arenas movedizas
te hundirá en las esquinas del deseo
extranjero en la ciudad de todos los exilios
empezará tu ausencia comunión de sueños
decepción que ni siquiera existe
vagante por la ciudad de las certezas
inútiles
que no conducen a orígenes ni límites

te pondrán un nombre como llaman lobo
al miedo de la oveja como llaman miedo
al descrédito que el náufrago adquiere en el naufragio
doce guerras doces esquinas doce puertas
doce infiernos
mas si desciendes a la ciudad rendida
donde moran las sombras de todo lo que vive
paisajes derrumbados en negras aguas
árboles blandos calles que no cesan
sin pájaros ni estrellas que te olviden
sin ruido ni vals
sin sol ni luna de mil ausencias hueco
sólo vive el eco de la última palabra
bajar a la ciudad para encerrar el tiempo
bajo pesos ciclópeos de piedras saturadas

si desciendes

si desciendes no reconocerás sombra alguna
ni serás
reconocido por sombra alguna
ni ésta es tu casa aunque tu casa fuera
una aproximada maqueta de esta ruina
la maltratada tumba de tu olvido.



 

 

 

 

 





III

Ciudad de cauces de sangres de plomo
y taxis varados por las ratas de agua
expertos trompetas en juicios de faltas
y ante el horror de la ciudad sumida
retorne el extranjero a su patria propicia
la memoria

largo viaje el retorno que te ultima
por acantilados de agua sucia
hacia pozos terribles las simas
ciegas donde habiten la depresión
la muerte
tentación y el recuerdo atávico de la nada
los agujeros negros y la materia oscura

será la muerte caerse al lago del tiempo
en las líneas del cielo las ciudades vividas
adiós a las esquinas inciertas
a las pieles
propicias siluetas de la compasión
geometría de saberes que ya no consuelan
en la barca se alejan los seres vividos

no extrañan el naufragio miran con respeto
la evidencia de que se muere ahogado
que ya no formas parte del resto del viaje
adiós querido
parece que fue ayer la vida

perplejo y aliviado por el último abismo
esperas otro lago otros rostros otros ojos
asomados al límite entre el agua y la muerte
ellos se van al encuentro de su tiempo
ya no podrás verles cuando tengan naufragios
y se caigan de barcas que no les deseas
en este mismo lago de aceites sin fondo

desprotegido más allá de tu vida buscas
la ciudad donde mora el deseo sin límite
a medida que tocas con los pies los tejados
de ciudades hundidas donde moran tus muertos
son sustancia de cieno y de plantas malditas
mecidas por el pesado aceite del lago inevitable
qué lento horror el de las hondas simas
donde vagan flotantes los más tristes ciegos
inútil el recurso de recordarte anfibio
no se debe no se puede no se sabe no se vuelve
pagadas las deudas enterrados los muertos
se ha llegado al fondo de la ciudad terrible
fin del lago oleoso lleno de velas blancas
y ramas verdes



© Manuel Vázquez Montalbán 2006