
6Del Bachillerato saqué la conclusión de que el cosmos,
la tierra, los hombres y cuanto uno encuentra o sueña eran
de un modo indeterminado o variable. Cincuenta y tantos años
después, la conclusión más precavida consiste
en creer que cada treinta o cuarenta años cambia el modo de
entender al cosmos, a la tierra y a los hombres, así como
también a todo lo que uno encuentra o sueña; o sea,
que no conviene convencerse jamás de que nada, real o soñado,
tenga en propiedad exclusiva un modo de ser estable, salvo si la
pereza mental le lleva a uno a aferrarse a una idea y defenderla
con las uñas y los dientes, o sea, al dogmatismo. Allá él.
De la Universidad saqué otra conclusión, menos definitiva,
más fluctuante: la vida de los hombres es un maremagnum sin
pies ni cabeza que algunos se empeñan en entender como sometido
a leyes (con lo cual ya no sería lo que es) y como desarrollando
un argumento preciso, aunque distinto, según cada autor. Las
metafísicas, las éticas y las estéticas influyen
mucho en las novelas que, con el nombre de filosofía de la
historia, se inventan al respecto. La historia, ¿tiene sentido?, ¿no
lo tiene? He ahí la cuestión, que dijo el otro. En
las Universidades enseñan que sí. Pero yo, que fui
en tiempos dramaturgo, sé en qué consiste esa operación
admirable de coger un pedazo de vida y transformarla en acción
en tres actos, de acuerdo, más o menos, con Boileau. Los hombres
necesitamos entender, y únicamente las formas nos lo permiten:
toda interpretación de la historia es una forma. Pues tranquilos,
claro. Pero que vengan las formas.
No tuve maestros. Varias veces se me acusó de autodidacto.
De haber tenido dinero, me contaría entre los discípulos
directos de don José Ortega y Gasset, el hombre que, a distancia,
más me enseñó en esta vida; y lo hubiera sido
sin miedo a la secuacidad, sin miedo a la imitación, porque
siempre le creí hombre que sabía, no sólo respetar
la originalidad ajena, sino suscitarla. Además, yo no hubiera
sido jamás ni historiador ni filósofo, pero nadie habría
podido decir de mí, como dijo uno de nuestros sabios, que
no soy culto, sino que poseo una suma de saberes. ¡Pues mira
qué bien! El disciplinaje directo inmuniza de ciertos adjetivos.
Yo me creo culto, pero no por lo que aprendí en la Universidad,
sino a causa de lo escuchado en mis años infantiles en aquel
rincón gallego. Allí se configuró mi imago
mundi: una cultura mágica siempre en colisión
con los saberes racionalistas aprendidos después y hacia la
cual, ¿por qué negarlo?, siento cierta inclinación.
Pero hay modos de ser conflictivos que no encajan en las clasificaciones
de la escuela, y ya sabemos que eso, clasificar, es la primera operación
intelectual de cierta envergadura.
Quedamos, pues, en que mi paso por el Instituto y la Universidad
no me dio una cultura, sino una suma de saberes, un trivium y un
cuadrivium, además mal aprendidos y peor digeridos. Lo que
más me rebaja ante ciertos ojos perspicacísimos es
que no sé alemán. Intento compensarlo escribiendo novelas
de la mejor clase posible.
Como mi formación intelectual fue tan deficiente, una vez
habida conciencia de ello, me dediqué a perfeccionarla en
lo posible. No en todas las direcciones, esto es obvio, pero sí en
dos o tres. Así, si bien es cierto que sé poco de literatura,
creo que soy uno de los escasos españoles que entienden de
eso. Y ahí queda la afirmación, sostenida por unos
cuantos libros en los que se demuestra. También entiendo un
poco de los hombres y de las mujeres, más de éstas
que de aquéllos, y no por nada, sino porque me interesan más
como objeto de conocimiento y, por supuesto, de amor.
Todo lo que yo sé de amor, lo he sacado de la vida, lo he
escuchado de un corazón unísono.
7Esta última impertinencia me lleva otra vez a aquello
que se inició con Lina y una rosa silvestre y que, gracias
a Dios, no se acabó todavía. El verso de Machado
no me sirve ("Amé cuanto ellas suelen..."), ni
tampoco los versos de algunos otros poetas. Es asombroso comprobar
la escasez de los saberes de algunos de esos profesionales del
amor que son los poetas líricos. Ni don Juan ni Onán
tienen una cabal idea: de lo que ellos tratan es de otra cuestión.
Machado supo de amor una vez en la vida, un solo instante, y después
lo olvidó: fue al escribir: "Señor, ya estamos
solos mi corazón y el mar." Lo que hace la mayor parte
de los poetas es una operación verbal que opera sobre un
hecho trivial. Si tiene talento, sacan unos versos excepcionales.
Hoy sabemos que, detrás del soneto ése, maravilloso,
de las cenizas y del sentido, no hubo un sentimiento real, sino
sólo unas fuentes literarias y un gran talento. Y, sin embargo...
Yo viví siempre enamorado y, a partir de cierta hora, empecé a
desear, pero el deseo y el amor seguían caminos diferentes.
El amor se llamó Elia, que era una criatura escuchimizada,
de grandes ojos incrédulos y asustados. Una vez me envió una
fotografía, y vi que se había transformado en mujer
estupenda, objeto ya, no sólo del amor antiguo, sino también
del deseo nuevo. Ahí empezó el drama, que no me sentí dispuesto
a soportar, y toda vez que Elia se mantenía inaccesible
a lo que podía hacer con ella un muchacho sin oficio ni
beneficio, busqué en otra persona el objeto del amor y del
deseo conjuntos. Me casé el 11 de mayo de 1932. Desde entonces
el amor y el deseo no volvieron a separarse, sino sólo por
razones circunstanciales y remediables, pero sin montar una metafísica
sobre la escisión. Me parece haber sacado de la vida, más
de medio siglo de amar, una experiencia bastante honda y bastante
rica del menester. No es fácil formularla en palabras: más
bien se puede oler, como un recuerdo de nardos, en algunas imágenes
y narrativas de mi invención. Me encuentro ahora en un momento
en que el recuerdo me trae, confundidas, a las mujeres que amé y
a las que llevo inventado que en ciertos casos son trasunto de
las otras. ¡Qué bonito haría empezar aquí la
lista de don Juan, o aunque sólo fuera la de don Luis, más
modesta! Pero no serviría de nada: a las mujeres que amé las
nombro, incluso en mi corazón, con nombres literarios: Ariadna,
Dafne, Silvia... Y eso no aclara episodios biográficos,
que es lo que gusta a los cotillas, pero que a mí me gusta
mantener en secreto. Dos veces me casé. Tengo once hijos.
8Mis relaciones con el dinero y todo eso siempre fueron deplorables. Hay razones,
o causas, que lo explican: nací de una familia generosa y pobre. Siempre
vi trabajar para gastar, no para ahorrar. Quizá haya sido así porque
lo que se ganaba nunca alcanzó para vivir medianamente holgado, menos
aún para el socorro o la ayuda: y estos importaban más que la
holgura misma. Por otra parte, conviene tener presente que el crack de la Bolsa
de Nueva York me sorprendió con diecinueve años de edad y sin
trabajo, y que cuando tuve una carrera (a partir de 1940) mis emolumentos alcanzaban
algo así como el sesenta por ciento de un presupuesto modesto. Siempre
me vi necesitado de alguna ganancia complementaria, y puedo decir, sin faltar
a la verdad, que durante los cuarenta años que duró mi dedicación
a la enseñanza como funcionario público, fui concienzuda y fríamente —aparte
de impersonalmente— explotado por mi patrono que era el Estado. No llegué a
cumplidor ejemplar y laudable del contrato que firmé el 1 de octubre
de 1940, pero la otra parte, eso que hoy llaman a la americana (¿qué
no se nombrará hoy en España a la americana?) Administración,
lo fue menos aún. En 1940 llegué a ganar, por ocho horas de trabajo
semanales, mil doscientas pesetas al mes; en 1980, al jubilarme, ganaba noventa
y tres mil pesetas por quince horas a la semana. Que saquen la cuenta los economistas,
y a ver quién incumplió el contrato. Si se tratase de una calamidad
general, yo lo hubiera soportado sin rechistar, pero la verdad es que existen
muchos funcionarios especialmente estúpidos y especialmente innecesarios,
que ganan cuatro veces más. Yo siempre fui necesario. Yo fui un excelente
profesor. Muchas veces, al volver de una esquina, encuentro a alguien que me
lo recuerda y que me lo agradece con un abrazo.
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Con
la literatura gané poco dinero. Hoy parece que mis libros
se venden algo más, y esto se va notando, pero, ¿no
iba siendo hora? Piensa que, cuando escribo esto, voy a cumplir setenta
y un años. De todas maneras, mi situación es, como
siempre, insegura. El Estado me paga de retiro un puñado de
duros que muy pronto no alcanzará para pagar el piso, y de
lo que gano escribiendo, me lleva lo que puede con el pretexto de
la justicia tributaria. No soy propietario, salvo de una casita en
Galicia, ésa que llaman La Romana, y que me sirve de refugio
en los veranos. Fíjate si será modesta, que apenas
paga impuestos. Fuera de eso, queda el mundo, quedan las galaxias
inmensas que se desperezan en el espacio infinito, todas, evidentemente,
mías. También es mío, Dios, a su modo.
¡Ah, se me olvidaba! Poseo unos veinte mil duros en acciones de Iberduero.
9La literatura se aposentó en mis entrañas como un
virus contra el que no caben defensas ni se ha inventado aún
la vacuna. Me poseyó y me posee con esa entereza de algunos
amores y de algunas mujeres, no me ha soltado jamás, no
me ha dejado libre, pero me ha exigido serlo ante el resto de las
cosas reales para poder dominarme más a modo. ¿Qué voy
a hacerle? Es mi felicidad y mi dolor, y todas cuantas parejas
contradictorias se me puedan ocurrir ahora, vida y muerte, y las
demás. Le he sido fiel, pues mis limitadas y mínimas
traiciones con las teteras y los magnetofones no llegaron a afectar
la sustancia de mi lealtad, sino más bien la completaron.
El amor a los libros también va implícito.
A mí, la literatura nadie me la enseñó. La
descubrí una vez como en la curva de una rama de abedul
el espíritu del bosque columpiándose y riendo. ¡Decir
a Dios que hubo tiempo en que creí averiguarlo todo leyendo
al señor Fitzmaurice-Kelly! Por fortuna, otros libros vinieron
y me ayudaron.
Acaeció al principio de un período de creación
febril, que a poco me deja sin bachillerato y que se agotó a
los dieciséis años, tras el auto de fe de mis obras
completas. Luego un silencio largo, de estupor y desorientación.
Reanudé el oficio a los veintiséis años, avocado
al drama, y creo que ya entonces mi camino era mío, forzado
acaso por lejanías, por soledades y otras circunstancias.
Recuerdo con emoción, que me hace sonreír a mi propia
flaqueza, las largas noches insomnes de aquel París de 1936
en que inventé y planeé El viaje del joven
Tobías: había buscado en el trabajo defensa
contra la angustia. Y metí en aquella obra cuanto llevaba
dentro, igual que los opositores. Me alegro de haberlo hecho, porque
hoy puedo decir que mi afición a la materia fantástica
se la debo más a las mendigas milagreras de mi infancia
que a lecturas posteriores al existencialismo. Si hubiera escrito
y publicado ese librillo cuatro o cinco años antes, ciertos
grandes de nuestra poesía no me hubieran desdeñado,
estoy seguro.
Conviene recordar, como episodios anteriores y capitales, mi descubrimiento
de lo que se llamaba entonces el superrealismo (1927-28) que me
permitió averiguar que yo lo era, y, cuatro años
más tarde, del clasicismo consciente en sus formas más
modernas y paradójicas (Poe, Baudelaire, Mallarmeé),
merced a lo cual llevé a buen puerto un segundo descubrimiento:
que el arte como conciencia también me solicitaba, y que
algo afín llevaba en mi interior. De la colisión
entre el uno y el otro, no sólo salió cuanto llevo escrito,
sino yo mismo: pues no fueron dos adquisiciones de las que pudiera
librarme a voluntad, sino, insisto, dos descubrimientos sucesivos
y contradictorios de maneras de ser reales y personales. Hubiera
podido inventarme un heterónimo clásico y otro romántico,
y echarlos a pelear. No lo hice porque no se me ocurrió,
afortunadamente.
Yo hubiera sido un buen dramaturgo (lo que escribí para
el teatro y no se representó jamás no pasa de primeros
ensayos, de tanteos y de esbozos). Hubiera llevado a la escena
algo de fantasía, de imaginación, me hubiera apartado
de la sociología, de la moral y, a ser posible, de esa comicidad
chabacana que es el mayor de sus riesgos. No hubo suerte, o, mejor,
no me sentí capaz de librar la batalla contra los hábitos
y las dificultades que todos los que en el teatro triunfaron han
padecido y conocen. Como dramaturgo, pues, soy un fracasado. Sin
rencor, eso sí. Me quedó de aquella breve aventura
cierto saber gracias al cual pude ganarme la vida durante quince
años, hasta que pudo más que yo la vida misma, y
me dejó sin púlpito. Después fui novelista.
Tengo publicados diez volúmenes narrativos,
si no recuerdo mal, todos ellos nutridos. No fui de esos artistas
que encuentran una fórmula y se aferran a ella y en ella
mueren, sino que, cada vez, busqué la forma adecuada a lo
que quería contar. Nunca me inquietaron demasiado las modas,
y el que dijo que el error de mi "Saga/Fuga" es seguir
una de ellas, asegura no entender de modas ni de literatura. No
seguí las modas, pero creo haber respondido al espíritu
de mi tiempo, incluso durante mi escaso tránsito por el
realismo tradicional, al cual se vuelve hoy, ¡vaya por Dios!
Creo no haber obedecido jamás esas órdenes difusas
e impersonales que llegan nadie sabe de dónde y alicortan
a los espíritus tímidos, así como a los superficiales.
Esto no quiere decir que me considere un escritor surgido de la
nada, sino que, por el contrario, estoy persuadido de haber recibido
préstamos de todos los autores que leí: igual que
todo el mundo.
De las tres etapas en que los antiguos retores (¡ojo, linotipista: sin
c!) dividían la invención del discurso, ni la invención
ni la elocución me causan grandes quebraderos: lo que consume mi tiempo
y mi ingenio, lo que me sume en dudas, lo que me lleva al acierto o desacierto,
es la composición, y no por falta de ocurrencias, sino quizá, por
exceso, o por lo difícil que resulta (algunos, pocos, lo saben) averiguar
la forma que cada material exige desde dentro de sí misma como una exigencia
de vida. No se olvide que ese código que, según la terminología
moderna, incluyen nuestros genes, no sólo contiene las órdenes
de vida, sino la forma.
El arte es forma y la vida la necesita por igual. Las que se pueden ver con los
ojos son prácticamente infinitas; las que son susceptibles de recibir
esos conjuntos indisolubles de imágenes y de palabras que son los materiales
literarios, no alcanzan tal infinitud. Los escritores nos movemos dentro de unos
límites formales muy reducidos: de ahí la insistencia y la recurrencia
de normas y de prescripciones. La biografía de todo artista verdadero
puede resumirse en su relación con el límite, porque se acomoda
a él, porque lucha contra él.
Esa relación, en mi caso, es una alternancia de esperanzas y de decepciones,
de aciertos y de errores, como todo el mundo, pero en proporción personal
e intransferible. Siempre me ha sostenido una moral profesional no sé de
dónde o de quién recibida, quizá del ámbito, y fue
ella quien me empujó a la búsqueda de la autenticidad, al desprecio
del gato por liebre. Si a veces, como crítico de obras ajenas, fui en
exceso exigente, confieso ahora que las exigencias conmigo mismo fueron más
duras todavía. De haberme dado cuenta de que tal obra era un error, no
la hubiera publicado.
Necesito reconocer mi pereza, mi afición a las musarañas, la vagancia
que me acomete a veces como saliendo de mis propios entresijos, como pereza esencial
sólo contadas veces dominada. A ella obedece la escasez de mi obra. Necesitaría,
sin embargo, veinte años de vida más, de vida lúcida y voluntad
estable, para escribir lo que me queda dentro. ¿Sabe alguien a qué santo
me debo encomendar para que acontezca el milagro? Aunque, ¿para qué?
Voy a cumplir setenta y un años. ¿No me ha llegado aún esa
hora de vivir mi pereza en paz y dignamente?
Eso aparte, lo mismo que algunos que yo me sé, quizá estupendos,
quizá ejemplares, no he pasado todavía de aprendiz de escritor. |
10No he sido gran viajero, y no por falta de vocación, sino
de cuartos. Hay en el mundo seis u ocho lugares cuya nostalgia
me apesadumbra, y no por la experiencia directa que tenga de ellos,
sino por conocerlos sólo a través de los libros y de la
fotografía. Hoy acaso estén más a mi alcance
que antaño, pero ya no me quedan ganas ni jugos gástricos
en forma para hacer frente a comidas nuevas, que es lo que más
me aterra de esas tierras inéditas. Echo de menos cielos,
rincones, perspectivas, colores de las aguas, remansos de canales,
y esos olores pútridos, tan sutiles, en los que —dicen— se
destruye Venecia. De las ciudades vividas, siempre se van mis ansias
a París, que era tan bello todavía, cuando lo visité la última
vez, con los árboles intactos. Pero, como escribí en
alguna parte, creo haber descubierto también la belleza
de Nueva York, tan distinta de lo que por aquí usamos.
De mis viajes me queda un batiburrillo de imágenes fugaces,
calles, vitrales, claustros, agudas o mochas torres, el silencio
de un bosque, los campos verdes de la Inglaterra del Sur, algún
que otro fantasma entrevisto o adivinado. Pero basta la menor incitación
para que aparezca en el recuerdo lo visto en mis viajes a Andalucía,
pueblos blancos, blancas arquitecturas señoriales o populares,
unas y otras tan bellas como el mismo Partenón (que no he
visto jamás, aunque sí adivinado). Si ciertos andaluces
alcanzasen a comprender el valor de lo que pierden impedirían
su ruina, opondrían sus cuerpos a la monstruosidad de la
piqueta. No hace muchos días, viendo en mera fotografía
un rincón de Véjer de la Frontera, me quedé turulato
de puro asombro. Y feliz de que eso exista todavía, de que
pueda algún día llegarme a verlo.
Me gusta
la pintura y siento especial interés, devoción, curiosidad (todo mezclado) por
los capiteles románicos: los reuniría a todos (de
poder, ¡qué escándalo!) en una inmensa sala, cada
uno en su plataforma giratoria, y pasaría mi tiempo contemplando
sus formas inagotables, asustadas, sublimes, retorcidas, a veces
ingenuamente lúbricas. ¡Qué imaginación
la de aquellos anónimos analfabetos! La arquitectura, sin
embargo, es de las artes de bulto, mi preferida, sobre todo la
arquitectura de interiores, la creación de espacios, de
formas cóncavas, de límites al aire. Mis grandes
emociones estéticas acontecieron en algunas iglesias, en
algunos palacios, y no se piense en sanpedros de Roma, sino en
la iglesia del Naranco, digamos, o en alguna de ésas, románicas,
de mi tierra, como cierta sacristía, y no es que desdeñe
las solemnes. ¡Caray! París bien vale una misa, y
un largo camino Compostela. De la arquitectura moderna no fui indiferente
a la potencia al desafío del Rockefeller Center, o ciertas
edificaciones de aluminio y cristal. Pero eso es otro cantar, música
de jazz, si se prefiere, y yo continúo fiel a la monodia
gregoriana, a los conciertos para flauta y oboe, y continúo.
Claro está que también escucho a Mather y amo la
arquitectura que corresponde a su música.
De otra clase de emociones afines a las estéticas, tengo
que recordar aquella vez que, en Weimar, tuve en mis manos,
y contemplé, además de acariciarlas, las cuartillas
en que figuran escritas "Elegías de Duino", de
la mano de su autor: no vi jamás texto más estremecedor
ni que le haga a uno abdicar de sus convicciones y admitir que
la creación poética es, de verdad, un misterio. También
vi manuscritos de Balzac, de Karl Marx, de Lenin y de Trotsky.
No los tuve entre mis manos, sólo me fue dado examinarlos
a través de esos cristales en que se enfrían las
emociones. Algunos grandes espacios abiertos me sobrecogieron,
y no me cansan jamás el Atlántico furioso de mis
costas o la mar tranquila y gris, con una luz ambigua, de ciertos
días nublados de Marbella. De mi valle original no me gusta
acordarme, porque se murieron los castaños, tras ellos emigraron
los enanos del subsuelo con sus tesoros y sus bromas, y hoy proliferan
las casas de cemento. En cuanto al silencio, ya no lo hay, sino
estentóreas sonoridades artificiales. Pero aún quedan
valles intactos, que a veces se perciben desde el tren o desde
la carretera, y es delicioso, entonces, quedarse quieto.
11Vuelvo a mis libros, que a fin de cuentas son lo que justifica
este diseño más o menos biográfico. No hace
falta ser especialmente listo para enterarse de que la realidad
es práctica e irremediablemente inabarcable, y que de su
infinitud, cada cual, si hay suerte, le cabe una parcelita. Hacia
mis treinta años, más o menos, mi sensibilidad, en
maridaje con mis propias limitaciones, me habían acotado
ya el terreno que en cierto sentido relativo puedo, sin gran exageración,
llamar el mío. A partir de mi primer libro, incrementado
por los que inmediatamente le siguieron, quedó bien precisada
mi temática, trazada la dirección de mi camino. Hubo
temas agotados y abandonados; otros, que persistieron, quizá porque
no haya acertado a dilucidarlos enteramente. El origen de alguno
de ellos no deja de ser chusco, y voy a contar aquí el por
qué Napoleón reaparece hasta la monotonía,
hasta la saciedad. A mi hermano Álvaro, cuando lo bautizaron,
mi padre, que siempre mantuvo unas particulares relaciones con
el Corso y me atrevería a decir que con toda la Revolución
francesa (a pesar de su inalterable monarquismo); cuando le bautizaron,
digo, a mi hermano Álvaro, le quisieron poner el de Napoleón
entre sus nombres, y con él figura en el registro civil,
más no en el eclesiástico, porque el cura Rubiños,
que era el de la parroquia de San Salvador de Serantes, se opuso,
ignorante de la existencia de un santo Napollione. Y a mí aquello
debió de afectarme más de lo esperable (cumplía
cuatro años por aquellos días), de manera que mi
curiosidad por el sujeto se inició allí mismo, acaso
al pie de la pila bautismal donde mi hermano berreaba. Supongo
que, a lo largo del tiempo y de las noticias que iba adquiriendo
y me iban llegando, se verificó la identificación
de la figura histórica con la noción, o la intuición,
que del poder se me formaba en algún lugar de la conciencia,
capas de informaciones y de emociones superpuestas como las de
una losa de pizarra (o de un hojaldre). Y como esto del poder es
una de las realidades que con caras más varias se ofreció a
la experiencia de mis contemporáneos, y que más catástrofes
produjo y sigue produciendo, pues de ahí que Napoleón
haya perdido ya, sin que pueda evitarlo, su condición humana
y haya descendido (o ascendido, vaya usted a saber) a la de símbolo
preciso en su significación. Me resulta, sin embargo, inevitable
que esa estructura simbólica: significación, pero
no vida, sea atacada quizá con ánimo destructivo
por los recuerdos del Olvidado de Santa Elena, la suma de sus grandezas
y de sus pequeñeces: como si su realidad de hombre aspirase
a sustituir a la mera figura significativa. No sé. Pero,
indudablemente, de varias de mis obras se puede deducir la historia
de mis relaciones con Napoleón, no como las de mi padre,
para quien era un mito, sino sólo las de un escritor con
uno de sus temas. Cuando, en la torre del pazo de Carlos Deza,
discuten y forcejean éste y Cayetano Salgado, lo que yo
veo es diálogo, de Napoleón con Metternich en la
biblioteca de Dresde.
Mito, poder, esperanza, amor y miedo: son ideas,
nociones, abstracciones incluso: antes, no obstante, han sido vida,
realidad. Y uno —el poeta, el artista— los persigue
con la intención de rozar al menos la órbita de su
meollo, de encerrarlos en formas y en palabras. Don Juan, La
Saga/fuga de J. B., Fragmentos de Apocalipsis, Los
gozos y las sombras y todo cuanto llevo escrito son las huellas
de mi intento, quizá cenizas. Pues ¡bueno! ¿Lo
serán algún día lo que me queda por escribir?
De seguro: ¡es tan escaso lo que resiste al tiempo y al cambio
de los gustos! Pero a mí nadie podrá quitarme el
gozo y el dolor que me dieron. Esos libros, esos sentimientos,
son lo más verdadero de mi vida, son el tuétano de
mi biografía: en tanto íntimos, casi inefables. Por
eso no puedo describirlos y dejo aquí, tras estos garabatos,
este curriculum, en cierto modo, sólo en cierto modo. G.T.B.
Torrente Ballester, Gonzalo. - Curriculum, en cierto modo, en:
TRIUNFO, Año XXXV, 6ª época, Número 8,
Junio 1981, pp. 40-47
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