Una antiquísima tribu, los yanomamis,
que habitan la selva amazónica, lugar de sudor y moscas,
practican un extraño canibalismo: se comen entre todos a
sus propios muertos, pero tras reducirlos a ceniza, en una fogata
que consume no sólo el cuerpo del muerto sino cuanto le pertenecía,
desde el arco al sucinto taparrbos. Mezclan las cenizas con plátano
y se las van tragando, a la vez que procuran olvidar el nombre del
muerto, que jamás debe ser pronunciado por nadie; hay que
borrar todo rastro de su ser y toda memoria de su persona, para
que “el olvidado” pueda traspasar el umbral de “La
casa del Trueno”, es decir, el cielo, el Paraíso.
MARÍA DEL CARMEN SOLER,
Gracia y justicia en los manjares
l gourmet
jamás olvida el nombre del muerto. Es más, mientras
se lo come hace expresa mención de él, sea jabalí
o alcachofa, y recuerda otros asesinatos y decoraciones anteriores,
porque el placer de comer suele ir acompañado del de la memoria
de pasados festines. Entre la arbitraria e hiperbólica adjetivación
del gourmet abunda el término “memorable”. El
gourmet devora dos veces al mismo tiempo, lo que come y lo ha comido.
La cocina es una metáfora ejemplar de la hipocresía
de la cultura. El llamado arte culinario se basa en un asesinato
previo, con toda clase de alevosías. Si ese mal salvaje que
es el hombre civilizado arrebatara la vida de un animal o de una
planta y se comiera los cadáveres crudos, sería señalado
con el dedo como un monstruo capaz de bestialidades estremecedoras.
Pero si ese mal salvaje trocea el cadáver, lo marina, lo
adereza, lo guisa y se lo come, su crimen se convierte en cultura
y merece memoria, libros, disquisiciones, teoría, casi una
ciencia de la conducta alimentaria. No hay vida sin crueldad. No
hay historia sin dolor.
Nacido como intermediario entre la necesidad y el placer de comer,
el gourmet fue siempre un crítico cultural in pectore, formó,
pues, una vanguardia orientadora del gusto en la parcela que precisamente
da sentido a la palabra gusto. Como institución, nace y se
instala en los siglos XVIII y XIX, paralelamente a la institución
de la crítica en todas las manifestaciones de la creatividad.
El crítico era y es un orientador del gusto que vendía
su propia necesidad, que se autolegitimaba como un guru indispensable,
situado por encima del paladar común. La divulgación
del saber, la socialización del patrimonio, han relativizado
el papel del crítico en todos los territorios de la creatividad.
Pero donde el ejercicio crítico de la cultura sigue al parecer
ejerciendo de intermediario indispensable es en el territorio de
la gastronomía, tal vez porque el saber gastronómico
se ha masificado más tardíamente que el literario
o el artístico, tal vez porque en gastronomía es casi
imposible la buena obra reproducida en serie y en cambio la reproducción
en serie ha afectado ya a las artes plásticas, divulgando
códigos y goces que en un inmediato pasado sólo estaban
al alcance de los coleccionistas y los sibaritas. Todavía
a comienzos de este siglo buena parte de la convulsión reformadora
de las artes fue posible porque ricos coleccionistas abrían
sus salones a los artistas prometedores, antes de convertir en trofeos
en piezas socializadas de museo. Ni la industria conservera ni la
de la congelación han conseguido crear una cocina de calidad
masificada y tal vez por eso el gourmet puede seguir investido de
su sacerdocio.
No diré yo que el sacerdocio del gourmet sea
tan peligroso como otros sacerdocios. Evidentemente, es menos peligroso
que el sacerdocio político o religioso, pero es sacerdocio
al fin y al cabo, y nuestro tiempo, aunque a fines del segundo milenio
finja una dirección contraria, se caracteriza por la constatación
de la inutilidad de las religiones y sus profesionales, por la apología
de una cultura de la participación frente a una cultura escindida
entre la prepotencia del emisor y la sumisión del receptor.
El gourmet ha creado mitos gastronómicos, deificado cocinas
nacionaes, introduciendo modas que a veces se convierten en hábitos
no replanteados y fomentado, tal vez en su aportación, más
positiva, una curiosidad del paladar, tan necesaria como la curiosidad
de la retina que ha hecho posible que el mismo ojo degustador de
Goya pueda degustar un Bacon o un Henry Moore. Dado que el rito
gastronómico se basa en el fuego, conserva, como la cerámica,
algún parentesco con la magia y la imprevisibilidad del resultado,
aunque se produzca a partir de ingredientes fijos y programados:
dos bacalaos al pilpil jamás son exactamente iguales entre
sí, ni dos oreilles à la belle Aurora. En nombre de
un ritual aparentemente inocente, el gourmet convierte en delicadeza
actos de crueldad que puedan extremar la futura sensación
de placer en el paladar. Bastará una breve enumeración
de crueldades normalmente admitidas en cocina: cocer vivos a los
caracoles después de haberlos lavado con agresivos vinagres;
mutilar langostas y echarlas vivas a la olla llena de agua hirviendo;
ahogar pajaritos en vino para que todas sus células se emborrachen,
así como el breve aire que almacenan sus pechos asfixiados.
Hastiado de carnes convencionales, el gourmet se jacta del gusto
fuerte de los animales cazados, no sacrificados, porque la muerte
en huida endurece el músculo y sólo mediante la maceración
posterior las carnes atemorizadas acuerdan un justo punto.
También se glosa la gloria de la matanza del cerdo, acto
bárbaro en el que el nimal es conducido al degüello
mediante un garfio clavado en su hocico, sin que sus alaridos aterrorizados
provoquen otra que la urgencia crispada del matarife, muchas veces
inexperto, amateur.
Brillat-Savarin, padre espiritual de tan bárbaros cultos,
sostenía que el papafigo o becafigo es el más delicioso
de los pájaros. Pero no le extasiaban sus trinos o sus graciosos
ladeamiento de cabeza, si no sus suaves carnes, que proponía
comer sólo apenas saladas y con maneras sumamente expeditivas:
“Pocos saben comer estos pajarillos: he aquí el método,
tal como me ha sido transmitido, confidencialmente, por el canónigo
Charcot, gourmand por estado y gastrónomo perfecto, treinta
años antes de que se conociera su nombre. Tómese por
el pico uno de estos pajarillos gordos y espolvoréese con
un poco de sal; quítesele el buche; métase diestramente
en la boca; muérdase y córtese diestramente con los
dientes muy cerca de los dedos, y mastíquese con rapidez.
Se obtiene así un jugo tan abundante que envuelve todo el
órgano y se obtiene así un plato desconocido por el
vulgo”. Mejor connotación de la miseria y grandeza
de un gourmet, imposible. Complicidad confesional de secta entre
el canónigo y el gastrósofo y conciencia de paladar
exquisito, por encima del vulgo. Excepto el canibalismo y la utilización
del hombre como manjar de bestias, Brillat, y cualquier gourmet,
lo acepta todo. Aquel gran cínico ilustrado reprochó
en su Fisiología del gusto que un gourmet romano, Vadio Polión,
cebara a sus lampreas de vivero con los cuerpos de algunos de sus
esclavos, extremo que le reprochó el emperador Domiciano.
“Debería haberle castigado”, opina, muy humanistamente,
Brillat-Savarin; sin atender a que también las ostras, las
almejas, los mejillones tiene sentido del dolor y que cualquier
buen comedor de marisco se jacta de comerlos vivos”. En cualquier
caso, por lo leído, se me antoja que la cultura burguesa,
de la que proceden los gourmets contemporáneos, jamás
consiguió ni conseguirá crear gourmets tan exhibicionistas
e insoportables como los romanos. No hablemos ya del cretino de
Apicio –tendrá su capítulo--, capaz de guisar
talones de hipopótamos, y limítese mi contenida indignación
a citar a Jean-François Revel, que en Festín en palabras,
cuenta que los gourmets romanos, según testimonio de Juvenal,
“…al primer bocado distinguían una ostra de Circeo
de Ikas de la roca de Lucrina, o de los fondos de Rutupia y eran
capaces de dictaminar, al primer golpe de vista, en qué orilla
había sido capturado un erizo”.
Pero ¿qué es un gourmet? La Real Academia Española
sólo acepta el término gastrónomo y lo define
como “persona aficionada a comer bien”. ¿Mucho?
¿Sanamente? ¿Con buenos modales? En el pasado se utilizaron
términos como gastrofía o gatrósofo, que etimológicamente
quiere decir ciencia del estómago y sabio del estómago.
Un experto en gastronomía como Carlos Delgado en su diccionario
sobre la materia connota mejor que la Real Academia la significación
de gastronomía: “Arte de preparar y apreciar una buena
comida”, cerca del concepto englobador de “anfitrión”
con el que Grimod de La Reynière definía al “organizador”
de una buena comida. El copríncipe de la gastronomía,
junto a Brillat, desdeña el concepto “gastronomía”
y reivindica el de “anfitrión”: “Un especialista
ante todo –matiza Xavier Domingo en su prólogo a Manual
de anfitriones y guía de golosos de Grimod—. A la cabeza
de un pequeño ejército de profesionales a su servicio,
cocineros, maîtres, pinches y mayordomos, posee a la perfección
el arte combinatorio de la comida, da la norma, reúne a la
sociedad y en definitiva mueve todo el tinglado del “circuito
nutritivo” al que aporta hallazgos, añade productos
y reforma constantemente gracias a su comedido afán de novedades
golosas y a su voluntad de que las cosas de la cocina adelanten
y progresen, siempre dentro de un orden, claro está. El anfitrión,
políticamente, pertenece a la rara especie de los “conservadores
progresistas”. Su casa es su centro social, y el centro de
su casa es la cocina y el comedor. Un laboratorio y un gabinete
de trabajo y placer”.
El Larousse gastronomique dice que el gastrónomo
es aquel “…gourmet que sabe analizar sus sensaciones
gustativas”, según la definición clásica
de Simon Arbellot. Pero luego la voz gourmet se convierte en una
nebulosa de negaciones más que de afirmaciones y reduce el
concepto a “experto en degustaciones de vinos y aguardientes”.
Un gourmand en cambio sería originalmente un glotón,
aunque Brillat, al que recurre el Larousse como cita de autoridad,
reaccionara contra esta concepción y la acerca explicativamente
a la definición de gastrónomo que hemos tomado de
Carlos Delgado. Gourmet sería, pues, un experto que aprecia
una buena comida, puede descodificarla y proponer nuevos códigos
de conducta gastronómica. Grimod prefiere emplear la palabra
goloso, no reducida a la acepción castellana de partidario
de los dulces, sino como “…aquel que tiene un gusto
refinado cuyo origen reside en un paladar exquisitamente delicado,
logrado tas una larga experiencia. En él todos los sentidos
deben acoplarse al gusto, pues tiene que saborear los bocados antes
incluso de llevárselos a la boca. Es decir, que mirada debe
ser penetrante, su oíd alerta, su tacto fino y su lengua
hábil. Así el goloso que la Academia nos pinta como
un ser grosero es por el contrario un ser dotado de una extraordinaria
delicadeza y de vigorosa salud.”
Grimod de la Reynière utiliza todos los sentidos
para la operación golosa, pero evidentemente la fisiología
del gusto se basa en el gusto y el olfato, aunque la vista intervenga
como instrumento de propuesta. Brillat-Savarin constata que el sentido
del gusto es tan importante como el genésico o el del amor
físico, el que nos lleva hacia el otro como objeto de deseo
sexual y como pulsión hacia la reproducción. El gusto
nos ayuda a sobrevivir mediante la combinación de la nutrición
y el placer y acaba siendo, tanto en Brillat como en Grimod, la
clave de una filosofía total sobre la vida y el mundo los
otros. Influido por el cientifismo naturalista, Brillat busca los
fundamentos científicos del gusto mediante la descripción
de los órganos que lo hacen posible y cómo se combinan
lengua, cavidad bucal y narices para conseguir el resultado feliz
del paladear y apreciar la textura y el aroma de los alimentos manipulados
por la cultura culinaria. Más fríamente, el científico
Goudot Perrot en Los órganos de los sentidos nos dice que
el gusto se basa en la quimiorreceptividad y la quimioselección
de las sustancias disueltas, divididas en sípidas e insípidas.
Las que nos interesan son las sípidas, y no hay mucho de
donde elegir: ácidas, saladas, dulces, amargas.
Cualquier excelente plato puede explicare meditante la siguiente
jerga: holósidos, heterósidos, halógenos, sulfurados,
alcaloides, etc., etc., y una combinación de pH 2, 63 con
Mg + 2 y Ag + 2 igual sabe como para chuparse los dedos. El lenguaje
científico, cuando deja de ser ambiguo, arruina la poesía;
al fin y al cabo, cualquier alimento se descompone en proteínas,
lípidos y glúcidos; y el ajo, tan presente en la cocina
española, no es otra cosa que una combinación afortunada
de aromas sulfurosos. Sic transit gloria mundi.
Si una aproximación científista a la hora de “comer
bien” te deja por los suelos la moral de gourmet que puedas
conservar, cuando en esta juerga se mete el antropólogo te
hunde en la más negra miseria de las creencias; y si aún
te quedan fuerzas para enfrentarte a una sociología de la
cocina es ya casi in articulo mortis y sólo te queda el recurso
de hacer tuya la máxima de Mika Waltari:
La vida es una
borrachera
y la muerte su resaca.
“En el cuerpo a cuerpo culinario se expresan
miles de cuerpos, mil bocas que tragan, mil anos que excretan, mil
vientres que gruñen y millares de alimentos preparados, socializados,
soñados que nos asaltan de uno a uno, burlándose de
la institución, estallando en lo imaginario alternativa y
simultáneamente.” Socióloga tenía que
ser Noëlle Châtelet para sostener tal visión de
La aventura de comer, en el polo opuesto del anfitrión, el
gourmet, el gourmand, el gastrónomo. Entre el estructuralismo
y el psicologismo, la señora Châtelet ve la cocina
como el vientre de la casa, el lugar donde viene “la cosa
absorbida”, sea el pan con mantequilla o el más complejo
salmis de pato y, en definitiva, “lo absorbido” se limita
a pasar de la “máquina boca” a la “máquina
ano” por una distancia no tan corta como la línea recta,
porque el recorrido se complica en la “máquina intestinal”.
El dilema del comedor actual, arremete cruelmente madame Châtelet,
se centra en elegir entre la obsesión médica por la
maquinaria orgánica y el proceso de identificación
buco-anal, sin que le sirva la síntesis de Feuerbach de que
“el hombre es lo que come”. Tan dramática es
esta tensión, experimentada por el gourmet filósofo,
sobre todo si es estructuralista y respeta a Deleuze, quien sueña
en un sí mismo sin órganos que se opongan al placer
espontáneo de la relación feliz entre la máquina
boca y la máquina ano. ¿Defecar no será, acaso,
la confirmación de que nuestras vidas son los ríos
que van a la mar, que es el morir, metáfora fija en el tratamiento
del ubi sunt de la poesía medieval? Hasta los más
líricos poetas de lo gastronómico, como Curnonsky,
abastecen a madame Châtelet de ejemplos que confirman su tesis.
Se come y al hacerlo se hace el amor e, invirtiendo la relación,
hacer el amor siempre tiene algo de ejercicio caníbal, porque
la boca es un órgano vivo que se rige por su propia conciencia
de avidez, de absorber, como una pulsión original de todo
lo vivo para sobrevivir. La socióloga-antropóloga
nos reserva una sorpresa hispanista para el final de su alucinante
análisis de la operación de comer: “El huevo
nos ha conducido hasta el ojo y el ojo hasta el culo: ahí
tenemos como, de forma inesperada, cerramos el círculo, cerramos
el círculo con el texto ya citado de Quevedo, Gracias y desgracias
del ojo del culo, en el que el culo se compara constantemente con
el sol por el lugar central que ocupa geográficamente y simbólicamente
en la escala corporal ¿No es la prueba que buscábamos?”.
Es una respuesta que sólo la señora Châtelet
está en condiciones de darse a sí misma.
Una reflexión sobre la cocina sólo puede hacerse desde
el desenfado, aunque esta declaración de principios implique
el riesgo de analistas al modo chateleriano que descubran el complejo
de culpa que subyace en todo partidario de la felicidad. Ser partidario
de la felicidad implica un ejercicio de desalienación constante
ejercido incluso contra una excesiva toma de partido en pro de la
felicidad. La gastronomía es un saber gratuito donde los
haya, porque modifica artificialmente la relación saber-necesidad
de la alimentación. Sólo se puede reivindicar desde
un espíritu lúdico que implique la misma toma de posición
gastronómica, y en cuanto el gourmet cae en la tentación
del sectarismo y el dogma, se convierte en un pedante árbitro
de la nada.
Afortunadamente, los comentaristas de la cocina
modernos –y los españoles se incluyen entre ellos—
han rechazado el modelo del gourmet selectivo y dictador, codificador
de conductas, y lo han sustituido por el orientador irónico
que propone un conocimiento cómplice a través del
filtro de la ironía condescendiente con un vicio inocente.
La gravedad sobre el conocimiento gastronómico se la reservan
gourmets advenedizos refugiados en el penúltimo territorio
de singularidad que le queda a la obra única y fugaz, o bien
científicos que desde la antropología o la sociología
convierten la gastronomía, cuando no la simple alimentación,
en la prueba de esquemas cientifistas que tratan de hacer coincidir
con un conocimiento sistemático de la conducta humana, individual
y socialmente. No es que no pueda o no deba realizarse esta aproximación
cientifista, pero, al igual que la aproximación del gourmet,
tiene a ser mutiladora de una relación libre y placentera
con el comer como goce en el que participan el espontaneísmo
y la cultural, el azar ya la necesidad.
El conocimiento antropológico clarifica sobre todo el origen
de la alimentación y sus rituales. El social-histórico
explica la evolución de los usos alimentarios ligados a la
evolución del conocimiento aplicado a la explotación
del medio ambiente considerado como fuente de alimento en relación
con el trabajo humano. Finalmente, el conocimiento estrictamente
gastronómico implica memoria arqueológica de situaciones
gastronómicas reconstruidas con la ayuda de la imaginación
y la propia experiencia del comentarista, convertido en cronista
de un instante de la evolución del gusto. El gourmet es otra
cosa. Es un sacerdote ensimismado, esclavo de la drogadicción
del sabor singular y envilecido a partir del momento en que se socializa,
desde la dimensión del grupo de iniciados hasta la de la
sabiduría convencional de una mesocracia del paladar. Normalizar
el conocimiento gastronómico me parece una tarea menor, pero
por eso me apetece, en un contexto en que todo saber menor se esfuerza
por ponerse tacones postizos que aumenten su estatura. La gastronomía
tiene una lógica histórica y una estructura sociológica
que refleja la sociedad que la contempla.
Contra los gourmets, la búsqueda de un saber normalizado
e irónicamente socializado. Contra los gourmets como aprendices
de teólogo, aunque no sea la suya la única ni la peor
teología que se cierne sobre la operación de comer.