Las
recetas de Carvalho
Por Manuel Vázquez Montalbán
ingún
escritor se responsabiliza del todo de la conducta de sus personajes,
y mucho menos de la de su personaje central. Carvalho, por ejemplo,
es muy suyo y sus gustos son personales y sólo transferibles
mediante la benevolencia de mi escritura. Frecuentemente los lectores
de las novelas de la serie Carvalho me interrogan sobre el porqué
de la a veces desmedida afición a la cocina del señor
Carvalho. Yo suelo dar una respuesta inteligente, de la que me responsabilizo,
pero Carvalho jamás ha dicho nada relevante al respecto.
Yo suelo plantear la cocina como una metáfora de la cultura.
Comer significa matar y engullir a un ser que ha estado vivo, sea
animal o planta. Si devoramos directamente al animal muerto o a
la lechuga arrancada, se diría que somos unos salvajes. Ahora
bien, si marinamos a la bestia para cocinarla posteriormente con
la ayuda de hierbas aromáticas de Provenza y un vaso de vino
rancio, entonces hemos realizado una exquisita operación
cultural, igualmente fundamentada en la brutalidad y la muerte.
Cocinar es una metáfora de la cultura y su contenido hipócrita,
y en la serie Carvalho forma parte del tríptico de reflexiones
sobre el papel de la cultura. Las otras dos serían esa quema
de libros a la que Carvalho es tan aficionado y la misma concepción
de la novela como vehículo de conocimiento de la realidad,
desde el mestizaje de cultura y subcultura que encarna la serie
Carvalho.
Incluso Pepe Carvalho, tan parco en las reflexiones teóricas,
ha dicho a veces que quema libros para vengarse de lo poco que le
han enseñado a vivir y de lo mucho que le han alejado de
una relación espontánea y entusiasmada con la realidad.
En cambio, Carvalho carece de una teoría de la cocina que
no sea la mía y le importa un bledo el sistema literario
en el que se haya inmerso. Le da lo mismo pasar a la Historia de
la Literatura que a la Historia de la Subliteratura. En ocasiones,
incluso he tratado de llevarle por el buen camino, le he propuesto
mayores dosis de ambigüedad sicológica e ideológica
para congraciarle con la crítica partidaria de la opacidad
esencial de la novela como conocimiento ensimismado. Pero no ha
habido manera. Lo peor es que yo pago las consecuencias. Soy yo
el que de vez en cuando me tropiezo con críticos del formalismo
ruso madrileño y sabios literarios en general que me miran
por encima del hombro, sin duda recordando esas situaciones tan
ordinariamente carvalhianas en las que se pone a guisar, a masturbarse
o a filosofar sin que lo exija estrictamente la armonía interna
de la novela. Se lo tengo advertido, pero ni caso.
Hora es ya de hacer un balance de las recetas de Carvalho, que son
suyas y de otros, aunque cuando se apropia de las recetas ajenas
suele siempre introducir alguna modificación. Carvalho es
gastronómicamente ecléctico. He aquí su única
connotación posmoderna. La base de sus gustos la forma una
materia esencial: el paladar de la memoria, la patria sensorial
de la infancia. Por eso sus gustos fundamentales proceden de la
cocina popular, pobre e imaginativa de España, la cocina
de su abuela, doña Francisca Pérez Larios, a la que
dedica el nombre de un bocadillo notable, recogido en este recetario.
Nuestro hombre integra cocina catalana, cocina de autor de distintos
restauradores de España y de diferentes extranjerías
gastronómicas. Pero una cosa es lo que Carvalho come y otra
lo que guisa. Por ejemplo, jamás se le ha visto cocinar un
oreiller a la Belle Aurore, como sí lo hace Sánchez
Bolín en Asesinato en Prado del Rey, aunque de vez en cuando
se sumerja en la elaboración de algún plato complicado
como el salmis de pato.
Carvalho cocina por un impulso neurótico, cuando está
deprimido o crispado, y casi siempre busca compañía
cómplice para comer lo que ha guisado, para evitar el onanismo
de la simple alimentación y conseguir el ejercicio de la
comunicación. Y en esas ocasiones encuentra a comensales
propicios, mayéuticos, se llamen Fuster, Charo o Biscuter.
Observe el astuto seguidor de la serie cómo su relación
con Bromuro (q.e.p.d.) era exclusivamente alcohólica y pocas
veces nutritiva, como si Carvalho quisiera ayudarle a suicidarse
lentamente. Pero sobre Bromuro corramos un tupido velo porque aún
hoy es material de discusión entre Carvalho y yo. Me reprocha
el que lo haya matado y en vano le respondo que en literatura siempre
se mata a causa de las circunstancias literarias y que jamás
se derrama ni una gota de sangre real, ni se emplea otra mortaja
que la del silencio de las páginas: los espacios en blanco.
Otra cuestión generadora de discusión, esta vez ajena
a la que repetidamente nos enfrenta a Carvalho y a mí, es
el juicio sobre el real saber gastronómico y culinario de
Carvalho. Yo le he pillado en varios fallos provocados por la plebeyez
de su paladar original y por una progresiva asimilación de
conocimientos que no siempre llegaron a tiempo. Por ejemplo, en
las primeras ediciones de Tatuaje, recomienda un Sauternes cuando
debería recomendar cualquier blanco no moellé, y en
cambio en Los mares del Sur pone en labios del marqués de
Munt una pedante glosa del morteruelo, regado con Chablis. Craso
error. Al morteruelo, como a cualquier paté o mousse o engrudo
de estas características, le va bien el Sauternes o el Montbrazillac,
nunca el Chablis. Igualmente merece reprobación la fideuá
que realiza en Los pájaros de Bangkok, verdadero atentado
contra este exquisito plato, que él convierte en un extraño
hormigón compuesto de masas de harina de arroz y toda clase
de bestias, cuando la fideuá fideuá se hace con pasta
de harina de trigo, a ser posible con fideos del tipo "cabello
de ángel", y los tropezones han de ser escasos, según
la receta que aporto, la única de mi cosecha, profundamente
correctora de la que describe Carvalho en la citada novela.
Sobre el discutible gusto de Carvalho -que sea discutible no quiere
decir que carezca de él- dan idea las escasas referencias
a postres que hay en sus abundantes digresiones gastronómicas.
Pocos y simples, para desesperación de los amateurs de esta
cocina rigurosamente inocente. Este bárbaro vicio carvalhiano
procede de su filosofía compulsiva y devoradora. Platos hondos.
A él le van los platos hondos, y si bien entre lo crudo y
lo cocido elige lo cocido, entre lo dulce y lo salado se decanta
por lo salado, prueba evidente de primitivismo, que impide homologar
el paladar de Carvalho según los cánones del refinamiento.
No interprete el lector mi reflexión crítica como
una muestra de hostilidad hacia mi personaje, aunque es cierto que
nuestras relaciones no han sido siempre buenas. Simplemente, mi
responsabilidad y mi credibilidad se manifiestan en relación
con el lector, mi señor, siempre por encima de mi personaje,
que sólo tiene un valor instrumental, aunque él no
lo crea y haya cometido conmigo actos de desacato que algún
día le pueden costar muy caros. Por ejemplo, Carvalho jamás
me ha invitado a cenar en su casa alguno de sus guisos. Tal vez
espera a que yo se lo insinúe, pero esperará en vano
porque no es trajín de un escritor el ir tras los pasos de
sus personajes. Es más, cuantas veces hemos coincidido en
algún bar para discutir un desarrollo narrativo o algún
desajuste entre mi escritura y su conducta, mi imaginación
y sus deseos, jamás ha hecho el gesto de invitarme. Ni a
un miserable café. Gesto en sí mismo de hostilidad,
de mala educación, y que ha provocado que yo haga lo imposible
para que tenga dificultades económicas progresivas en las
novelas que restan a la serie. Si espera jubilarse con el riñón
bien cubierto, está apañado. Voy a hacer lo imposible
para que termine sus días sin otra alimentación que
arroz con bacalao y algún que otro bocadillo señora
Paca. No es crueldad. Es instinto de autodefensa. Sólo el
que haya concebido un personaje literario habitual y seriado podrá
comprender el calvario que representa soportar sus impertinencias.
Pido perdón por este rapto de confesionalismo crítico
e insisto en que el recetario que sigue es revelador de la mejor
alma gastronómica del personaje y de un estado de la cultura
en el que se confunden las fronteras de lo ecléctico y lo
sincrético. Podríamos llegar a la conclusión
de que los gustos gastronómicos de Carvalho son eclécticos
en la selección y sincréticos en la tecnología,
aunque lo más cercano a la realidad sería aceptar
estas sabrosas propuestas como un patrimonio humano, mucho más
que como un patrimonio del señor José Carvalho Tourón.