| "Los
pioneros sionistas(...) no sólo querían
construir un país, crear una sociedad
segura, libre y decente para un pueblo perseguido.
Soñaban también con trabajar
hombro a hombro con sus vecinos árabes
para derrotar a la pobreza y emprender, juntos,
en la amistad, con todos los pueblos de esta
región, la más rica en dioses,
religiones y vida espiritual que haya conocido
la civilización humana, la lucha por
la justicia y la modernidad. En la convulsionada
etapa que ha vivido Israel desde su independencia,
este aspecto del sueño quedó
disuelto entre los nubarrones de la confrontación
y la violencia. Pero, ahora, en la difícil
aurora de la paz, aquella noble ambición
vuelve a asomar, por detrás de los
montes de Edom, en ese cielo límpido
que desconcierta tanto al forastero que llega
por primera vez a Jerusalén y siente,
ante la luminosidad que lo recibe, en la delicadeza
translúcida que baja desde lo alto,
una sensación extraña, como
el roce de alas invisibles que sentimos al
contacto de la gran poesía".
Fragmento del discurso que
pronunció Mario Vargas Llosa al ser
galardonado con el Premio Jerusalén
de Literatura en marzo de 1995.
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