Carvalho
y yo: ¿quien es el asesino?
por Manuel Vázquez Montalbán
einticinco
años de Carvalho. Nació en Yo maté a Kennedy,
1972, como un héroe subnormal a la sombra de mi ensayo Manifiesto
subnormal. Lo editó Planeta porque la censura se lo prohibió
a Seix Barral y la novela fue a parar a los montones de libros de
saldo de El Corte Inglés. En una etílica noche de
1973, Pepe Batlló y Frederic Pagés me tomaron la beoda
palabra: la novela española entronizada era una ilegible
mierda jaleada por los preciosos ridículos de una crítica
con complejo de cosedores del himen de la doncella literaria por
el realismo social, los personajes tardaban 30 páginas en
subir una escalera y era preciso recuperar la inocencia narrativa
de las novelas de guardias y serenos. Es más, añadí,
sin duda bajo la influencia de un whisky desorejado, yo soy capaz
de escribir una de esas novelas en 15 días. Lo hice. Se nota.
Tatuaje parece escrita por el aduanero Rousseau entre cuadro y cuadro.
Veinticinco años después de Yo maté a Kennedy,
Carvalho es un referente convencional en 24 lenguas y hasta lo citan
como habitual de su imaginario quienes no han leído nunca
las novelas que protagoniza. Ha recibido una docena de premios internacionales,
uno de ellos concedidos por Sciascia expresamente a Asesinato en
el Comité Central y El pianista, ex aequo, y alguna parte
tiene Carvalho en el Premio Nacional de las Letras que Vázquez
Montalbán recibiera en 1995. Las novelas de Carvalho, más
allá de la transición española, trazan el viaje
desde la edad de la inocencia de la década de los sesenta
a la edad de todos los empleos precarios y desempleos estables,
esta globalizada edad de la desesperanza. Carvalho se ha metido
en las mejores nostalgias y los más lúcidos nihilismos
y asiste a su edad de plata molesto con el autor que ha prometido
matarlo en el 2000. Es más. Recientemente en Viena, Carvalho
interpretó un monólogo contra Vázquez Montalbán
(Antes de que el milenio nos separe), próximamente representado
por el Teatro de la Abadía, según acuerdo con José
Luis Gómez. Allí Carvalho dice todo lo que piensa
de mí y denuncia cuántas veces se sintió traicionado
por mis instrumentalizaciones. Partidario de la novela necesaria,
aunque sea negra, fucsia o verde, Carvalho exige el reconocimiento
de su contribución a una teoría de la desesperanza
ética, laica final de milenio.
Se sabe un mal protagonista de polar. Pocas novelas policiacas se
niegan a desvelar quién es el asesino porque de hacerlo el
lector se sentiría defraudado porque ha completado el largo
viaje de la lectura sin conseguir la confianza del autor. El lector
trata de saber tanto como el escritor, sea la novela policiaca o
no lo sea, y se puede establecer un paralelismo entre la indagación
de la finalidad del relato con el viaje que los filósofos
griegos presentaban como la base del conocer: partir de las causas
primeras hasta llegar a la causa última y a la vez original,
alezeia, quitarle el velo a la diosa, alezeia, quitarle el conocimiento
del asesino al autor.
La cultura de la ficción, sea literaria o
cinematográfica, ha escogido crear un prototipo de lector
que sólo se conforma si le dan finales totales, preferibles
los felices, pero pasen los infelices si son finales. Nada angustia
tanto como descubrir que en todo fin hay un principio porque el
espectador o el lector normalmente no se autorreconoce preparado
para proseguir la vida, la historia, la nada o la ficción
por su cuenta. El lector de novelas criminales quiere saber quién
es el asesino, por qué y para qué, y muy pocos lectores
aceptan el coitus interruptus por más genial que sea. Escasos
lectores leen desde la fría aceptación de que se han
metido en una realidad convencional construida con palabras y que
por tanto deberían ser lo suficientemente generosos como
para permitir al escritor que jugara con el tiempo y con las sanciones
morales. El lector prefiere lo previsible y recuerdo que la novela
de Agatha Christie que menos entusiasmaba a su público habitual
era la más interesante literariamente, El asesinato de Rogelio
Ackroyd (1926). Alarde técnico, inusual en tía Agatha,
el propio relator en primera persona es el asesino, frustrante evidencia
final para el desorientado lector. El lector le quitaba velos a
la diosa en compañía de un guía que era la
mismísima diosa, la verdad, el asesino, la muerte.
Esta necesidad de saber quién es el asesino no sólo
es fruto de una curiosidad, sino también de una actitud moral:
el crimen merece ser castigado. En la historia del relato criminal
abundan los finales ejemplares de asesinos impresentables y ha sido
la mejor novela negra contemporánea la que se ha atrevido
a proponer la ambigüedad del mal y del bien como perversa unidad
de contrarios. Incluso novelistas a lo negro hay que no castigan
al asesino. Ayudan al lector a desvelarlo, pero una vez desnuda
la verdad no aparece la policía, ni el señor juez
para imponer el peso de la ley. A esta raza pertenece Carvalho,
emparedado por la doble verdad, la doble moral, la doble contabilidad
de la política delincuente o del delito politizable. Yo,
es decir, Carvalho, jamás ha entregado un criminal a la policía
o a la justicia. No pertenece a la deontología de un detective
privado el sancionar con el aparato represivo por delante, pero
es que además, puesto que estamos hablando de literatura,
todo escritor sabe que el verdadero asesino de su novela es él
mismo. El escritor es la chica del bar y el amante de la chica del
bar, el gánster y el policía, el homosexual y el fascista,
el marxista y el heterosexual, la víctima y el asesino. He
tratado de convertir esta evidencia en la alezeia fundamental de
mi hasta ahora última novela de Carvalho, El premio. Con
la referencia mítica de ouroboros, la serpiente que se muerde
la cola, el asesino de mi novela es el escritor. Es decir, yo. Y
si no soy detenido en las horas que siguen a esta revelación
es que ya no puedes fiarte ni de la literatura.