Gonzalo Torrente Ballester
   
GTB
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Biografía
1910-1939
1940-1979
1980-1999
GTB por GTB
Nota autobiográfica (1986)
Currículum, en cierto modo (1981)
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1910 - 1939. Años de Formación

Hoy no están de moda los juicios literarios, “la crítica”. La gente se interesa más por otra clase de análisis, pero algún día comprenderán el error. Pues con las obras de arte acontece más o menos como con las mujeres: cuando se inventa un modelo, un sex-symbol, la calle se llena de Gretas Garbo o de Marylines. Y se cae en el disparate de compararlas a todas con esos arquetipos. Pero cuando decimos que algunas es fea, en realidad no la comparamos con nadie, sino con ella misma, con lo que pudo ser sin dejar de ser la que es. Cada persona lleva consigo la imagen de su propia perfección: a las novelas les sucede lo mismo.

Este excurso me apartó de mi tema. Sucedió que Los gozos y las sombras me dejaron fatigado de realismo, y presté atención, hasta llegar a escribirlo, a otro asunto que me traía preocupado desde algunos años atrás, el de Don Juan. Me hallé en él a mis anchas, y más en mi terreno; comprendí que al no excluir la fantasía, las posibilidades del despliegue imaginativo eran mayores. Cuando me puse a escribir Don Juan, las dificultades de su concepción las había superado, pero no las técnicas, que eran muchas. Por aquellos años se hablaba de la técnica, se intentaba convertirla en un valor sustantivo y, lo que es peor, visible. Mi criterio fue entonces, y sigue siéndolo, justamente el opuesto. Don Juan me fue saliendo. Su manuscrito me lo admitió, sin discusión, José Vergés: iniciamos con él nuestra colaboración. Ya dije antes que su venta no fue afortunada. Tampoco tuvo suerte crítica. Yo no me explicaba por qué determinadas personas, de cuyo criterio esperaba una comprensión mayor, permanecieron indiferentes. Este fracaso me afectó con más fuerza que los anteriores: me desanimó, me hizo desistir definitivamente de la literatura. Y así habría sido si mi huida a Norteamérica no me hubiera ayudado a recobrarme. Volvía al realismo, a “otro realismo” con Off-side, un nuevo fracaso, que, como me cogió lejos, no llegó a afectarme tanto. Y comenzó el proceso de La saga/fuga de J. B., que consistió, ante todo, en una vuelta a mi primer camino, más experimentado y más informado ya que en 1937. Un crítico dijo que esta novela fue el resultado de un curso sobre Cervantes y de una frecuentación de Bach.

Es cierto, pero creo que es algo más que eso. Ante todo, un esfuerzo intelectual e imaginativo prolongado, y en ocasiones doloroso, del que salí seguro de mí mismo y dispuesto a medirme con quien fuera.

Lecturas parciales, conversaciones aledañas, ayudaron a esa seguridad. Nunca creí que llegase a ser una obra popular (su naturaleza, sus dificultades intrínsecas, lo impiden), pero sí que no caería en el vacío como las anteriores. Mi propósito inicial no era contar una historia, sino inventar un mundo que se bastase a sí mismo, que es, según creo, lo que debe ser una novela (no existe un concepto único de “mundo”). Supone, técnicamente, el abandono del procedimiento “presentativo” por el “narrativo” (véase Ortega), la búsqueda y el hallazgo de una técnica que me permitiese conjugar materiales tan abundantes y tan distintos (me refiero al procedimiento constructivo), y, al mismo tiempo, introducir en el relato, de manera indirecta —es decir, metafórica y alusiva—, determinadas preocupaciones de orden intelectual, ante todo la de dar un “sentido”, además de una coherencia, a la totalidad de los materiales y a sus significaciones. Un sentido no sólo “interior” a la obra misma, sino de tal manera inserto en ella que, por él y gracias a él mi epopeya (yo la consideraba así: por eso la titulé saga), se relacionaba con el mundo del que había salido y al que pertenecía: el mío y el de todos.

Después vinieron Fragmentos de Apocalipsis y La Isla de los Jacintos Cortados. Durante su concepción y redacción se repitieron circunstancias ya descritas. Son nuevas visiones de mis temas de siempre: el amor, el poder, el mito, con alguna novedad, como mi fe en el poder de la palabra como fundamento, como sustentación de realidades imaginarias, fuesen o no fantásticas; de donde deduje la inutilidad del “realismo”, puesto que, cualquiera que sea la dependencia de lo narrado con la realidad, (la imaginación sólo opera sobre experiencias vivas) y su mayor o menor proximidad, lo narrado o descrito sólo subsiste por la palabra, y, cualquiera que sea su naturaleza, pertenece a la realidad de lo poético. Ése es el sentido de Fragmentos de Apocalipsis.

Con Dafne y ensueños intenté reconstruir mi infancia y parte de mi adolescencia en dos de sus varias dimensiones: las realidades y los ensueños. Lo hice de tal manera que pudiera servir al mismo tiempo de clave de mi obra literaria, que en aquel momento consideré completa. No estaba completo yo, ni lo estoy, al parecer, todavía. Escribí y di a la estampa novelas cuyos materiales, más o menos pensados ya, o acaso iniciada su redacción, habían quedado marginados. Quizá nos lleve el viento al infinito fue la primera de ellas.

Tampoco sus temas eran nuevos ni sus fuentes. Por una parte, el “autómata” lo había usado como personaje dos veces, que recuerde: en El casamiento engañoso (1939) y en Fragmentos de Apocalipsis. Aquí, en Quizá nos lleve el viento..., se utilizaba en su versión más moderna del robot, pero un tipo de robots que sólo han soñado los escritores, bastante vinculados los míos a Galatea, la de la estatua (mito de Pigmalión) y a las metamorfosis de Zeus. Poca gente lo vio así, y es una lástima. Se interpretó esta novela como de ciencia-ficción: ficción, sí; ciencia, poca. Es de las más poéticas de las mías, y respondió a mi antigua y nada original inquietud por la humanización de los autómatas. Me salió menos humorística que otras, aunque no del todo alejada de la ironía. Se observa en ella la preocupación por la historia que reaparece en La rosa de los vientos, ésta con más humor y al menos tanto lirismo: diversión de un profesor que, en algunos aspectos, se asemeja a ciertos momentos de La Isla de los Jacintos Cortados. Insiste, última vez hasta ahora, en el hombre poderoso, aunque como caricatura de uno o de varios personajes reales, tenidos todos en cuenta; pero, al revés de mi tratamiento del tema en Fragmentos... y en La Isla..., donde se indaga sobre lo que como ser (aparte lo psicológico, lo moral y lo social) es el tirano, aquí en La rosa..., permanecí voluntariamente en lo anecdótico, en lo pintoresco y en lo fantástico. Cosa bastante rara en mis novelas, ésta, enteramente caprichosa, está montada sobre una documentación seria y conocida, aunque no fácil de averiguar por el lector ni, a lo que parece, por los críticos al uso. Hay frases en el libro tomadas de las Memorias de Bismarck, y acontecimientos contados por los hermanos Goncourt, entre otros; a pesar de lo cual no me atrevo a clasificarla como novela histórica.

Escribí algunas narraciones cortas. Hay quien prefiere Farruquiño (1954). Yo me quedo con El cuento de Sirena. Figuran en Las sombras recobradas (1979). Otras, más breves, andan perdidas por revistas antiguas, por páginas literarias de periódicos, yo que sé por dónde más. No he perdido la esperanza de recopilarlas. No es que su valor sea extraordinario, pero servirán al menos de testimonio que aportar al hecho de que, cuando por estas tierras parecía averiada la aguja de marear, algunos escritores sabían lo que querían y el modo de expresarlo. Los otros eran Cunqueiro y Cela; poco después, Delibes. G.T.B.

Torrente Ballester, Gonzalo. - Nota autobiográfica, en: Anthropos, 1986, 66-67 (extr. 9). - pp. 19-21

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