cho años
después de El estrangulador, Manuel Vázquez Montalbán
(Barcelona, 1939) vuelve con una de esas novelas que dicen que es
'literaria, literaria', de largo aliento. Erec y Enide (Areté),
título tomado de la primera novela artúrica de Chrétien
de Troyes, habla de la soledad y del amor en tiempo crepuscular.
Julio Matasanz, profesor emérito, recibe un homenaje al final
de su carrera. Madrona Mistral de Pamies, su esposa, de la alta
sociedad barcelonesa, aquejada de una grave enfermedad, también
se enfrenta a un fin de trayecto. Son vísperas de Navidad;
él prepara la lectura de su conferencia, y ella, las fiestas,
con la ilusión de que regresen Pedro y Myriam, sus ahijados,
que trabajan con Médicos sin Fronteras en un país
centroamericano.
Julio y Madrona hablan en primera persona y cada uno traza un agudo
retrato del otro. Un narrador en tercera persona cuenta la terrible
aventura de Pedro y Myriam. La novela está atravesada por
el discurso de Matasanz sobre Erec y Enide, de los que dice que,
frente al maldistismo de otras tragedias artúricas, asumen
el papel de conductores de su propio destino, 'de lo que se trata
no es de reencontrar al amado, sino de conservarlo por el procedimiento
de la conquista cotidiana'.
Vázquez Montalbán traslada la historia de Erec y Enide
a la actualidad, reencarnando de alguna manera a los personajes
míticos en Pedro y Myriam. La aventura aún es posible.
Y, como en otras novelas suyas, vuelve a uno de sus temas preferidos:
la oposición entre cultura y vida. —Julio es egoísta y resulta
incluso antipático.
—Es la tristeza del animal viejo al que se le está
acabando su proyecto bioprofesional. En su poco convencional discurso,
concluye que el amor se ha de construir día a día,
aunque en definitiva es una operación de autoengaño.
Es el fracaso de un depredador que ha tomado todo lo que tiene a
su alcance. Se ha dibujado como un personaje cultural y los otros
no.
—Quizá por
eso, página a página, crecen las figuras de su mujer,
Madrona, y de su amante, Mirna.
—También viven su soledad como en estado de sitio.
Él cree que es el único que sufre, pero ellas también,
de manera más real. Son más fuertes.
—Pese a que el libro
destila tristeza, hay situaciones de puro humor negro, como cuando
Julio toma Viagra antes del encuentro con su amante.
— Y no le hace efecto, porque un colega le entretiene, luego
Mirna quiere conversar... También me parece de humor negro
cuando Madrona lleva a su amiga Dora a una conferencia sobre la
España que va bien y ésta monta un escándalo
con su triángulo amoroso.
—Es terrorífico
el panorama de barbarie que describe en Centroamérica.
—Cito un informe real sobre Guatemala en el que se asegura
que el 98% de las barbaridades son cometidas por los paramilitares
y los militares y el 2% por las guerrillas.
—La
huida de Pedro y Myriam, acosados por unos y por otros, parece increíble.
—La he literaturizado siguiendo paso a paso las aventuras
que vivieron Erec y Enide en esa novela del siglo XII, los malos
son como los de la novela de Troyes: los tres ladrones que les atacan,
los dos paras que apalean a un sindicalista, el obseso sexual que
quiere violar a Myriam, el pequeño Rey Gabriel que los salva...
—Julio Matasanz
desprecia el trabajo de Pedro y Myriam. Son 'aventuras normalizadas
por una ONG, que es lo mismo que una multinacional dentro de la
lógica de la globalización', dice.
— El capitalismo necesita de las hambrunas... Rifkin, que
fue asesor de Clinton, planteó la posibilidad de un voluntariado
a sueldo del sistema. Ésta es la tentación tremenda.
Las ONG, los movimientos de ayuda, son muy complejos y difíciles
de integrar, pero no se puede minimizar su papel.
—Myriam sostiene
que luchar contra el hambre, la miseria y la injusticia es hoy la
única manera de hacer la revolución.
— Marx y Engels hablaron en su día de lucha de clases
porque la había. Hoy habría que hacer un inventario
del desorden, de los déficits que sufre el mundo y darles
una respuesta. El trabajo que hacen estas organizaciones es un intento
embrionario de dar respuesta. Sí, creo que ésa puede
ser una nueva forma de hacer la revolución.
—¿Cómo
se le ocurrió llevar el tema de Erec y Enide a la actualidad?
—Estudié Románicas con Martín de Riquer.
Hablaba de la materia artúrica con tanta brillantez y pasión
que se me quedó grabado para siempre. En este libro quería
tratar sobre el tema de la construcción del amor y también
sobre qué puede quedar hoy de épica, porque si los
tiempos son malos para la lírica, para la épica...
Hace años, Pau Riba dijo que los únicos héroes
posibles son los del rock, y yo quería ver la posibilidad
de dar testimonio de gente que trata de ser héroe en esa
clave épica.
—Su profesor Matasanz
dice, con cierto resentimiento, que Barral, Goytisolo o Castellet
eran unos señoritos que siempre podían volver a casa
y que él no tenía ningún colchón donde
caer. ¿Qué opina?
— [Se ríe] Los Goytisolo tenían una casa extraordinaria
en Torrentbó, en el Maresme, y cuando mi mujer y yo salimos
de la cárcel, José Agustín y su esposa nos
tomaron bajo su protección. La casa de Madrona recuerda un
poco a la de los Goytisolo.
—Julio Matasanz
cuenta en la novela que ha estado con José María Aznar
en La Moncloa. Y usted, ¿ha ido?
— No, debo de ser el único escritor que no ha sido
invitado, debe de ser por mis columnas de EL PAÍS. Cuando
escribí Un polaco en la corte del rey Juan Carlos, pedí
hablar con él, pero no me recibió. Ni siquiera me
sirvió de nada haber ganado el Premio Nacional.
—Matasanz también ha estado
con el Rey, ¿y usted?
— Sí, es muy simpático. Me recomendó
restaurantes pero me pidió que no lo dijera porque luego
empeoraban. Hace tiempo que no lo veo... y no le he podido contar
mi disgusto por las veleidades de su hijo. Yo era decidido partidario
de Isabel Sartorius.
—En estos ocho años ha
publicado libros como O César o nada o el carvalho El hombre
de mi vida, pero sólo ahora con Erec y Enide hablan de que
es 'literatura de verdad', ¿no le molesta?
—Ya no me lo planteo, como me han dado el Premio Nacional
de las Letras por toda mi obra... y ahí están también
los carvalhos.