El
que escribe sobre sí mismo corre el riesgo, prácticamente
inevitable, de equivocarse, aunque también sea cierto que
el escribe sobre otro se equivoca sin remedio. No entiendo, sin
embargo, que esto valga como pretexto para dejar de escribir. Pero
conviene tenerlo en cuenta y no hacerse excesivas ilusiones.
Si ahora voy a escribir sobre mí, no lo hago de motu proprio, como
suele decirse, sino porque alguien me lo solicita. No será un esquema
de autobiografía, ¡Dios me libre de semejante atrevimiento!, sino
todo lo más un vistazo a mi pasado de escritor, reducido a él,
y sin salirme del necesario esquematismo.
A este respecto estimo interesante recordar que si el destino de los hombres
se fragua durante su infancia, y que resulta de su choque con los azares, no
hay duda de que mi carrera de escritor se fraguó antes mismo de iniciarse,
en esos primeros años en que viví metido en un mundo de fantasías
y realidades difícilmente discernibles, y que intenté recordar
en mi libro Dafne y ensueños. Dos de esos azares vinieron a completar
mi bagaje y, sobre todo, a aclararlo (en la medida de lo posible). El primero,
mi encuentro, en 1927, con lo que aquí se llama el “superrealismo”;
el segundo, cinco años más tarde, mi lectura de los ensayos de
E. A. Poe. Si el “superrealismo” me permitió entender que mi
orientación hacia la fantasía no iba descaminada, en Poe hallé justificaciones
más que suficientes para mi tendencia paralela al racionalismo. Eran dos
modos de situarse ante la realidad prácticamente irreductibles, que yo
jamás me preocupé de conciliar. Vivos y opuestos, unas veces en
paz y otras en guerra, me acompañaban desde que tengo memoria, y a su
luz habrá que entenderme, si alguien desea hacerlo. A su luz intenté a
veces entenderme yo mismo, sin que pueda afirmar que lo haya logrado del todo.
Mi primera obra publicada, El viaje del joven Tobías (1938), es
la consecuencia inicial de semejante contienda. Intenté con ella encerrar
en un cuadro geométrico –o, más ampliamente, matemático– unos
materiales fantásticos razonablemente acompañados de su miajita
de magia, de una buena dosis de lirismo y del inevitable humor en su versión
intelectual. Lo que en aquella experiencia me falló, fueron las palabras.
Había elegido malos maestros, y preferí el rebuscamiento a la sencillez.
No dejo de lamentarlo.
Sin embargo, en el Joven Tobías se pueden descubrir
los gérmenes de mi actitud posterior, al menos en buena parte. |
No
por entero, ya que a los veintisiete años mi experiencia
de la realidad apenas había crecido.
Así,
por ejemplo, a pesar de que “el poder” haya sido una
de las realidades más evidentes por aquellos años
de dictaduras, necesité de la guerra civil española
entera, y de todo lo que siguió, para percibirlo como tal
realidad, y no precisamente ocasional, cosa de aquellos años
y de aquellas circunstancias, sino permanente a lo largo de la
historia, como un paso o un ansia que el hombre lleva y no pierde.
Coetáneo fue mi descubrimiento del “mito” como
otra realidad operante, en cierto modo complementaria, y con frecuencia
opresora, por cuanto suele ir en buena connivencia con el poder,
mezclado a él, formando una misma, indivisible, realidad.
Comencé a
brujulearme entre estas experiencias, comencé a vislumbrar
sus posibilidades literarias, a partir de 1940. Con excepción
de Javier Mariño, novela fuera de programa, y,
en cierto modo, experimental, todas mis obras de aquellos años
dan vueltas sobre lo mismo: Lope de Aguirre y República
Barataria, Guadalupe Limón y El retorno de Ulises. Poca
gente debía de coincidir con mis preocupaciones, a juzgar
por los escasos lectores que alcanzaron estas obras.
Fue también por este tiempo cuando me di cuenta de la significación
de Napoleón y su carácter de símbolo de aquello mismo que
me preocupaba, si bien Napoleón no era una novedad para mí en otro
orden de cosas. Su nombre y su figura constan entre mis más antiguos recuerdos;
mis estudios de historia insistieron en él como tema preferido, o al menos
entre el escaso repertorio de los que más me interesaron. Aunque lo haya
nombrado antes alguna vez, no hice de él materia poética
hasta Atardecer
en Longwood, escrita y publicada en 1950. No es, curiosamente,
una pieza en la que se traiga a Napoleón en cuanto mito, en cuanto ejercitante máximo
del poder político; menos aún como generador de todo un período de la historia europea contemporánea (un período que todavía dura).
Me interesó, entonces, un momento preciso de su vida, y a esto fue a lo
que intenté dar forma dramática.
En mi obra no es fácil hallar referencias inmediatas al transcurso de
los hechos “actuales”, quizá con la excepción
de Off-side. Esto
no quiere decir que no haya sido sensible a ellos y que no hayan
repercutido en mi conciencia.
A mi modo, Ifigenia y La princesa durmiente va a la
escuela son mis respuestas a la situación posterior
a la segunda guerra mundial. De ahí su pesimismo.
|
Cierta
vez me preguntó el profesor Colin Smith por qué había
dado a La durmiente un final trágico: creo haberle
respondido que, por entonces, yo no tenía esperanza. De
modo que, de esa manera indirecta, “nuestro tiempo” está también
en mi obra, en toda ella. Y también el pasado, aunque en
parte. ¡No iba a abarcar el conjunto incalculable de los
siglos!
Conviene
recordar aquí que, por fas o por nefas, mis obras no habían
logrado la mínima consideración pública y
crítica aconsejable a quien pretenda seguir escribiendo.
Por eso fue tan escasa mi producción entre 1950 y 1957.
Me dediqué, no sin dificultades, a la historia y a la crítica
literarias. Un incidente que contaré algún día,
me aconsejó, casi me obligó, a volver a la narrativa.
Escribí y publiqué El señor llega. Su éxito
no fue de los que asombran; entre diciembre de 1957, fecha de su
aparición, y el mismo mes de 1959, en que recibió el
Premio de la Fundación Juan March, se habían vendido
ochocientos ejemplares, fracaso solo comparable al de Don Juan, del
que se vendió una cantidad algo menor en nueve años.
Había motivos suficientes para arrojar la esponja, y la
hubiera arrojado si el mentado premio no me comprometiera ante
mí mismo y ante el editor a concluir la trilogía Los
gozos y las sombras.
Esta novela en tres partes fue mi primer ensayo de literatura realista
en el sentido tradicional.
Suelen
atribuirme, a su respecto, filiaciones equivocadas. Muchas veces
dije que, al escribirla, ponía en práctica las teorías
de Ortega y Gasset acerca del arte de novelar. Se habló de
Galdós, se habló incluso de Clarín. Por este último
siento una gran admiración, pero no es lícito contarlo
entre mis modelos. Mi aprendizaje de la novela realista transcurrió por
otros caminos. A nadie se le ocurrió, por ejemplo, pensar
en Henry James, si bien otros, con más perspicacia, han apuntado
a los novelistas centroeuropeos. Esto no obstante, por aquellos años
tenía muy clara mi idea de “modelo”, que nunca busqué en
otro escritor o en un tema abstracto, sino que pensaba (y sigo pensando)
que son los materiales mismos los que condicionan la forma, y que
a cada obra corresponde un modelo ideal que al escritor compete adivinar
y realizar en la medida de lo posible: con este “modelo” singular
es con lo que hay que comparar la obra para discernir su mayor
o menor acierto.

|