DESFALLECE
VERDAD Y MENTIRAS
RECORDAR ES ESCRIBIR
EN CASA DE TÍA AGATHA
LA BIBLIOTECA ARRUGADA
FÁBULA DEL VAMPIRO
La llama
ESPERANDO EL REGRESO DE LOS LIBROS
EL VERDADERO ENEMIGO
SIN LUTO (Sobre los atentados del 11 de marzo en Madrid)
¿Y A TI QUE TE ASUSTA? (4) (H. P. Lovecraft, Stephen King y otros terrores)
¿Y A TI QUE TE ASUSTA? (3) (Poe, Machen y otros espectros)
   
| 16/11/2007 |  
  DESFALLECE  
Hace unos doce años decidí dejar la profesión de psiquiatra y dedicarme a escribir. El tiempo demostró que había elegido correctamente, pero no se trató de un camino fácil, como es de suponer, y al principio fueron pocos quienes me ofrecieron confianza y ánimo; muchos menos aún quienes me hablaron con honestidad, sin tapujos, tratando siempre de aconsejarme lo mejor.

Hace unos cuarenta y ocho años que nací, y por extraña y triste coincidencia, el día de mi cumpleaños –este trece de noviembre pasado- se iba del mundo una de las personas más honestas y sinceras que he conocido: el doctor Maximino Lozano Suárez, jefe de sección de psiquiatría del hospital Ramón y Cajal de Madrid, el hospital donde me formé.

Maxi, como todos le llamábamos, fue un hombre cariñoso y abierto, capaz de enseñar la lección más importante que todo gran profesor enseña a sus alumnos: que un buen profesor enseña más de lo que conoce, incluso más de lo que pretende. Con su simple conducta, con sus palabras y su generosa comprensión, el doctor Lozano me enseñó que es posible saber mucho y al mismo tiempo ser humilde y sencillo. Pero en particular aprendí de él una lección más inolvidable: que es posible ser siempre honesto, veraz, sin necesidad de herir; que se puede decir siempre lo que realmente se piensa, cuando nuestra única voluntad es el deseo de ayudar a otro.

Al doctor Lozano le sorprendió que abandonara mi profesión de psiquiatra. Y no ocultó su sorpresa, incluso su intranquilidad. No quiso optar por el disimulo de aquellos a quienes no les importaba lo que yo hiciera: se dirigió a mí, preocupado, siempre con la esperanza de poder orientarme y ayudarme a elegir lo mejor. Luego, cuando los pequeños éxitos me brindaron más seguridad, fue el primero en cambiar de opinión. Pero no cambió con disgusto, ni me ofreció más o menos apoyo que antes: simplemente, aceptó que yo ya era escritor, y a partir de entonces no dejó en ningún momento de interesarse por mi carrera y mis libros.

Muchos son los que ahora lloran a Maxi, y no pretendo ser quien más le conoció o le amó. Pero miro a mi alrededor y noto que el mundo es más débil en su ausencia, y un poco menos sincero de lo que era. El mundo, sin el doctor Lozano, desfallece algo más para mí.

Este mundo del año 2007, que perdió a mi padre, el hombre que más me quiso y apoyó en todo, acaba de perder ahora a Maxi Lozano.

Pobre mundo, qué solo, desvalido, desfallecido se queda.

16 de noviembre de 2007

José Carlos Somoza