| "Esas
gentes, y los millones que, como ellas, desde
todos los rincones del mundo donde hay hambre,
desempleo, opresión y violencia cruzan
clandestinamente las fronteras de los países
prósperos, pacíficos y con oportunidades,
violan la ley, sin duda, pero ejercitan un
derecho natural o moral que ninguna norma
jurídica o reglamento debería
tratar de sofocar: el derecho a la vida, a
la supervivencia, a escapar de la condición
infernal a que los gobiernos bárbaros
enquistados en medio planeta condenan a sus
pueblos. Si las consideraciones éticas
tuvieran el menor efecto persuasivo, esas
mujeres y hombres heroicos que cruzan el estrecho
de Gibraltar o los cayos de la Florida o las
barreras electrificadas de Tijuana o los muelles
de Marsella en busca de trabajo, libertad
y futuro, deberían ser recibidos con
los brazos abiertos. Pero, como los argumentos
que apelan a la solidaridad humana no conmueven
a nadie, tal vez resulte más eficaz
este otro, práctico. Mejor aceptar
la inmigración, aunque sea a regañadientes,
porque, bienvenida o malvenida, como muestran
los dos ejemplos con que comencé este
artículo, a ella no hay manera de pararla".
"Los inmigrantes",
en "El lenguaje de la pasión",
Aguilar, 2001, p. 146.
|