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grandeza de Gatsby no es aquella que le atribuye
el generoso Nick Carraway -ser mejor que todos
los ricos de viejos apellidos que lo desprecian-
sino estar dotado de algo de lo que éstos
carecen: la aptitud para confundir sus deseos
con la realidad, la vida soñada con
la vida vivida, algo que lo incorpora a un
ilustre linaje literario y lo convierte en
suma y cifra de lo que es la ficción.
Por su manera de encarar la realidad, huyendo
de ella hacia una realidad aparte, hecha de
fantasía, y tratando luego de sustituir
la auténtica vida por este hechizo
privado, Jay Gatsby no es un hombre de carne
y hueso, sino literatura pura"
"La verdad de las mentiras",
Alfaguara, 2002, p. 91.
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