 |
|
16/11/2007 | |
|
| |
DESFALLECE |
|
|
|
Hace unos doce años decidí dejar la profesión de psiquiatra y dedicarme a escribir. El tiempo demostró que había elegido correctamente, pero no se trató de un camino fácil, como es de suponer, y al principio fueron pocos quienes me ofrecieron confianza y ánimo; muchos menos aún quienes me hablaron con honestidad, sin tapujos, tratando siempre de aconsejarme lo mejor.
Hace unos cuarenta y ocho años que nací, y por extraña y triste coincidencia, el día de mi cumpleaños –este trece de noviembre pasado- se iba del mundo una de las personas más honestas y sinceras que he conocido: el doctor Maximino Lozano Suárez, jefe de sección de psiquiatría del hospital Ramón y Cajal de Madrid, el hospital donde me formé.
Maxi, como todos le llamábamos, fue un hombre cariñoso y abierto, capaz de enseñar la lección más importante que todo gran profesor enseña a sus alumnos: que un buen profesor enseña más de lo que conoce, incluso más de lo que pretende. Con su simple conducta, con sus palabras y su generosa comprensión, el doctor Lozano me enseñó que es posible saber mucho y al mismo tiempo ser humilde y sencillo. Pero en particular aprendí de él una lección más inolvidable: que es posible ser siempre honesto, veraz, sin necesidad de herir; que se puede decir siempre lo que realmente se piensa, cuando nuestra única voluntad es el deseo de ayudar a otro.
Al doctor Lozano le sorprendió que abandonara mi profesión de psiquiatra. Y no ocultó su sorpresa, incluso su intranquilidad. No quiso optar por el disimulo de aquellos a quienes no les importaba lo que yo hiciera: se dirigió a mí, preocupado, siempre con la esperanza de poder orientarme y ayudarme a elegir lo mejor. Luego, cuando los pequeños éxitos me brindaron más seguridad, fue el primero en cambiar de opinión. Pero no cambió con disgusto, ni me ofreció más o menos apoyo que antes: simplemente, aceptó que yo ya era escritor, y a partir de entonces no dejó en ningún momento de interesarse por mi carrera y mis libros.
Muchos son los que ahora lloran a Maxi, y no pretendo ser quien más le conoció o le amó. Pero miro a mi alrededor y noto que el mundo es más débil en su ausencia, y un poco menos sincero de lo que era. El mundo, sin el doctor Lozano, desfallece algo más para mí.
Este mundo del año 2007, que perdió a mi padre, el hombre que más me quiso y apoyó en todo, acaba de perder ahora a Maxi Lozano.
Pobre mundo, qué solo, desvalido, desfallecido se queda.
16 de noviembre de 2007
José Carlos Somoza
|
|
|