«Hay
una relación directa entre comer, beber y amar» Por Nativel Preciado Tiempo, 4 / 11 / 1996
a gula.
Se trata de un exceso desordenado en el comer y en el beber. Manuel
Vázquez Montalbán ha escrito un espléndido
relato, La Gula, donde mezcla gastronomía, teología
y marxismo a través del monólogo de un exquisito gourmet
que naufraga en una isla desierta. Este robinson, que había
sido obispo en El Vaticano, se ve obligado a inventar sus propias
teorías gastronómicas, en las que adquiere un simbólico
protagonismo el bacalao que Dios le envía. El bacalao, una
momia conservada en salazón, puede convertirse, gracias al
ingenio culinario, en un alimento prodigioso, como el maná
caído del cielo. Vázquez Montalbán, que como
se sabe es un gran aficionado a la gastronomía, propone una
inteligente asociación de ideas entre guisar, comer, beber
y amar. Y de eso trata otro de sus libros, Recetas inmorales, que
acaba de publicar la editorial Afanias y cuyo objetivo es lograr
fondos en beneficio de personas con deficiencia mental. En contra
de lo que algunos puedan pensar, no hay contradicción entre
la moral hedonista del autor de Un polaco en la corte del rey Juan
Carlos y la generosidad solidaria que supone trabajar para una causa
altruista.
—¿Qué
le llevó a mezclar en el mismo guiso la cocina, la teología
y el marxismo?
—Me pidieron un libro sobre la gula y se me ocurrió
escribir el relato de un náufrago que era un obispo encargado
de las finanzas de El Vaticano y, además, un exquisito gourmet.
Lo he subtitulado Reflexión de un robinson ante un bacalao
seco porque, para mí, el bacalao es un prodigio marxista.
Cuando era joven, un grupo de marxistas organizamos un viaje de
Madrid a Palencia en busca de un tipo al que habían visto
con el libro de Sartre Tránsito de la cantidad a la cualidad.
Queríamos ficharle para la organización. El caso es
que, desde mi punto de vista, el bacalao ejemplariza ese tránsito
de la cantidad a la cualidad. Un bacalao seco es como una momia,
pero se mete en agua y se transforma en otra historia. Sólo
a un genio se le ocurre remojar la momia, utilizar el agua del hervor,
moverlo con un poco de aceite y ajos para convertirlo en bacalao
al pil pil. De ahí sale todo un discurso teológico.
—¿Por qué
ha titulado otro de sus libros "Recetas inmorales"?
—En cierta ocasión me dijo Dalí que con Greta
Garbo sólo se podía comer lenguado a la plancha. Entonces
me puse a pensar qué comería yo con determinadas mujeres.
De ahí surgió la idea de asociar la erótica
con la gastronomía. Así como existen las asociaciones
de ideas, también se dan las asociaciones totalmente arbitrarias
entre guisar, comer y amar.
—¿Y por qué
esa combinación ha de ser inmoral?
—Todo lo que hace referencia al placer es gozosamente calificado
de inmoral. Para los moralistas, sólo el sufrimiento es moral.
En las religiones hay ayunos, cuaresmas y ramadanes. Estoy en contra
de todas ellas -la católica, la islámica y la neoliberal-
porque, al defender valores absolutos, acaban siendo totalitarias.
—¿Cree que
las pasiones responden a la teoría de los vasos comunicantes?
—No se puede generalizar, pero hay un relación directa
entre comer, beber y amar. Especialmente la bebida conduce a la
cama porque desinhibe y los esfínteres se abren en función
del ambiente. La cantidad de veces que he tenido éxito en
esos territorios ha sido por lo favorable del clima; me he atrevido
a hacer propuestas que sin esa situación gastronómico-etílica
hubieran sido impensables.
—¿Existe
la cocina afrodisiaca?
—Está demostrado que no existe la cocina afrodisiaca.
Lo importante es que la ceremonia de compartir una comida se convierta
en un acto afrodisiaco en sí mismo.
—¿La gula
puede ser un placer solitario?
—Si es solitario, se convierte en un placer de lo más
mediocre. El tío que se guisa un plato y se lo come solo
es un onanista. La gula o es comunicación o no tiene ningún
valor. La comunicación implica una apropiación porque
siempre implica convencer a alguien y nunca el receptor es tan fuerte
como el emisor. En el juego de propuestas de la sensualidad siempre
hay uno que persuade y otro que es persuadido Ahí está
la gracia del asunto. En toda propuesta sensorial hay una intención
sexual.
—¿Se fía
usted de la gente a la que no le gusta comer?
—No puedo generalizar. Antes yo era muy dogmático en
este sentido, hasta que descubrí anoréxicos maravillosos.
—¿Hay alguna
comida de la que no pueda prescindir?
—En el fondo, uno puede prescindir de todo. Sin embargo, en
la vida de todo escritor hay un Rosebud como el de Ciudadano Kane.
Recuerdo un día que estaba sentado en el portal de mi casa,
frente a la panadería, y vi salir a mi madre con un pan caliente
y un cucurucho de aceitunas negras. Me dio un trozo de aquel pan
con aceitunas. Eran los años cuarenta. Asocio el placer con
el pan caliente y las aceitunas negras; es mi Rosebud.
—¿Ha visitado
todos los templos gastronómicos?
—No, me falta Robuchon. La primera vez que fui a Girardet
estuve muy condicionado por mi carencia de francos suizos. Y es
que cuando pedí el menú me dijeron que no admitían
tarjetas de crédito. Tuve que pagar con los francos franceses
que llevaba y me tuve que zampar un menú condicionado a esa
moneda. La segunda visita la hice más liberado.
—¿Qué
va a quedar de nuestra maravillosa cocina mediterránea después
de Maastricht?
—Empecemos por aclarar una falsificación: dicen que
la dieta mediterránea se basa en el aceite de oliva y eso
es mentira. En buena parte de la cocina catalana y valenciana se
emplea la manteca de cerdo. Reivindicar una cultura alternativa
en torno al aceite de oliva es puro voluntarismo. Respecto a Maastricht,
si es una imposición de los eurócratas, no debemos
preocuparnos porque gracias a las tarjeta de crédito están
aprendiendo a comer. Bélgica, en contra de lo que se piensa,
tiene una gastronomía excelente. Cuando fui al Parlamento
Europeo a presentar Autobiografía del General Franco descubrí
que Gutiérrez Díaz, eurodiputado de IU, es un gran
gourmet. Es posible, entonces, que la izquierda se salve. Mis dudas
son sobre Anguita, porque temo que conserve las restricciones de
la autorepresión; aunque sé que le gustan las habas
con jamón y eso está bien. Quisiera que la izquierda
hiciera una reflexión: como en España la gente ha
pasado tanta hambre, todas las fiestas populares están ligadas
a la idea del banquete, que signifíca sacar el vientre de
penas un día al año. No hay pueblo que no tenga un
plato especial asociado a la fiesta. Si la izquierda lo asume, ganará.
Creo que los liberales llevan ventaja en ese terreno; los grandes
negocios se hacen en torno a una buena comida. También los
neoliberales tienen complejo de culpa, aunque distinto del izquierdista,
que siempre piensa en los hambrientos de Calcuta. El yuppy se llena
de culpabilidad porque come contra la eficacia y a favor del colesterol,
la glucemia y la grasa... y eso se convierte en un tormento.
—¿Qué piensa de
los vegetarianos?
—Que son unos criminales porque se ha descubierto que los
vegetales son sensibles y gritan cuando los cortan. Bobbio, en Izquierda
y derecha propone revisar nuestra relación con los animales.
Según me voy haciendo mayor, me alcanza una piedad tremenda
por los cerdos, los cabritos y los corderos. Me temo que estoy en
crisis. Desearía que cualquier industria inventara comidas
químicas para evitar la matanza de animales, salvando, eso
sí, el bacalao al pil pil. Me parece injusto que el hombre
haya ganado, sobre todo cuando veo las intervenciones de los dos
Serra; prefiero el dóberman a Eduardo o Narcís.