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este texto presentó Vargas Llosa una exposición
de su compatriota y amigo, el gran pintor Fernando
de Szyszlo, en la galería Astrolabio de
Lima, allá por 1976. |
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SZYSZLO: El movimiento y el cambio
Por Mario Vargas Llosa
Quizá no haya mejor definición de la vida
que llamarla movimiento y elogio más grande de un
artista que decir de él que está completamente
vivo como creador, que su obra es un continuo cambio. El
movimiento, el cambio, son actitudes que han gobernado siempre
el quehacer artístico de Szyszlo, pero, además,
en su última exposición -la docena de dibujos
que ha presentado en Astrolabio- ambas cosas son también
el tema de su trabajo.
Lo más novedosos de estos dibujos a carbón,
tinta o pastel no es que en algunos de ellos cristalicen
motivos figurativos, pues en la pintura abstracta de Szyszlo
ellos habían estado casi siempre insinuados, presentidos
(y, una vez, hace cinco años, irrumpieron explícitamente
en forma de bandadas de pájaros), sino más
bien la índole de las imágenes que las cartulinas
plasman. Algunas son estudios de palomas en vuelo, intentos
para sorprender, capturar, eternizar en líneas y
sombras la gracia y la armonía, el secreto y la felicidad
de ese espectáculo sin par: un ave que rasga los
aires. Hecho nimio y banal, experiencia infinitamente repetida
y observada hasta el cansancio por todos, es suficiente,
sin embargo, que el trazo de una mano inteligente y con
oficio lo registre y lo aísle en el breve rectángulo
blanco, para que ese átomo insignificante de realidad,
el vuelo de una paloma, se convierta en insondable misterio,
en prodigio flagrante.
Junto a la creación de seres 'fidedignos', estos
ejercicios de corte clásico, aparecen sus antípodas:
desfiguraciones radicales de la realidad, híbridos
en los que objetos y seres venidos de la vida se mezclan
y descomponen al compás exclusivo de la imaginación.
O, más bien, del deseo, pues se trata de obras donde
el elemento erótico es visible. Todos estos dibujos
son variantes de un mismo fenómenos: la metamorfosis.
Y en todos ellos, como desinencia o placenta; elemento de
base invariable de la composición, está ese
antiguo motivo de Szyszlo: la forma pétrea -tótem,
ídolo, túmulo, estela- en torno a la cual
se organizan hace años sus cuadros. Esta vez, en
algunos de esos dibujos, a esa figura le brotan, como a
las estatuas del célebre poema de Rubén Darío,
patas de chivo y senos de mujer. Insinuaciones femeninas
caldean y sensualizan a la piedra, la tornan objeto erógeno,
motivo y fuente de placer. A la vez, en estos mismos dibujos
reaparece, mezclado a aquellos elementos, otro viejo habitante
de la mitología privada del pintor: el ave. No se
trata aquí, sin embargo, de esos detalles alusivos
-la pluma, la garra, el espolón, el pico- de sus
cuadros, emparentados con los pájaros de la textilería
o la alfarería prehispánica -es decir, el
ave del arte y de la historia, del sueño y del folklore-,
sino del ave de la vida y la vigilia, al que vemos muriendo,
deshaciéndose, confundiéndose con la piedra,
la que se convierte de este modo en ara de sacrificio, escenario
de un sangriento ceremonial de ofrenda.
La lúgubre teoría de Sade y de Bataille de
que el erotismo es inseparable de la muerte, que el deseo
amoroso, esa manifestación plena de la vida, alberga
en sí mismo su negación, porque, desplegado
en libertad hasta sus últimas consecuencias, es siempre
violencia que exige la destrucción y muerte del objeto
deseado, está convertida en alegoría en estos
dibujos de Szyszlo. En el tótem ancestral se conjugan
-se hacen un solo ser sin dejar de ser siempre cosas distintas-
el deseo, materializado en unos pechos restallantes, en
unas turgencias de mujer, y la muerte, presente en esos
cadáveres de pájaros, formas que se adivinan
recién sacrificadas, aún tibias. El amor y
la muerte: una representación de los dos extremos
en que oscila la vida de un hombre. Si en casi toda pintura,
formal o informal, de retaguardia o de vanguardia, hay un
elemento teatral, el diálogo risueño o trágico,
dentro de un espacio fatídico (por infranqueable)
de seres convocados allí por una voluntad soberana
y exterior para comunicar algo, en estos dibujos de Szyszlo
ellos es particularmente evidente. Ese diálogo, en
este caso, que mudamente entablen esas figuras cuyas fronteras
se pierden unas en otras, tiene como asunto preocupaciones
centrales de la experiencia humana: el apetito de goce y
la conciencia de la extinción, la urgencia del deseo
y el presentimiento de la muerte.
Hay, claro está, muchas clases de movimiento e infinitas
posibilidades de cambio. El de Szyszlo es el movimiento
en el sitio y el cambio hacia adentro. Es decir, un movimiento
que no lo aparta de ciertas raíces esenciales y nutricias,
que permite a su pintura progresar sólo hacia arriba,
y un cambio que significa un explorar y penetral más
visceralmente ese padazo de realidad donde su arte se asienta,
del que extrae sus motivos, sus símbolos, su locura
y su fuerza. Una pintura, en suma, que como un árbol
o un hombre, madura, crece, se mueve y es todo el tiempo
otra sin dejar de sre siempre la misma.

[Julio de 1976]