1Recordemos, ante todo, algunos acontecimientos:
en 1910 murió Tolstoi, y Rainer María Rilke escribió Los
Cuadernos de Malte Laurids Brigge. El Cometa Halley se empezaba
a alejar de la tierra, después del susto, y Bergson había
escrito ya Materia y memoria. Lo de las señoritas
de Aviñó (calle barcelonesa, no pueblo de Francia)
iba quedando lejos. En 1910, Dilthey escribió La estructura
del mundo histórico en las ciencias del espíritu,
y, Freud, Sobre el psicoanálisis. A 1910 corresponde
en Francia la ley contra la invalidez y la vejez, quiero decir
la ley del seguro contra esas desdichas, y el año anterior
se había inventado el caucho sintético y el salvarsán.
Sin embargo, y a pesar de ser el año 1910, yo nací en
la Edad Media (en sus postrimerías, por supuesto). Una Edad
Media algo rara, sin embargo, porque, si bien es cierto que en
mi aldea procurábamos, de noche, no tropezar con la Compaña,
si era viernes podían verse en el cielo, jugando, los reflectores
de los barcos de guerra. Mi vida, durante mucho tiempo (y quizá ahora
también) no fue más que un columpio, o vaivén,
entre los reflectores que jugaban en el cielo, y la Compaña,
que caminaba, doliente, por las veredas.
La cosa aconteció un 13 de junio, a eso de las tres de la tarde.
Lugar del suceso, la alcoba de mi abuela, lugar donde, según contaré algún
día, una puerta comunicaba directamente con el cielo, que mi abuela llamaba
Paraíso. Tardé pocos años en saberlo.
Veintidós antes justos en Lisboa, frente al teatro de San Carlos, había
nacido un muchacho que se conoce hoy en el mundo como Fernando Pessoa. Yo lo
leí, por primera vez, hacia 1964, con evidente retraso. Mi información
siempre fue mala, incluso para lo extraordinario. Comprendí repentinamente
que entre aquel poeta y yo existían algunas afinidades de pensamiento
y de sensibilidad, además de ser ambos géminis; o, dicho más
modestamente, descubrí que Pessoa había pensado bastantes años
antes lo que a mí me hubiera gustado pensar unos años después,
si bien oscuramente lo sentía. ¿Se debe, esta afinidad, a la fecha
de nacimiento, a esa coincidencia de fiestas del San Antonio de la Cabana y San
Antonio de Lisboa, que son el mismo San Antonio? No lo sé. Dos géminis,
sí; pero uno de ellos jamás vivió de inventarle horóscopos
a la gente, ni dejó un baúl colmado de tesoros de poesía.
Es también seguro que uno de ellos jamás dejó que en su
interior creciera un Álvaro de Campos. ¿Para qué, si ya
había crecido en otro seno imaginario?
2Lo que sí me marcó fue la casa de mi abuela: primero, la casa en
sí, grande, destartalada, llena de muebles hermosos y desvencijados, de
puertas y ventanas con vida propia; caja de resonancia de todos los vendavales,
de todos los ruidos, de los pasos quedos de todos los fantasmas, rica en rincones
oscuros que mi miedo me ayudó a poblar de habitantes maravillosos y solemnes
Después, las gentes de la casa: ahora me doy cuenta de que si algunas
de mis obras consisten en una historia común que se deriva del choque
de varios cuentos particulares, fue allí, en la casa de mi abuela, donde
descubrí que era así. Y cada cual se sentía allí (perdón)
tan cada cual, que hasta yo mismo era un quidam. Pero además, todos estos
cadacuales tenían qué contar o qué leer y lo contaban o
leían menos yo, que escuchaba. Cierta vez, ya maduro, me tropecé con
un título Lil de los ojos color del tiempo, y cayeron sobre
mí, como un canasto de rosas, los recuerdos de la historia de ese nombre
(¿algo irlandés, quizá? ¿O francés?) que mi
madre me había relatado. No logré nunca, en cambio, identificar
lo de Iván y Alejo, de quienes recuerdo la muerte por reducción
a polvo, frío y hambre que habían pasado, en una cabaña
entre hielos, y, encima de una mesa, el texto de sus memorias, o acaso sólo
la narración de algunas aventuras: pero, eso sí, las páginas
en que se iba preparando la muerte, hasta el final “no puedo más,
Alejo”.
Por aquel valle donde nací bajaban los vientos más estruendosos,
galernas de la mar que entraban por Cobas y recorrían el camino sinuoso
y tierno, verde siempre, a veces con las amarilleces de los castaños,
de las aliagas o de las hojas muertas; el viento se ensanchaba en la ría,
para ahilarse otra vez entre castillos y salir por la boca, pitando. O silbando,
más bien.
Gracias al viento aquel descubrí que todo puede ser flautín, acordeón,
orquesta, si a su paso acaricia agujeros sonoros. La casa de mi abuela fue el
primer conjunto sinfónico de que tuve experiencia: el viento hacía
vivir sus resquebrajaduras, sus oquedades, los filos de las tejas: acariciaban
sus dedos largos aquellas superficies como el teclado de un bandoneón.
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Con ese
viento, esas historias, ¿qué esperaban que fuera? ¿Por
ventura ingeniero de caminos? Mi fantasía no me cupo jamás
en fórmulas de integrales ni en el cuadro preciso de los
planos bien dibujados. Sin embargo, me gustaban los barcos de guerra.
Yo creo que por razones de sensibilidad, aparte lo de la casta.
A un ferrolano (mi casta es ésa) siempre le gustan, salvo
aquellos que los odian, que es ya un modo de gustarles, o de amarlos.
Pero mi afición a aquellas siluetas de un gris oscuro inconfundible,
tan elegantes, que estaban en la mar como caídos aplomadamente,
se compensó desde un principio con el amor a los veleros:
primero, los que también pertenecían a la Armada,
como aquella corbeta Nautilus en la que tuve ocasión de
dar algunas bordadas con todo el trapo desplegado; más tarde,
los grandes navíos de tres puentes que se hundieron en Trafalgar.
Finalmente, los clippers de cinco mástiles.
Y, fuera de programa, la Hispaniola, el Narcissus y
otros famosos navíos de la literatura. No necesito añadir
que realicé con el señor Gordon Pym su famoso viaje
y que desde entonces ando perdido en un desierto de hielo con algún
que otro pingüino rezagado.
(A propósito: Trafalgar, en aquel mundo, era algo sucedido anteayer, lo
cual no es raro si se considera que lo de Cavite y Santiago había acontecido
ayer mismo. La diferencia consistía en que el relato de Cavite lo escuché de
labios de testigos, y lo de Trafalgar, de enterados por tradición. Cuando
años después leí lo de Galdós, nada me pareció nuevo
porque todo me lo sabía de memoria, y no de la mía propia, sino
de ese lugar en que la memoria de uno coincide con la de muchos. Ahora, casi
lo tengo olvidado.)
3Azar, destino, ¿qué sabe uno? La puerta pudo haber permanecido
cerrada indefinidamente, podía estarlo aún, y no abrirse jamás.
Hubiera, en ese caso, crecido dentro de mí una especie de doble encargado
de fantasear de lo lindo aprovechando los ratos libres, imposibilitado, sin embargo,
de aplicar la imaginación al oficio que ejercido, donde la imaginación
cabe, ¿quién lo duda?, pero está prohibida: porque en este
país, el despliegue efectivo de la imaginación se les prohíbe,
o, al menos, se les reprocha, a los que de ella viven y se alimentan. “¡Que
inventen ellos!” no se justifica ni aun por su contenido poético.
Quien la profirió no tenía -lo siento- el alma de
nardo.
El caso fue, sin embargo, que aquel compañero de colegio, once años
más o menos, me apostó una peseta a que yo no era capaz de escribir
una novela del Oeste (el Far-West, se entiende, con indios por el medio). Gané la
apuesta y recibí la segunda cornada del destino, aquella no cerrada todavía,
me cogió ante la extrañeza de los que me rodearon, de los que lo
supieron, de todos los bien pensantes y bienhacientes. “Este tiene que ser
un chico raro.” Y no digo que tomasen precauciones, pero sí que me
miraban de cierta manera. Y, a veces, me preguntaban: “Y, dime, ¿de
dónde copias eso que escribes?”
¡Hombre, copiar, no! Plagiar, sí, por supuesto: pero hay un matiz...
Que yo sepa, todo el mundo empezó plagiando. Si se hace con palabras distintas,
viene a ser un ejercicio bastante útil. No conviene, sin
embargo, quedar en eso.
En cada una de las infinitas narraciones, y algún que otro drama, escritos
entre 1921 y 1926, había siempre una mujer. A veces, dramáticamente,
dos. Y esto hay que explicarlo.
4Hacia 1916, descubrí por mi cuenta que entre “un” niño
y “una” niña, llamados respectivamente Gonzalito y Lina existían
ciertas relaciones cuya naturaleza no coincidía con la de las establecidas
entre los “otros” niños y las “otras” niñas,
Pero, de esto, Lina no sabía nada. Era como si, entre dos árboles,
se estableciera un puente de madreselvas que fueran del uno al otro, pero sin
regresar. Yo amaba, pero no sólo no era correspondido, sino que ignoraba aún
que el amor pide correspondencia.
Era muy curioso: yo arrancaba de la mata una rosa silvestre, decía que
era Lina, o, cuando organizaba, con retazos de tablas, mi teatrito en el ancho
repecho pétreo de la ventana, al situar en el escenario dos estaquitas
semejantes, una era Lina y la otra Gonzalito. ¿Qué le voy a hacer?
Desde entonces (insisto, 1916), siempre hubo una Lina frente, o al lado (a veces
dentro), de Gonzalito. Incluso cuando perdió definitivamente el diminutivo.
Pero, a veces, hubo más de una, igual que en aquellas obras que veía
en el teatro al que empezaron a llevarme desde muy niño: pero no fueron
más que una por influencia teatral, ni mucho menos. |
Ciertas
situaciones, ciertas experiencias, ciertos dolores, no necesitan
del Arte, sino que sobrevienen solos. El Arte las registra.
La naturaleza de esa relación a la que me he referido se mudó a
lo largo de los años: acaso sea lo suyo propio, mudar. Empezó por
una rosa silvestre, perfecto sustituto en mi corazón Ahora, ya no:
tiene que ser cuerpo para que manos y boca investiguen conozcan, acaricien, besen,
para la pena y la delicia.
Es necesario reconocer que el conocimiento, así alcanzado, del otro,
es infinitamente superior al de los meros símbolos. Es verdad que a Lina
le vi una vez las braguitas, pero sin la menor malicia. Sin embargo, ¿por
qué lo recuerdo? Fue en la escuela: mi banquito estaba frente al suyo.
Y por alguna razón desconocida y maravillosa, separó las rodillas.
Yo estaba mirando. Pero, ¿por qué?
¿Y por qué asocio al de Lina el recuerdo del silencio? En ese valle
que recorrían los vientos se asentaba a veces un silencio tan entero,
tan compacto, que resultaba casi irreal. Sin embargo, una o dos veces más,
a lo largo de mi vida, volví a escucharlo. Aquél acontecía
en las noches oscuras, durante ese intervalo que corre el momento en que los
grillos dejan de cantar, lo mismo más o menos, que los incansables alacranes,
y sobreviene súbito el estallido sonoro del ruiseñor. Uno de ellos
se escondía en el nogal frontero, o en algún matojo o aledaño.
Y cuando nos reuníamos en el balcón a tomar el fresco, alguien
decía siempre: “A ver si canta el ruiseñor.” Y esperábamos,
en silencio también.
El ruiseñor, sin embargo, prefiere horas más altas. Solía
defraudarnos. Entonces, para sustituir su melodía cantábamos a
coro un cuplé de Raquel Meller: “Flor de té”. Yo era
entonces, por supuesto, el zagal.
5Conviene hacer justicia al padre Miguel, la única persona que tomó en
serio mi vocación literaria, la única que me ayudó con
libros y consejos. Era acaso un frailecico demasiado joven, que acaso hubiera
escondido bajo los hábitos una secreta vocación lírica,
a las veces mostrada con poemillas ingenuos. Una vez, muchos años después,
en una calle madrileña donde nos tropezamos, me dijo que la literatura
no valía la pena. Se dedicaba, entonces, a la predicación. Yo le
dije que bueno, pero que me faltaban ciertas condiciones y algún que otro
carisma para dedicarme también a predicar.
El fraile aquel me dijo cuando publiqué El viaje del joven Tobías y
se lo llevé, dedicado; mejor dicho, cuando ya lo hubo leído, que
quien había escrito aquello podría, sin duda, escribir otras cosas
de más mérito (bueno, no sé si fueron exactamente éstas
las palabras de su profecía, pero, fueran las que hayan sido, me reconfortaron
mucho. ¡Y cuidado que ya la vida nos había separado, como en la
letra de cualquier tango! Entendiéndolo bien, por supuesto)
El padre Miguel fue mi primer crítico. Les llevaba a otros la ventaja
de la benevolencia y se parecía a algunos en no concebir la literatura
más que de un modo monótono y lineal: el que cabe en los caletres
estrechos. Por aquella época descubrí, porque me lo echaron en
cara, que el sentido del humor era pecado contra el espíritu, en el mundo
de las grandes solemnidades. Hay quien concibe la realidad como un desfile de
fanfarrias, hay quien como un velorio, hay para quienes no pasa de ballet, pero
también existe el que llega, se asombra, se ríe, se encoge de hombros
y se pone a tocar la flauta aledaño a un alcornoque, dado que no siempre
queda a mano la muchachita de pechos sobrecogedores. Pues ahí está mi
secreto.
Mi error no fue otro que el tomar en serio a los demás, en un exceso de
respeto. “El Arte tiene que ser así”, y yo lo hacía así. “Ahora
tiene que ser asado”, y venga a asarlo. Hasta que lo mandé todo a
paseo e hice lo que me parecía, bien o mal, pero a mí modo. Y ahí está lo
hecho. Que lo mejoren.
Confío en que, hoy, el padre Miguel, no aprobaría mi obra, pero
me perdonaría.

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