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/Tres novelas ejemplares Introducción de Joaquín Marco a la edición de 1988

- Manuel Vázquez Montalbán: La primera etapa
- Desde «Una educación sentimental»
- «Manifiesto subnormal»
- «Recordando a Dardé» (1969)
- «Happy End»
- «La vida privada del doctor Betriu» (1982)
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«La vida privada del doctor Betriu» (1982)

ste relato corto, inspirado en El doctor Jeckyll y Mister Hyde de R.L.Stevenson, fue calificado por su autor de «novela ejemplarmente corta e inédita». Corresponde a otra etapa de su producción (fue escrita en 1980) y constituye un excelente ejemplo de sagacidad narrativa que permite, junto a las dos anteriores novelas, contemplar la maduración narrativa de su autor. El tiempo y el espacio narrativo son aquí identificables. La acción se sitúa en el campus universitario de Bellaterra (Universitat Autònoma de Barcelona) y no sería difícil nombrar a algunos de los personajes apenas disimulados en el relato. Se trata, para los amigos de M.V.M. y para los iniciados, de una historia de claves. No sería honesto ni para aquellos personajes, ni para el novelista, ni siquiera para el lector (que no los conoce) descifrar este pequeño mundo académico, literario. En definitiva, el relato debe poseer valores superiores a lo que no deja de ser un «juego» literario más, del que podemos encontrarnos huellas en otras novelas de la segunda época, de M.V.M. Lo que diferencia esta pequeña pieza de sus hermanas mayores es que en ella su autor ha abandonado cualquier veleidad experimental. Ya no hay problemas convencionales entre materia narrativa y realidad. En todo caso, la moraleja, la moral final, permite situar al relato entre las «novelas ejemplares». Pero ¿qué novela mínimamente ambiciosa no esconde una moral? El narrador cuida ahora la psicología de los personajes. La figura del profesor Betriu aparece encarnada, definida físicamente, detallados sus rasgos incoherentemente coherentes. El novelista crea un clima (recurso éste característico e imprescindible de las novelas policiacas) que alcanza el misterio y el clímax. Se sirve aquí de los mecanismos del género —en Recordando a Dardé, la ciencia-ficción; en Happy End, el comic—. No faltan ni las muchachas asesinadas, ni los extraños comportamientos que se desvelan y se convierten en hechos vulgares. En Betriu se plantea precisamente un tema tradicional en la novela: la insatisfacción vital del intelectual puro, la contradicción entre vida intelectual y acción. Betriu es un pedante, un personaje admirado por la comunidad universitaria; pero encierra una insatisfacción profunda que acentúa sus diferencias. Su descripción: «era austero en las comidas, ceremonioso con los compañeros de oficio y con las alumnas, generoso con los colegas y pulcro en sus camisas, característica de agradecer en un contexto de profesores solterones o mal casados» pronto se verá alterada. El narrador forma parte de la misma comunidad, aparece implicado en el relato. Es un «yo» que se autodefine: «... de no haber sostenido yo aquella temporada una relación intermitente con una profesora de psiquiatría... Cara al techo, semidesnudos de cuerpo y alma, hablábamos de libros, de la impotencia o mala fe de la izquierda, de trastornos académicos, de compañeros, conversaciones inevitables en nuestro oficio...»
El campus universitario es contemplado con ironía y tampoco faltan las alusiones o guiños que el narrador establece con sus lectores: «—¿Has leído lo de Sacristán en Mientras Tanto? /—Lo estoy traduciendo./—¿Traduciendo?/—A Sacristán y en general a todos los de Mientras Tanto hay que traducirlos antes de leerlos...» M.V.M. sabe que cualquier relato es preferible inscribirlo en mundos conocidos y reconocibles. La novela ha retornado a una captación de mundos abarcables (el pequeño pueblo, Bangkok, o la universidad de Bellaterra). El narrador relata desde la nostalgia. Los estudiantes «tenían la misma edad que yo cuando me pudría académicamente en el viejo caserón universitario, entre clandestinidades, saberes apresurados y moralidades adolescentes. Al mirarlas me parecía posible succionarles tiempo perdido, como si fuera un vampiro en trance de renovar las células de su tiempo muerto». Dicha «narración desde la nostalgia» comporta, a su vez, rasgos líricos. Y en este camino, la integración de lo lírico en el análisis de una psicología completa, en las fórmulas de novela popular es donde M.V.M. alcanza sus mejores logros. Pero el relato denota signos de cierta crueldad. No sólo en el descubrimiento del comportamiento sádico del doctor Betriu, sino en la complacencia de su descubridor, en el asalto a la intimidad. La fotografía de Nietzsche «es la evidencia misma de que hasta el ser humano más inteligente dispone de un lugar oscuro en su alma para la más feroz estupidez». Enlazando con la novela de la «serie negra» el comportamiento de investigadores y asesinos no difieren excesivamente. La última imagen del relato, la del profesor masturbándose en el retrete, confirma el cambio operado en la narrativa de M.V.M. El análisis del personaje ha sido demoledor. La técnica del relato, adentrándose poco a poco en los círculos en los que se movía el doctor Betriu, no presenta fisuras. El novelista ha descubierto el mal y quiere hacernos comprender que no se trata de un juego. El alcohol, la discoteca nocturna y sus luces artificiales, la autopista, los escarceos sexuales, la peluca de Betriu son los signos de una decadencia moral porque son las zonas oscuras de un sabio a la luz del día. Su grito final: «¡Vive, cabrón, vive!» no es sino una exclamación de impotencia, el dramático desarraigo de un ser que caracteriza al hombre moderno y que ya Stevenson había intuido.







Las Tres Novelas Ejemplares, de Manuel Vázquez Montalbán, suponen, asimismo, un ejemplo literariamente elocuente de la evolución de la joven novelística española en los últimos años; entre el experimentalismo y la novela de género.
Este relato corto, inspirado en El doctor Jeckyll y Mister Hyde de R.L.Stevenson, fue calificado por su autor de «novela ejemplarmente corta e inédita». Corresponde a otra etapa de su producción (fue escrita en 1980) y constituye un excelente ejemplo de sagacidad narrativa que permite, junto a las dos anteriores novelas, contemplar la maduración narrativa de su autor. El tiempo y el espacio narrativo son aquí identificables. La acción se sitúa en el campus universitario de Bellaterra (Universitat Autònoma de Barcelona) y no sería difícil nombrar a algunos de los personajes apenas disimulados en el relato. Se trata, para los amigos de M.V.M. y para los iniciados, de una historia de claves. No sería honesto ni para aquellos personajes, ni para el novelista, ni siquiera para el lector (que no los conoce) descifrar este pequeño mundo académico, literario. En definitiva, el relato debe poseer valores superiores a lo que no deja de ser un «juego» literario más, del que podemos encontrarnos huellas en otras novelas de la segunda época, de M.V.M. Lo que diferencia esta pequeña pieza de sus hermanas mayores es que en ella su autor ha abandonado cualquier veleidad experimental. Ya no hay problemas convencionales entre materia narrativa y realidad. En todo caso, la moraleja, la moral final, permite situar al relato entre las «novelas ejemplares». Pero ¿qué novela mínimamente ambiciosa no esconde una moral? El narrador cuida ahora la psicología de los personajes. La figura del profesor Betriu aparece encarnada, definida físicamente, detallados sus rasgos incoherentemente coherentes. El novelista crea un clima (recurso éste característico e imprescindible de las novelas policiacas) que alcanza el misterio y el clímax. Se sirve aquí de los mecanismos del género —en Recordando a Dardé, la ciencia-ficción; en Happy End, el comic—. No faltan ni las muchachas asesinadas, ni los extraños comportamientos que se desvelan y se convierten en hechos vulgares. En Betriu se plantea precisamente un tema tradicional en la novela: la insatisfacción vital del intelectual puro, la contradicción entre vida intelectual y acción. Betriu es un pedante, un personaje admirado por la comunidad universitaria; pero encierra una insatisfacción profunda que acentúa sus diferencias. Su descripción: «era austero en las comidas, ceremonioso con los compañeros de oficio y con las alumnas, generoso con los colegas y pulcro en sus camisas, característica de agradecer en un contexto de profesores solterones o mal casados» pronto se verá alterada. El narrador forma parte de la misma comunidad, aparece implicado en el relato. Es un «yo» que se autodefine: «... de no haber sostenido yo aquella temporada una relación intermitente con una profesora de psiquiatría... Cara al techo, semidesnudos de cuerpo y alma, hablábamos de libros, de la impotencia o mala fe de la izquierda, de trastornos académicos, de compañeros, conversaciones inevitables en nuestro oficio...»
El campus universitario es contemplado con ironía y tampoco faltan las alusiones o guiños que el narrador establece con sus lectores: «—¿Has leído lo de Sacristán en Mientras Tanto? /—Lo estoy traduciendo./—¿Traduciendo?/—A Sacristán y en general a todos los de Mientras Tanto hay que traducirlos antes de leerlos...» M.V.M. sabe que cualquier relato es preferible inscribirlo en mundos conocidos y reconocibles. La novela ha retornado a una captación de mundos abarcables (el pequeño pueblo, Bangkok, o la universidad de Bellaterra). El narrador relata desde la nostalgia. Los estudiantes «tenían la misma edad que yo cuando me pudría académicamente en el viejo caserón universitario, entre clandestinidades, saberes apresurados y moralidades adolescentes. Al mirarlas me parecía posible succionarles tiempo perdido, como si fuera un vampiro en trance de renovar las células de su tiempo muerto». Dicha «narración desde la nostalgia» comporta, a su vez, rasgos líricos. Y en este camino, la integración de lo lírico en el análisis de una psicología completa, en las fórmulas de novela popular es donde M.V.M. alcanza sus mejores logros. Pero el relato denota signos de cierta crueldad. No sólo en el descubrimiento del comportamiento sádico del doctor Betriu, sino en la complacencia de su descubridor, en el asalto a la intimidad. La fotografía de Nietzsche «es la evidencia misma de que hasta el ser humano más inteligente dispone de un lugar oscuro en su alma para la más feroz estupidez». Enlazando con la novela de la «serie negra» el comportamiento de investigadores y asesinos no difieren excesivamente. La última imagen del relato, la del profesor masturbándose en el retrete, confirma el cambio operado en la narrativa de M.V.M. El análisis del personaje ha sido demoledor. La técnica del relato, adentrándose poco a poco en los círculos en los que se movía el doctor Betriu, no presenta fisuras. El novelista ha descubierto el mal y quiere hacernos comprender que no se trata de un juego. El alcohol, la discoteca nocturna y sus luces artificiales, la autopista, los escarceos sexuales, la peluca de Betriu son los signos de una decadencia moral porque son las zonas oscuras de un sabio a la luz del día. Su grito final: «¡Vive, cabrón, vive!» no es sino una exclamación de impotencia, el dramático desarraigo de un ser que caracteriza al hombre moderno y que ya Stevenson había intuido.
Las Tres Novelas Ejemplares, de Manuel Vázquez Montalbán, suponen, asimismo, un ejemplo literariamente elocuente de la evolución de la joven novelística española en los últimos años; entre el experimentalismo y la novela de género

© Manuel Vázquez Montalbán 2006