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pasado 40 años desde que un joven Mario
Vargas Llosa empezara a sentir finalmente
que se convertía en escritor. Como
recordaba Iñaki Gabilondo durante el
diálogo que mantuvieron escritor y
periodista la noche del lunes 27 en la Casa
de América, por ese entonces el autor
peruano ya había escrito un libro de
relatos ('Los jefes') que le granjeó
el Premio Leopoldo Alas y alguna obra de teatro
('La huída del Inca') representada
con éxito en su país, pero no
sería sino hasta la escritura y publicación
de su primera novela 'La ciudad y los perros'
(Seix Barral, 1963) que Vargas Llosa empezase
a ver hecho realidad su sueño de ser
escritor. "Yo no soñé jamás
con lo que le ocurriría a la novela,
la publicación en la España
franquista, la traducción a decenas
de idiomas, todo labor de Carlos Barral, a
quien estaré siempre agradecido por
todo lo que hizo por esa novela y mi obra
en general". Desde que la novela estuvo
terminada y hasta que le fuera otorgado el
premio Biblioteca Breve de la editorial Seix
Barral, debieron pasar dos años, años
de rechazo por parte de otras editoriales,
que le hicieron dudar al autor de la calidad
de la novela. "Yo ya estaba embarcado
en otra novela y en vista de que a este libro
le iba tan mal con los editores tenía
la impresión de que quizá no
había salido bien".
'La ciudad y los perros' empezó a
escribirse en una tasca madrileña de
nombre El Jute, cercana al Retiro, justo en
la esquina de la casa del joven estudiante
de doctorado que por el año 58 era
Vargas Llosa. Iñaki Gabilondo le recuerda
que por esas fechas el Real Madrid había
fichado a Puskas y el Papa Pío XII
había muerto. "No lo recordaba
-responde Vargas Llosa mirando a las 800 personas
que atiborraban el auditorio-. Lo que sí
recuerdo es a un camarero bizco que atendía
la tasca y me ponía muy nervioso. Me
veía escribiendo en un rincón
y de tanto en tanto se acercaba para preguntarme:
¿Cómo va eso, cómo va
eso?".
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El germen de la novela que probablemente
abrió las puertas de España
a toda una nueva hornada de narrativa latinoamericana,
empezó a gestarse ya en los años
de adolescente que el escritor pasó
en el colegio militar Leoncio Prado. "Esa
ha sido mi manera de escribir desde el principio,
he escrito sobre determinados temas porque
me han ocurrido ciertas cosas. En algunos
casos he sido muy consciente mientras vivía
la experiencia, como en el Leoncio Prado,
de que tenía ahí un material
maravilloso para fantasear una historia partiendo
de él. Desde el comienzo yo pensé
que ese era un material, un punto de partida".
"Soy un escritor realista. Me gusta fingir
la realidad, así como a los escritores
fantásticos les gusta fingir la pura
fantasía, lo puramente imaginario.
Yo tengo esa tendencia natural a escribir
historias que simulan ser la realidad. Mi
punto se partida siempre es la realidad, y
quizá eso lo descubrí en la
experiencia de escribir La ciudad y los perros.
Utilicé mucho material autobiográfico,
pero de una manera muy libre, reelaborándolo,
transformándolo, y además añadiéndole
constantemente invenciones, personajes y situaciones
ficticios, incluso anécdotas que yo
recordaba al pasar a la novela inevitablemente
se fueron transformando, lo mismo que personajes
que tenían modelos vivos fueron convirtiéndose
en híbridos".
Gabilondo pregunta acerca del Leoncio Prado:
"Pero el colegio que todos los lectores
hemos incorporado a nuestro imaginario sentimental,
ese lugar avejentado, con el mar muy cerca
y ese olor a salitre, ¿es así?"
"Eso sí, el colegio está
en un antiguo balneario en Lima, tiene el
mar a los pies y recibe ese aire salino que
vuelve herrumbre todo lo que toca, se respira
una atmósfera llena de agua. Los meses
de colegio son precisamente los meses de cielo
encapotado, de neblina, de esa atmósfera
blancuzca que sorprendió tanto a Melville
cuando paró en Lima y le hizo decir
que era una ciudad de fantasmas porque todo
era fantasmal, hasta las personas. Desde luego
en el colegio militar, en esa zona de Lima,
muchos meses del invierno uno tenía
la sensación de no sólo estar
en una ciudad de fantasmas sino de ser un
fantasma uno mismo" responde Vargas Llosa.
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Ya en 'La ciudad y los perros' se encuentra
una de las obsesiones que acompañará
gran parte de la obra de Vargas Llosa: su
rechazo hacia cualquier autoritarismo, del
cual dice haber salido vacunado de el colegio.
"Creo que entre mi padre y el colegio
militar hicieron de mi un alérgico
visceral a toda forma de autoritarismo, desde
esa juventud, esa niñez casi, donde
viví el autoritarismo en carne propia,
lo odié. Y a lo largo de mi vida ese
sentimiento se ha acrecentado sistemáticamente.
Esa forma de relación que consiste
en imponer mediante la fuerza, mediante el
poder que da la autoridad, una manera de actuar,
una manera de creer, es algo contra lo que
yo me he revelado siempre. Creo que el origen
está en esa relación dificilísima
que tuve con mi padre y en lo que fue sentir
esa autoridad impuesta con brutalidad en mis
años de cadete".
Vargas Llosa también agradece a sus
años de cadete en el Leoncio Prado
el haber podido ver muy de cerca la diversidad
y complejidad de la sociedad peruana y recuerda
cómo todos los prejuicios raciales
y sociales de que adolecía ésta
se veían trasladados a la vida del
colegio. "Había un clima de prejuicios
muy fuertes que estropeaban tremendamente
las relaciones entre nosotros, exactamente
igual como ocurría en la sociedad peruana,
sólo que quizá en el resto de
la sociedad estuviera más tamizado
por las distancias que se establecían
entre las razas y las clases por razones económicas.
En el colegio no, todos éramos iguales,
y una de las cosas que nos diferenciaba era
el color de la piel, y eso creaba, incluso
en el lenguaje y los apodos que se utilizaba,
muy claramente una representación de
ese mundo tan prejuiciado y racista".
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