Gonzalo Torrente Ballester
   
GTB
-
Biografía
1910-1939
1940-1979
1980-1999
GTB por GTB
Nota autobiográfica (1986)
Currículum, en cierto modo (1981)
Bibliografía sobre GTB
Galería
1910 - 1939. Años de Formación

6Del Bachillerato saqué la conclusión de que el cosmos, la tierra, los hombres y cuanto uno encuentra o sueña eran de un modo indeterminado o variable. Cincuenta y tantos años después, la conclusión más precavida consiste en creer que cada treinta o cuarenta años cambia el modo de entender al cosmos, a la tierra y a los hombres, así como también a todo lo que uno encuentra o sueña; o sea, que no conviene convencerse jamás de que nada, real o soñado, tenga en propiedad exclusiva un modo de ser estable, salvo si la pereza mental le lleva a uno a aferrarse a una idea y defenderla con las uñas y los dientes, o sea, al dogmatismo. Allá él.

De la Universidad saqué otra conclusión, menos definitiva, más fluctuante: la vida de los hombres es un maremagnum sin pies ni cabeza que algunos se empeñan en entender como sometido a leyes (con lo cual ya no sería lo que es) y como desarrollando un argumento preciso, aunque distinto, según cada autor. Las metafísicas, las éticas y las estéticas influyen mucho en las novelas que, con el nombre de filosofía de la historia, se inventan al respecto. La historia, ¿tiene sentido?, ¿no lo tiene? He ahí la cuestión, que dijo el otro. En las Universidades enseñan que sí. Pero yo, que fui en tiempos dramaturgo, sé en qué consiste esa operación admirable de coger un pedazo de vida y transformarla en acción en tres actos, de acuerdo, más o menos, con Boileau. Los hombres necesitamos entender, y únicamente las formas nos lo permiten: toda interpretación de la historia es una forma. Pues tranquilos, claro. Pero que vengan las formas.

No tuve maestros. Varias veces se me acusó de autodidacto. De haber tenido dinero, me contaría entre los discípulos directos de don José Ortega y Gasset, el hombre que, a distancia, más me enseñó en esta vida; y lo hubiera sido sin miedo a la secuacidad, sin miedo a la imitación, porque siempre le creí hombre que sabía, no sólo respetar la originalidad ajena, sino suscitarla. Además, yo no hubiera sido jamás ni historiador ni filósofo, pero nadie habría podido decir de mí, como dijo uno de nuestros sabios, que no soy culto, sino que poseo una suma de saberes. ¡Pues mira qué bien! El disciplinaje directo inmuniza de ciertos adjetivos. Yo me creo culto, pero no por lo que aprendí en la Universidad, sino a causa de lo escuchado en mis años infantiles en aquel rincón gallego. Allí se configuró mi imago mundi: una cultura mágica siempre en colisión con los saberes racionalistas aprendidos después y hacia la cual, ¿por qué negarlo?, siento cierta inclinación. Pero hay modos de ser conflictivos que no encajan en las clasificaciones de la escuela, y ya sabemos que eso, clasificar, es la primera operación intelectual de cierta envergadura.

Quedamos, pues, en que mi paso por el Instituto y la Universidad no me dio una cultura, sino una suma de saberes, un trivium y un cuadrivium, además mal aprendidos y peor digeridos. Lo que más me rebaja ante ciertos ojos perspicacísimos es que no sé alemán. Intento compensarlo escribiendo novelas de la mejor clase posible.

Como mi formación intelectual fue tan deficiente, una vez habida conciencia de ello, me dediqué a perfeccionarla en lo posible. No en todas las direcciones, esto es obvio, pero sí en dos o tres. Así, si bien es cierto que sé poco de literatura, creo que soy uno de los escasos españoles que entienden de eso. Y ahí queda la afirmación, sostenida por unos cuantos libros en los que se demuestra. También entiendo un poco de los hombres y de las mujeres, más de éstas que de aquéllos, y no por nada, sino porque me interesan más como objeto de conocimiento y, por supuesto, de amor.

Todo lo que yo sé de amor, lo he sacado de la vida, lo he escuchado de un corazón unísono.


7Esta última impertinencia me lleva otra vez a aquello que se inició con Lina y una rosa silvestre y que, gracias a Dios, no se acabó todavía. El verso de Machado no me sirve ("Amé cuanto ellas suelen..."), ni tampoco los versos de algunos otros poetas. Es asombroso comprobar la escasez de los saberes de algunos de esos profesionales del amor que son los poetas líricos. Ni don Juan ni Onán tienen una cabal idea: de lo que ellos tratan es de otra cuestión. Machado supo de amor una vez en la vida, un solo instante, y después lo olvidó: fue al escribir: "Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar." Lo que hace la mayor parte de los poetas es una operación verbal que opera sobre un hecho trivial. Si tiene talento, sacan unos versos excepcionales. Hoy sabemos que, detrás del soneto ése, maravilloso, de las cenizas y del sentido, no hubo un sentimiento real, sino sólo unas fuentes literarias y un gran talento. Y, sin embargo...

Yo viví siempre enamorado y, a partir de cierta hora, empecé a desear, pero el deseo y el amor seguían caminos diferentes. El amor se llamó Elia, que era una criatura escuchimizada, de grandes ojos incrédulos y asustados. Una vez me envió una fotografía, y vi que se había transformado en mujer estupenda, objeto ya, no sólo del amor antiguo, sino también del deseo nuevo. Ahí empezó el drama, que no me sentí dispuesto a soportar, y toda vez que Elia se mantenía inaccesible a lo que podía hacer con ella un muchacho sin oficio ni beneficio, busqué en otra persona el objeto del amor y del deseo conjuntos. Me casé el 11 de mayo de 1932. Desde entonces el amor y el deseo no volvieron a separarse, sino sólo por razones circunstanciales y remediables, pero sin montar una metafísica sobre la escisión. Me parece haber sacado de la vida, más de medio siglo de amar, una experiencia bastante honda y bastante rica del menester. No es fácil formularla en palabras: más bien se puede oler, como un recuerdo de nardos, en algunas imágenes y narrativas de mi invención. Me encuentro ahora en un momento en que el recuerdo me trae, confundidas, a las mujeres que amé y a las que llevo inventado que en ciertos casos son trasunto de las otras. ¡Qué bonito haría empezar aquí la lista de don Juan, o aunque sólo fuera la de don Luis, más modesta! Pero no serviría de nada: a las mujeres que amé las nombro, incluso en mi corazón, con nombres literarios: Ariadna, Dafne, Silvia... Y eso no aclara episodios biográficos, que es lo que gusta a los cotillas, pero que a mí me gusta mantener en secreto. Dos veces me casé. Tengo once hijos.


8Mis relaciones con el dinero y todo eso siempre fueron deplorables. Hay razones, o causas, que lo explican: nací de una familia generosa y pobre. Siempre vi trabajar para gastar, no para ahorrar. Quizá haya sido así porque lo que se ganaba nunca alcanzó para vivir medianamente holgado, menos aún para el socorro o la ayuda: y estos importaban más que la holgura misma. Por otra parte, conviene tener presente que el crack de la Bolsa de Nueva York me sorprendió con diecinueve años de edad y sin trabajo, y que cuando tuve una carrera (a partir de 1940) mis emolumentos alcanzaban algo así como el sesenta por ciento de un presupuesto modesto. Siempre me vi necesitado de alguna ganancia complementaria, y puedo decir, sin faltar a la verdad, que durante los cuarenta años que duró mi dedicación a la enseñanza como funcionario público, fui concienzuda y fríamente —aparte de impersonalmente— explotado por mi patrono que era el Estado. No llegué a cumplidor ejemplar y laudable del contrato que firmé el 1 de octubre de 1940, pero la otra parte, eso que hoy llaman a la americana (¿qué no se nombrará hoy en España a la americana?) Administración, lo fue menos aún. En 1940 llegué a ganar, por ocho horas de trabajo semanales, mil doscientas pesetas al mes; en 1980, al jubilarme, ganaba noventa y tres mil pesetas por quince horas a la semana. Que saquen la cuenta los economistas, y a ver quién incumplió el contrato. Si se tratase de una calamidad general, yo lo hubiera soportado sin rechistar, pero la verdad es que existen muchos funcionarios especialmente estúpidos y especialmente innecesarios, que ganan cuatro veces más. Yo siempre fui necesario. Yo fui un excelente profesor. Muchas veces, al volver de una esquina, encuentro a alguien que me lo recuerda y que me lo agradece con un abrazo.

Con la literatura gané poco dinero. Hoy parece que mis libros se venden algo más, y esto se va notando, pero, ¿no iba siendo hora? Piensa que, cuando escribo esto, voy a cumplir setenta y un años. De todas maneras, mi situación es, como siempre, insegura. El Estado me paga de retiro un puñado de duros que muy pronto no alcanzará para pagar el piso, y de lo que gano escribiendo, me lleva lo que puede con el pretexto de la justicia tributaria. No soy propietario, salvo de una casita en Galicia, ésa que llaman La Romana, y que me sirve de refugio en los veranos. Fíjate si será modesta, que apenas paga impuestos. Fuera de eso, queda el mundo, quedan las galaxias inmensas que se desperezan en el espacio infinito, todas, evidentemente, mías. También es mío, Dios, a su modo.

¡Ah, se me olvidaba! Poseo unos veinte mil duros en acciones de Iberduero.


9La literatura se aposentó en mis entrañas como un virus contra el que no caben defensas ni se ha inventado aún la vacuna. Me poseyó y me posee con esa entereza de algunos amores y de algunas mujeres, no me ha soltado jamás, no me ha dejado libre, pero me ha exigido serlo ante el resto de las cosas reales para poder dominarme más a modo. ¿Qué voy a hacerle? Es mi felicidad y mi dolor, y todas cuantas parejas contradictorias se me puedan ocurrir ahora, vida y muerte, y las demás. Le he sido fiel, pues mis limitadas y mínimas traiciones con las teteras y los magnetofones no llegaron a afectar la sustancia de mi lealtad, sino más bien la completaron. El amor a los libros también va implícito.

A mí, la literatura nadie me la enseñó. La descubrí una vez como en la curva de una rama de abedul el espíritu del bosque columpiándose y riendo. ¡Decir a Dios que hubo tiempo en que creí averiguarlo todo leyendo al señor Fitzmaurice-Kelly! Por fortuna, otros libros vinieron y me ayudaron.

Acaeció al principio de un período de creación febril, que a poco me deja sin bachillerato y que se agotó a los dieciséis años, tras el auto de fe de mis obras completas. Luego un silencio largo, de estupor y desorientación. Reanudé el oficio a los veintiséis años, avocado al drama, y creo que ya entonces mi camino era mío, forzado acaso por lejanías, por soledades y otras circunstancias. Recuerdo con emoción, que me hace sonreír a mi propia flaqueza, las largas noches insomnes de aquel París de 1936 en que inventé y planeé El viaje del joven Tobías: había buscado en el trabajo defensa contra la angustia. Y metí en aquella obra cuanto llevaba dentro, igual que los opositores. Me alegro de haberlo hecho, porque hoy puedo decir que mi afición a la materia fantástica se la debo más a las mendigas milagreras de mi infancia que a lecturas posteriores al existencialismo. Si hubiera escrito y publicado ese librillo cuatro o cinco años antes, ciertos grandes de nuestra poesía no me hubieran desdeñado, estoy seguro.

Conviene recordar, como episodios anteriores y capitales, mi descubrimiento de lo que se llamaba entonces el superrealismo (1927-28) que me permitió averiguar que yo lo era, y, cuatro años más tarde, del clasicismo consciente en sus formas más modernas y paradójicas (Poe, Baudelaire, Mallarmeé), merced a lo cual llevé a buen puerto un segundo descubrimiento: que el arte como conciencia también me solicitaba, y que algo afín llevaba en mi interior. De la colisión entre el uno y el otro, no sólo salió cuanto llevo escrito, sino yo mismo: pues no fueron dos adquisiciones de las que pudiera librarme a voluntad, sino, insisto, dos descubrimientos sucesivos y contradictorios de maneras de ser reales y personales. Hubiera podido inventarme un heterónimo clásico y otro romántico, y echarlos a pelear. No lo hice porque no se me ocurrió, afortunadamente.

Yo hubiera sido un buen dramaturgo (lo que escribí para el teatro y no se representó jamás no pasa de primeros ensayos, de tanteos y de esbozos). Hubiera llevado a la escena algo de fantasía, de imaginación, me hubiera apartado de la sociología, de la moral y, a ser posible, de esa comicidad chabacana que es el mayor de sus riesgos. No hubo suerte, o, mejor, no me sentí capaz de librar la batalla contra los hábitos y las dificultades que todos los que en el teatro triunfaron han padecido y conocen. Como dramaturgo, pues, soy un fracasado. Sin rencor, eso sí. Me quedó de aquella breve aventura cierto saber gracias al cual pude ganarme la vida durante quince años, hasta que pudo más que yo la vida misma, y me dejó sin púlpito. Después fui novelista.

Tengo publicados diez volúmenes narrativos, si no recuerdo mal, todos ellos nutridos. No fui de esos artistas que encuentran una fórmula y se aferran a ella y en ella mueren, sino que, cada vez, busqué la forma adecuada a lo que quería contar. Nunca me inquietaron demasiado las modas, y el que dijo que el error de mi "Saga/Fuga" es seguir una de ellas, asegura no entender de modas ni de literatura. No seguí las modas, pero creo haber respondido al espíritu de mi tiempo, incluso durante mi escaso tránsito por el realismo tradicional, al cual se vuelve hoy, ¡vaya por Dios! Creo no haber obedecido jamás esas órdenes difusas e impersonales que llegan nadie sabe de dónde y alicortan a los espíritus tímidos, así como a los superficiales. Esto no quiere decir que me considere un escritor surgido de la nada, sino que, por el contrario, estoy persuadido de haber recibido préstamos de todos los autores que leí: igual que todo el mundo.

De las tres etapas en que los antiguos retores (¡ojo, linotipista: sin c!) dividían la invención del discurso, ni la invención ni la elocución me causan grandes quebraderos: lo que consume mi tiempo y mi ingenio, lo que me sume en dudas, lo que me lleva al acierto o desacierto, es la composición, y no por falta de ocurrencias, sino quizá, por exceso, o por lo difícil que resulta (algunos, pocos, lo saben) averiguar la forma que cada material exige desde dentro de sí misma como una exigencia de vida. No se olvide que ese código que, según la terminología moderna, incluyen nuestros genes, no sólo contiene las órdenes de vida, sino la forma.

El arte es forma y la vida la necesita por igual. Las que se pueden ver con los ojos son prácticamente infinitas; las que son susceptibles de recibir esos conjuntos indisolubles de imágenes y de palabras que son los materiales literarios, no alcanzan tal infinitud. Los escritores nos movemos dentro de unos límites formales muy reducidos: de ahí la insistencia y la recurrencia de normas y de prescripciones. La biografía de todo artista verdadero puede resumirse en su relación con el límite, porque se acomoda a él, porque lucha contra él.

Esa relación, en mi caso, es una alternancia de esperanzas y de decepciones, de aciertos y de errores, como todo el mundo, pero en proporción personal e intransferible. Siempre me ha sostenido una moral profesional no sé de dónde o de quién recibida, quizá del ámbito, y fue ella quien me empujó a la búsqueda de la autenticidad, al desprecio del gato por liebre. Si a veces, como crítico de obras ajenas, fui en exceso exigente, confieso ahora que las exigencias conmigo mismo fueron más duras todavía. De haberme dado cuenta de que tal obra era un error, no la hubiera publicado.

Necesito reconocer mi pereza, mi afición a las musarañas, la vagancia que me acomete a veces como saliendo de mis propios entresijos, como pereza esencial sólo contadas veces dominada. A ella obedece la escasez de mi obra. Necesitaría, sin embargo, veinte años de vida más, de vida lúcida y voluntad estable, para escribir lo que me queda dentro. ¿Sabe alguien a qué santo me debo encomendar para que acontezca el milagro? Aunque, ¿para qué? Voy a cumplir setenta y un años. ¿No me ha llegado aún esa hora de vivir mi pereza en paz y dignamente?

Eso aparte, lo mismo que algunos que yo me sé, quizá estupendos, quizá ejemplares, no he pasado todavía de aprendiz de escritor.

10No he sido gran viajero, y no por falta de vocación, sino de cuartos. Hay en el mundo seis u ocho lugares cuya nostalgia me apesadumbra, y no por la experiencia directa que tenga de ellos, sino por conocerlos sólo a través de los libros y de la fotografía. Hoy acaso estén más a mi alcance que antaño, pero ya no me quedan ganas ni jugos gástricos en forma para hacer frente a comidas nuevas, que es lo que más me aterra de esas tierras inéditas. Echo de menos cielos, rincones, perspectivas, colores de las aguas, remansos de canales, y esos olores pútridos, tan sutiles, en los que —dicen— se destruye Venecia. De las ciudades vividas, siempre se van mis ansias a París, que era tan bello todavía, cuando lo visité la última vez, con los árboles intactos. Pero, como escribí en alguna parte, creo haber descubierto también la belleza de Nueva York, tan distinta de lo que por aquí usamos. De mis viajes me queda un batiburrillo de imágenes fugaces, calles, vitrales, claustros, agudas o mochas torres, el silencio de un bosque, los campos verdes de la Inglaterra del Sur, algún que otro fantasma entrevisto o adivinado. Pero basta la menor incitación para que aparezca en el recuerdo lo visto en mis viajes a Andalucía, pueblos blancos, blancas arquitecturas señoriales o populares, unas y otras tan bellas como el mismo Partenón (que no he visto jamás, aunque sí adivinado). Si ciertos andaluces alcanzasen a comprender el valor de lo que pierden impedirían su ruina, opondrían sus cuerpos a la monstruosidad de la piqueta. No hace muchos días, viendo en mera fotografía un rincón de Véjer de la Frontera, me quedé turulato de puro asombro. Y feliz de que eso exista todavía, de que pueda algún día llegarme a verlo.

Me gusta la pintura y siento especial interés, devoción, curiosidad (todo mezclado) por los capiteles románicos: los reuniría a todos (de poder, ¡qué escándalo!) en una inmensa sala, cada uno en su plataforma giratoria, y pasaría mi tiempo contemplando sus formas inagotables, asustadas, sublimes, retorcidas, a veces ingenuamente lúbricas. ¡Qué imaginación la de aquellos anónimos analfabetos! La arquitectura, sin embargo, es de las artes de bulto, mi preferida, sobre todo la arquitectura de interiores, la creación de espacios, de formas cóncavas, de límites al aire. Mis grandes emociones estéticas acontecieron en algunas iglesias, en algunos palacios, y no se piense en sanpedros de Roma, sino en la iglesia del Naranco, digamos, o en alguna de ésas, románicas, de mi tierra, como cierta sacristía, y no es que desdeñe las solemnes. ¡Caray! París bien vale una misa, y un largo camino Compostela. De la arquitectura moderna no fui indiferente a la potencia al desafío del Rockefeller Center, o ciertas edificaciones de aluminio y cristal. Pero eso es otro cantar, música de jazz, si se prefiere, y yo continúo fiel a la monodia gregoriana, a los conciertos para flauta y oboe, y continúo. Claro está que también escucho a Mather y amo la arquitectura que corresponde a su música.
De otra clase de emociones afines a las estéticas, tengo que recordar aquella vez que, en Weimar, tuve en mis manos, y contemplé, además de acariciarlas, las cuartillas en que figuran escritas "Elegías de Duino", de la mano de su autor: no vi jamás texto más estremecedor ni que le haga a uno abdicar de sus convicciones y admitir que la creación poética es, de verdad, un misterio. También vi manuscritos de Balzac, de Karl Marx, de Lenin y de Trotsky. No los tuve entre mis manos, sólo me fue dado examinarlos a través de esos cristales en que se enfrían las emociones. Algunos grandes espacios abiertos me sobrecogieron, y no me cansan jamás el Atlántico furioso de mis costas o la mar tranquila y gris, con una luz ambigua, de ciertos días nublados de Marbella. De mi valle original no me gusta acordarme, porque se murieron los castaños, tras ellos emigraron los enanos del subsuelo con sus tesoros y sus bromas, y hoy proliferan las casas de cemento. En cuanto al silencio, ya no lo hay, sino estentóreas sonoridades artificiales. Pero aún quedan valles intactos, que a veces se perciben desde el tren o desde la carretera, y es delicioso, entonces, quedarse quieto.


11Vuelvo a mis libros, que a fin de cuentas son lo que justifica este diseño más o menos biográfico. No hace falta ser especialmente listo para enterarse de que la realidad es práctica e irremediablemente inabarcable, y que de su infinitud, cada cual, si hay suerte, le cabe una parcelita. Hacia mis treinta años, más o menos, mi sensibilidad, en maridaje con mis propias limitaciones, me habían acotado ya el terreno que en cierto sentido relativo puedo, sin gran exageración, llamar el mío. A partir de mi primer libro, incrementado por los que inmediatamente le siguieron, quedó bien precisada mi temática, trazada la dirección de mi camino. Hubo temas agotados y abandonados; otros, que persistieron, quizá porque no haya acertado a dilucidarlos enteramente. El origen de alguno de ellos no deja de ser chusco, y voy a contar aquí el por qué Napoleón reaparece hasta la monotonía, hasta la saciedad. A mi hermano Álvaro, cuando lo bautizaron, mi padre, que siempre mantuvo unas particulares relaciones con el Corso y me atrevería a decir que con toda la Revolución francesa (a pesar de su inalterable monarquismo); cuando le bautizaron, digo, a mi hermano Álvaro, le quisieron poner el de Napoleón entre sus nombres, y con él figura en el registro civil, más no en el eclesiástico, porque el cura Rubiños, que era el de la parroquia de San Salvador de Serantes, se opuso, ignorante de la existencia de un santo Napollione. Y a mí aquello debió de afectarme más de lo esperable (cumplía cuatro años por aquellos días), de manera que mi curiosidad por el sujeto se inició allí mismo, acaso al pie de la pila bautismal donde mi hermano berreaba. Supongo que, a lo largo del tiempo y de las noticias que iba adquiriendo y me iban llegando, se verificó la identificación de la figura histórica con la noción, o la intuición, que del poder se me formaba en algún lugar de la conciencia, capas de informaciones y de emociones superpuestas como las de una losa de pizarra (o de un hojaldre). Y como esto del poder es una de las realidades que con caras más varias se ofreció a la experiencia de mis contemporáneos, y que más catástrofes produjo y sigue produciendo, pues de ahí que Napoleón haya perdido ya, sin que pueda evitarlo, su condición humana y haya descendido (o ascendido, vaya usted a saber) a la de símbolo preciso en su significación. Me resulta, sin embargo, inevitable que esa estructura simbólica: significación, pero no vida, sea atacada quizá con ánimo destructivo por los recuerdos del Olvidado de Santa Elena, la suma de sus grandezas y de sus pequeñeces: como si su realidad de hombre aspirase a sustituir a la mera figura significativa. No sé. Pero, indudablemente, de varias de mis obras se puede deducir la historia de mis relaciones con Napoleón, no como las de mi padre, para quien era un mito, sino sólo las de un escritor con uno de sus temas. Cuando, en la torre del pazo de Carlos Deza, discuten y forcejean éste y Cayetano Salgado, lo que yo veo es diálogo, de Napoleón con Metternich en la biblioteca de Dresde.

Mito, poder, esperanza, amor y miedo: son ideas, nociones, abstracciones incluso: antes, no obstante, han sido vida, realidad. Y uno —el poeta, el artista— los persigue con la intención de rozar al menos la órbita de su meollo, de encerrarlos en formas y en palabras. Don Juan, La Saga/fuga de J. B., Fragmentos de Apocalipsis, Los gozos y las sombras y todo cuanto llevo escrito son las huellas de mi intento, quizá cenizas. Pues ¡bueno! ¿Lo serán algún día lo que me queda por escribir? De seguro: ¡es tan escaso lo que resiste al tiempo y al cambio de los gustos! Pero a mí nadie podrá quitarme el gozo y el dolor que me dieron. Esos libros, esos sentimientos, son lo más verdadero de mi vida, son el tuétano de mi biografía: en tanto íntimos, casi inefables. Por eso no puedo describirlos y dejo aquí, tras estos garabatos, este curriculum, en cierto modo, sólo en cierto modo. G.T.B.

Torrente Ballester, Gonzalo. - Curriculum, en cierto modo, en: TRIUNFO, Año XXXV, 6ª época, Número 8, Junio 1981, pp. 40-47

 

© 2007 Herederos de Gonzalo Torrente Ballester
Todos los derechos reservados
info arroba gonzalotorrenteballester punto es
Subir