
Hoy
no están de moda los juicios literarios, “la
crítica”. La gente se interesa más por otra
clase de análisis, pero algún día comprenderán
el error. Pues con las obras de arte acontece más o menos
como con las mujeres: cuando se inventa un modelo, un sex-symbol, la
calle se llena de Gretas Garbo o de Marylines. Y se cae en el
disparate de compararlas a todas con esos arquetipos. Pero cuando
decimos que algunas es fea, en realidad no la comparamos con
nadie, sino con ella misma, con lo que pudo ser sin dejar
de ser la que es. Cada persona lleva consigo la imagen de
su propia perfección: a las novelas les sucede lo mismo.
Este excurso me apartó de mi tema. Sucedió que Los
gozos y las sombras me dejaron fatigado de realismo, y
presté atención,
hasta llegar a escribirlo, a otro asunto que me traía preocupado desde
algunos años atrás, el de Don Juan. Me hallé en él
a mis anchas, y más en mi terreno; comprendí que al no excluir
la fantasía, las posibilidades del despliegue imaginativo eran mayores.
Cuando me puse a escribir Don Juan, las dificultades de su concepción
las había superado, pero no las técnicas, que eran muchas. Por
aquellos años se hablaba de la técnica, se intentaba convertirla
en un valor sustantivo y, lo que es peor, visible. Mi criterio fue entonces,
y sigue siéndolo, justamente el opuesto. Don Juan me fue saliendo.
Su manuscrito me lo admitió, sin discusión, José Vergés:
iniciamos con él nuestra colaboración. Ya dije antes que su venta
no fue afortunada. Tampoco tuvo suerte crítica. Yo no me explicaba por
qué determinadas personas, de cuyo criterio esperaba una comprensión
mayor, permanecieron indiferentes. Este fracaso me afectó con más
fuerza que los anteriores: me desanimó, me hizo desistir definitivamente
de la literatura. Y así habría sido si mi huida a Norteamérica
no me hubiera ayudado a recobrarme. Volvía al realismo, a “otro realismo” con Off-side, un
nuevo fracaso, que, como me cogió lejos, no llegó a afectarme tanto.
Y comenzó el proceso de La saga/fuga de J. B., que consistió,
ante todo, en una vuelta a mi primer camino, más experimentado y más
informado ya que en 1937. Un crítico dijo que esta novela fue el resultado
de un curso sobre Cervantes y de una frecuentación de Bach.
Es cierto, pero creo que es algo más que eso. Ante todo, un
esfuerzo intelectual e imaginativo prolongado, y en ocasiones doloroso,
del que salí seguro de mí mismo y dispuesto a medirme
con quien fuera. |
Lecturas
parciales, conversaciones aledañas, ayudaron a esa seguridad.
Nunca creí que llegase a ser una obra popular (su naturaleza,
sus dificultades intrínsecas, lo impiden), pero sí que
no caería en el vacío como las anteriores. Mi propósito
inicial no era contar una historia, sino inventar un mundo que se
bastase a sí mismo, que es, según creo, lo que debe
ser una novela (no existe un concepto único de “mundo”).
Supone, técnicamente, el abandono del procedimiento “presentativo” por
el “narrativo” (véase Ortega), la búsqueda y el
hallazgo de una técnica que me permitiese conjugar materiales
tan abundantes y tan distintos (me refiero al procedimiento constructivo),
y, al mismo tiempo, introducir en el relato, de manera indirecta —es
decir, metafórica y alusiva—, determinadas preocupaciones
de orden intelectual, ante todo la de dar un “sentido”,
además de una coherencia, a la totalidad de los materiales
y a sus significaciones. Un sentido no sólo “interior” a
la obra misma, sino de tal manera inserto en ella que, por él
y gracias a él mi epopeya (yo la consideraba así:
por eso la titulé saga), se relacionaba con el mundo del
que había salido y al que pertenecía: el mío
y el de todos.
Después vinieron Fragmentos de Apocalipsis y La Isla de los
Jacintos Cortados. Durante su concepción y redacción se repitieron
circunstancias ya descritas. Son nuevas visiones de mis temas de siempre: el
amor, el poder, el mito, con alguna novedad, como mi fe en el poder de la palabra
como fundamento, como sustentación de realidades imaginarias, fuesen o
no fantásticas; de donde deduje la inutilidad del “realismo”,
puesto que, cualquiera que sea la dependencia de lo narrado con la realidad,
(la imaginación sólo opera sobre experiencias vivas) y su mayor
o menor proximidad, lo narrado o descrito sólo subsiste por la palabra, y, cualquiera
que sea su naturaleza, pertenece a la realidad de lo poético. Ése
es el sentido de Fragmentos de Apocalipsis.
Con Dafne y ensueños intenté reconstruir mi infancia y
parte de mi adolescencia en dos de sus varias dimensiones: las realidades y los
ensueños. Lo hice de tal manera que pudiera servir al mismo tiempo de
clave de mi obra literaria, que en aquel momento consideré completa. No estaba
completo yo, ni lo estoy, al parecer, todavía. Escribí y di a la
estampa novelas cuyos materiales, más o menos pensados ya, o acaso iniciada
su redacción, habían quedado marginados. Quizá nos lleve el viento al infinito fue la primera
de ellas.
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Tampoco
sus temas eran nuevos ni sus fuentes. Por una parte, el “autómata” lo
había usado como personaje dos veces, que recuerde: en El
casamiento engañoso (1939) y en Fragmentos de
Apocalipsis. Aquí, en Quizá nos lleve
el viento..., se utilizaba en su versión más
moderna del robot, pero un tipo de robots que sólo han
soñado los escritores, bastante vinculados los míos
a Galatea, la de la estatua (mito de Pigmalión) y a las
metamorfosis de Zeus. Poca gente lo vio así, y es una
lástima. Se interpretó esta novela como de ciencia-ficción:
ficción, sí; ciencia, poca. Es de las más
poéticas de las mías, y respondió a mi antigua
y nada original inquietud por la humanización de los autómatas.
Me salió menos humorística que otras, aunque no
del todo alejada de la ironía. Se observa en ella la preocupación
por la historia que reaparece en La rosa de los vientos, ésta
con más humor y al menos tanto lirismo: diversión
de un profesor que, en algunos aspectos, se asemeja a ciertos
momentos de La Isla de los Jacintos Cortados. Insiste, última
vez hasta ahora, en el hombre poderoso, aunque como
caricatura de uno o de varios personajes reales, tenidos todos
en cuenta; pero, al revés de mi tratamiento del tema en Fragmentos... y
en La Isla..., donde se indaga sobre lo que como
ser (aparte lo psicológico, lo moral y lo social)
es el tirano, aquí en La rosa..., permanecí voluntariamente
en lo anecdótico, en lo pintoresco y en lo fantástico.
Cosa bastante rara en mis novelas, ésta, enteramente caprichosa,
está montada sobre una documentación seria y conocida,
aunque no fácil de averiguar por el lector ni, a lo que
parece, por los críticos al uso. Hay frases en el libro
tomadas de las Memorias de Bismarck, y acontecimientos contados
por los hermanos Goncourt, entre otros; a pesar de lo cual no
me atrevo a clasificarla como novela histórica.
Escribí algunas narraciones cortas. Hay quien prefiere Farruquiño (1954).
Yo me quedo con El cuento de Sirena. Figuran en Las sombras recobradas (1979).
Otras, más breves, andan perdidas por revistas antiguas, por páginas
literarias de periódicos, yo que sé por dónde más.
No he perdido la esperanza de recopilarlas. No es que su valor sea extraordinario,
pero servirán al menos de testimonio que aportar al hecho de que, cuando
por estas tierras parecía averiada la aguja de marear, algunos escritores
sabían lo que querían y el modo de expresarlo. Los otros eran Cunqueiro
y Cela; poco después, Delibes. G.T.B.
Torrente Ballester, Gonzalo. - Nota autobiográfica,
en: Anthropos, 1986, 66-67 (extr. 9). - pp. 19-21 |