ste
relato corto, inspirado en El doctor Jeckyll y Mister Hyde de R.L.Stevenson,
fue calificado por su autor de «novela ejemplarmente corta
e inédita». Corresponde a otra etapa de su producción
(fue escrita en 1980) y constituye un excelente ejemplo de sagacidad
narrativa que permite, junto a las dos anteriores novelas, contemplar
la maduración narrativa de su autor. El tiempo y el espacio
narrativo son aquí identificables. La acción se sitúa
en el campus universitario de Bellaterra (Universitat Autònoma
de Barcelona) y no sería difícil nombrar a algunos
de los personajes apenas disimulados en el relato. Se trata, para
los amigos de M.V.M. y para los iniciados, de una historia de claves.
No sería honesto ni para aquellos personajes, ni para el
novelista, ni siquiera para el lector (que no los conoce) descifrar
este pequeño mundo académico, literario. En definitiva,
el relato debe poseer valores superiores a lo que no deja de ser
un «juego» literario más, del que podemos encontrarnos
huellas en otras novelas de la segunda época, de M.V.M. Lo
que diferencia esta pequeña pieza de sus hermanas mayores
es que en ella su autor ha abandonado cualquier veleidad experimental.
Ya no hay problemas convencionales entre materia narrativa y realidad.
En todo caso, la moraleja, la moral final, permite situar al relato
entre las «novelas ejemplares». Pero ¿qué
novela mínimamente ambiciosa no esconde una moral? El narrador
cuida ahora la psicología de los personajes. La figura del
profesor Betriu aparece encarnada, definida físicamente,
detallados sus rasgos incoherentemente coherentes. El novelista
crea un clima (recurso éste característico e imprescindible
de las novelas policiacas) que alcanza el misterio y el clímax.
Se sirve aquí de los mecanismos del género —en
Recordando a Dardé, la ciencia-ficción; en Happy End,
el comic—. No faltan ni las muchachas asesinadas, ni los extraños
comportamientos que se desvelan y se convierten en hechos vulgares.
En Betriu se plantea precisamente un tema tradicional en la novela:
la insatisfacción vital del intelectual puro, la contradicción
entre vida intelectual y acción. Betriu es un pedante, un
personaje admirado por la comunidad universitaria; pero encierra
una insatisfacción profunda que acentúa sus diferencias.
Su descripción: «era austero en las comidas, ceremonioso
con los compañeros de oficio y con las alumnas, generoso
con los colegas y pulcro en sus camisas, característica de
agradecer en un contexto de profesores solterones o mal casados»
pronto se verá alterada. El narrador forma parte de la misma
comunidad, aparece implicado en el relato. Es un «yo»
que se autodefine: «... de no haber sostenido yo aquella temporada
una relación intermitente con una profesora de psiquiatría...
Cara al techo, semidesnudos de cuerpo y alma, hablábamos
de libros, de la impotencia o mala fe de la izquierda, de trastornos
académicos, de compañeros, conversaciones inevitables
en nuestro oficio...»
El campus universitario es contemplado con ironía y tampoco
faltan las alusiones o guiños que el narrador establece con
sus lectores: «—¿Has leído lo de Sacristán
en Mientras Tanto? /—Lo estoy traduciendo./—¿Traduciendo?/—A
Sacristán y en general a todos los de Mientras Tanto hay
que traducirlos antes de leerlos...» M.V.M. sabe que cualquier
relato es preferible inscribirlo en mundos conocidos y reconocibles.
La novela ha retornado a una captación de mundos abarcables
(el pequeño pueblo, Bangkok, o la universidad de Bellaterra).
El narrador relata desde la nostalgia. Los estudiantes «tenían
la misma edad que yo cuando me pudría académicamente
en el viejo caserón universitario, entre clandestinidades,
saberes apresurados y moralidades adolescentes. Al mirarlas me parecía
posible succionarles tiempo perdido, como si fuera un vampiro en
trance de renovar las células de su tiempo muerto».
Dicha «narración desde la nostalgia» comporta,
a su vez, rasgos líricos. Y en este camino, la integración
de lo lírico en el análisis de una psicología
completa, en las fórmulas de novela popular es donde M.V.M.
alcanza sus mejores logros. Pero el relato denota signos de cierta
crueldad. No sólo en el descubrimiento del comportamiento
sádico del doctor Betriu, sino en la complacencia de su descubridor,
en el asalto a la intimidad. La fotografía de Nietzsche «es
la evidencia misma de que hasta el ser humano más inteligente
dispone de un lugar oscuro en su alma para la más feroz estupidez».
Enlazando con la novela de la «serie negra» el comportamiento
de investigadores y asesinos no difieren excesivamente. La última
imagen del relato, la del profesor masturbándose en el retrete,
confirma el cambio operado en la narrativa de M.V.M. El análisis
del personaje ha sido demoledor. La técnica del relato, adentrándose
poco a poco en los círculos en los que se movía el
doctor Betriu, no presenta fisuras. El novelista ha descubierto
el mal y quiere hacernos comprender que no se trata de un juego.
El alcohol, la discoteca nocturna y sus luces artificiales, la autopista,
los escarceos sexuales, la peluca de Betriu son los signos de una
decadencia moral porque son las zonas oscuras de un sabio a la luz
del día. Su grito final: «¡Vive, cabrón,
vive!» no es sino una exclamación de impotencia, el
dramático desarraigo de un ser que caracteriza al hombre
moderno y que ya Stevenson había intuido.
Las Tres Novelas Ejemplares, de Manuel Vázquez Montalbán,
suponen, asimismo, un ejemplo literariamente elocuente de la evolución
de la joven novelística española en los últimos
años; entre el experimentalismo y la novela de género.
Este relato corto, inspirado en El doctor Jeckyll y Mister Hyde
de R.L.Stevenson, fue calificado por su autor de «novela ejemplarmente
corta e inédita». Corresponde a otra etapa de su producción
(fue escrita en 1980) y constituye un excelente ejemplo de sagacidad
narrativa que permite, junto a las dos anteriores novelas, contemplar
la maduración narrativa de su autor. El tiempo y el espacio
narrativo son aquí identificables. La acción se sitúa
en el campus universitario de Bellaterra (Universitat Autònoma
de Barcelona) y no sería difícil nombrar a algunos
de los personajes apenas disimulados en el relato. Se trata, para
los amigos de M.V.M. y para los iniciados, de una historia de claves.
No sería honesto ni para aquellos personajes, ni para el
novelista, ni siquiera para el lector (que no los conoce) descifrar
este pequeño mundo académico, literario. En definitiva,
el relato debe poseer valores superiores a lo que no deja de ser
un «juego» literario más, del que podemos encontrarnos
huellas en otras novelas de la segunda época, de M.V.M. Lo
que diferencia esta pequeña pieza de sus hermanas mayores
es que en ella su autor ha abandonado cualquier veleidad experimental.
Ya no hay problemas convencionales entre materia narrativa y realidad.
En todo caso, la moraleja, la moral final, permite situar al relato
entre las «novelas ejemplares». Pero ¿qué
novela mínimamente ambiciosa no esconde una moral? El narrador
cuida ahora la psicología de los personajes. La figura del
profesor Betriu aparece encarnada, definida físicamente,
detallados sus rasgos incoherentemente coherentes. El novelista
crea un clima (recurso éste característico e imprescindible
de las novelas policiacas) que alcanza el misterio y el clímax.
Se sirve aquí de los mecanismos del género —en
Recordando a Dardé, la ciencia-ficción; en Happy End,
el comic—. No faltan ni las muchachas asesinadas, ni los extraños
comportamientos que se desvelan y se convierten en hechos vulgares.
En Betriu se plantea precisamente un tema tradicional en la novela:
la insatisfacción vital del intelectual puro, la contradicción
entre vida intelectual y acción. Betriu es un pedante, un
personaje admirado por la comunidad universitaria; pero encierra
una insatisfacción profunda que acentúa sus diferencias.
Su descripción: «era austero en las comidas, ceremonioso
con los compañeros de oficio y con las alumnas, generoso
con los colegas y pulcro en sus camisas, característica de
agradecer en un contexto de profesores solterones o mal casados»
pronto se verá alterada. El narrador forma parte de la misma
comunidad, aparece implicado en el relato. Es un «yo»
que se autodefine: «... de no haber sostenido yo aquella temporada
una relación intermitente con una profesora de psiquiatría...
Cara al techo, semidesnudos de cuerpo y alma, hablábamos
de libros, de la impotencia o mala fe de la izquierda, de trastornos
académicos, de compañeros, conversaciones inevitables
en nuestro oficio...»
El campus universitario es contemplado con ironía y tampoco
faltan las alusiones o guiños que el narrador establece con
sus lectores: «—¿Has leído lo de Sacristán
en Mientras Tanto? /—Lo estoy traduciendo./—¿Traduciendo?/—A
Sacristán y en general a todos los de Mientras Tanto hay
que traducirlos antes de leerlos...» M.V.M. sabe que cualquier
relato es preferible inscribirlo en mundos conocidos y reconocibles.
La novela ha retornado a una captación de mundos abarcables
(el pequeño pueblo, Bangkok, o la universidad de Bellaterra).
El narrador relata desde la nostalgia. Los estudiantes «tenían
la misma edad que yo cuando me pudría académicamente
en el viejo caserón universitario, entre clandestinidades,
saberes apresurados y moralidades adolescentes. Al mirarlas me parecía
posible succionarles tiempo perdido, como si fuera un vampiro en
trance de renovar las células de su tiempo muerto».
Dicha «narración desde la nostalgia» comporta,
a su vez, rasgos líricos. Y en este camino, la integración
de lo lírico en el análisis de una psicología
completa, en las fórmulas de novela popular es donde M.V.M.
alcanza sus mejores logros. Pero el relato denota signos de cierta
crueldad. No sólo en el descubrimiento del comportamiento
sádico del doctor Betriu, sino en la complacencia de su descubridor,
en el asalto a la intimidad. La fotografía de Nietzsche «es
la evidencia misma de que hasta el ser humano más inteligente
dispone de un lugar oscuro en su alma para la más feroz estupidez».
Enlazando con la novela de la «serie negra» el comportamiento
de investigadores y asesinos no difieren excesivamente. La última
imagen del relato, la del profesor masturbándose en el retrete,
confirma el cambio operado en la narrativa de M.V.M. El análisis
del personaje ha sido demoledor. La técnica del relato, adentrándose
poco a poco en los círculos en los que se movía el
doctor Betriu, no presenta fisuras. El novelista ha descubierto
el mal y quiere hacernos comprender que no se trata de un juego.
El alcohol, la discoteca nocturna y sus luces artificiales, la autopista,
los escarceos sexuales, la peluca de Betriu son los signos de una
decadencia moral porque son las zonas oscuras de un sabio a la luz
del día. Su grito final: «¡Vive, cabrón,
vive!» no es sino una exclamación de impotencia, el
dramático desarraigo de un ser que caracteriza al hombre
moderno y que ya Stevenson había intuido.
Las Tres Novelas Ejemplares, de Manuel Vázquez Montalbán,
suponen, asimismo, un ejemplo literariamente elocuente de la evolución
de la joven novelística española en los últimos
años; entre el experimentalismo y la novela de género