l narrador
puede permitirse ajustes de cuentas impropios, supongo, para un
historiador y así estuve esperando quince años para
hacer balance novelesco de mis largas relaciones con Franco, interrumpidas
casi del todo aquella madrugada en la que se murió y Rosa
Regás me lo comunicó por teléfono. Yo había
esperado la noticia hasta las tres, contemplando documentales sobre
aves increíbles y sarpullidos de plantas en otro tiempo sanas,
y de mi incipiente sueño me despertó Rosa para darme
una nueva que me llenó de inquietud y esperanza, estado en
el que permanecí durante años hasta que me liberé
del quiste interiorizado de la relación franquismo-antifranquismo
mediante la escritura de Autobiografía del general Franco.
No ignoro que las teorías dominantes sobre crítica
literaria tienden a prescindir de las explicaciones que pueda dar
el autor sobre el porqué o para qué o cómo
de su obra. La obra debe decirlo todo, pero cuando una novela como
Autobiografta del general Franco se basa en la falsificación
misma de lo histórico, creo que el autor merece ser escuchado
sobre todo porque ha suscitado la mirada recelosa de algunos historiadores,
sin duda los científicos más celosos de su territorio.
Yo había tenido treinta y seis años de cohabitación
con Franco y la cultura franquista, desde que nací hasta
que Franco murió. Aparte de esta legitimación biológica
de mi conocimiento de Franco, a fines de los años sesenta
recibí el encargo de José Martínez, responsable
de Ruedo Ibérico, de redactar un libro de pensamientos de
Franco, parodia de El libro rojo de Mao. Así nació
El libro pardo del general, publicado en París sin que yo,
naturalmente, lo firmara. Escribirlo significó un vaciado
del pensamiento de Franco a partir de sus discursos y escritos,
y sobre esta base redacté Los demonios familiares de Franco,
publicado por Dopesa después de la muerte del dictador. Estaba
pues documentalmente preparado cuando me llegó la propuesta
de editorial Planeta de escribir un Yo, Franco, dentro de una colección
de supuestas autobiografías, meritorio empeño demasiado
ancho para mí, porque jamás me han gustado desafíos
literarios que me parezcan algo así como construir la catedral
de Notre-Dame con mondadientes. Si me enfrentaba al desafío
de novelar la vida de Franco, yo sólo podía hacerlo
desde la tensión dialéctica del antifranquismo. Tras
darle muchas vueltas a la estrategia narrativa creo que resolví
a mi medida los dos problemas previos fundamentales en toda novela:
el. punto de vista y la verosimilitud lingüística.
El punto de vista de
una autobiografía de Franco como la mía no es Franco,
sino el novelista que ha recibido el encargo, que padecerá
a lo largo de todo el libro una escisión entre el mandato
profesional y la rebelión personal contra el franquismo.
La verosimilitud lingüística pasaba por dotar a Franco
de un lenguaje verosímil que no fuera en sí mismo
paródico porque eso hubiera desautorizado al supuesto novelista
Marcial Pombo que le está redactando una autobiografía
a su medida.
Pero ¿cómo escribía Franco? Tenemos textos
de juventud como Diario de una bandera, sus discursos trascendentales,
los artículos generalmente sobre masonería que firmó
con el seudónimo Jokin Bor, algunas páginas de lo
que iba a ser, ésta sí, su autobiografía, que
transcribió su médico el doctor Pozuelo. A partir
de estos referentes construí un lenguaje digno y pulcro porque
Franco lo emplea para autojustificarse y ningún autobiografiado
utiliza la autobiografía para autodestruirse. Es una escritura
supuesta y verosímil en relación a la estrategia del
libro, independientemente de que hubiera sido la escritura real
de Franco. Algunos historiadores me reprocharon la excesiva dignidad
del código lingüístico del Caudillo, los mismos
que se molestaron porque el libro es una inculpación no sólo
de Franco sino de los sectores sociales que lo hicieron posible
y le ayudaron a sucederse a sí mismo durante casi cuarenta
anos. Es empeño especial de cierta historiografía
española objetiva cargar a Franco de todas las cadenas que
quitan a los poderes fácticos y a la sociedad cómplice,
tal vez porque algunos de esos historiadores provienen de esos sectores
y demonizar a Franco significa angelizar a sus propios ancestros.
Cuando la novela salió al mercado fue un éxito de
ventas sin duda condicionado por la atmósfera que acompaña
a todo centenario y junto a ella aparecieron otros libros apologéticos
de Franco, así como la necesaria biografía de Paul
Preston. De todas las críticas que se hicieron a mi Autobiografía
del general Franco la más injusta por lo fútil fue
una anónima, perdida entre los pliegues de un balance de
novedades, publicada en El País, en la que se decía
que mi visión de Franco era la Coca Cola y la que había
escrito Vizcaíno Casas era la Pepsi Cola, como si el editor
hubiera prefabricado la competencia para cubrir todo el espectro
del mercado. Yo desconocía que Vizcaíno Casas fuera
a competir conmigo y escribí desde toda clase de angustias
la novela más dificil por lo que tenía de condicionantes
pretextuales: materia histórica, los hechos ineludibles,
documentos, implicación ideológica, voluntad de contribuir
a una memoria histórica antifranquista, la única memoria
que se merece uno de los criminales de guerra más mediocres
de este siglo. Al hacer el que supongo último balance por
mi parte de aquella novela, descubro que fue ante todo un problema
lingüístico: encontrar el código de un sujeto
bifronte, franquismo y antifranquismo, puesto que la novela es al
mismo tiempo la autobiografía de Franco y de la oposición
que él mismo magnificó y la que realmente mantuvo
la resistencia desde 1939 hasta el final.
Como siempre ocurre en literatura, la verdad de Autobiografía
del general Franco no depende de la verdad de los hechos o los datos
o de la bondad o maldad de las ideas, sino de la veracidad literaria
que se consigue mediante palabras estratégicamente distribuidas
para conseguir ofrecer una alternativa a la realidad. Pero Franco
aún pertenece a las pesadillas de muchos de los que sobrevivimos
y hasta que no nos muramos todos los verdugos y las víctimas,
la literatura hecha a la desmedida de aquella peripecia no obtendrá
la prerrogativa de ser leída literariamente.