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| Existen
dos pueblos de Roquedal completamente distintos:
uno es el normal, donde brilla el sol y suena
la playa, y el otro se encuentra en los libros.
He querido escribir esta especie de diccionario
basándome en los dos. Los libros donde
se menciona Roquedal son, por orden de publicación:
“Planos”, “Cartas de un
asesino insignificante”y “La dama
número trece”, pero todos se
refieren a historias del pasado. Es posible
(sueño con esa posibilidad) que alguien
escriba otro libro con alguna historia de
ahora. ¿Quizá la mía?...
Bueno, soy demasiado presuntuosa. En todo
caso, espero que esta especie de diccionario
me ayude a comprender mejor el pueblo, porque
estoy segura de que Roquedal alberga un secreto,
un enigma muy grande, y solo reuniendo todos
los datos voy a ser capaz de resolverlo…
Las
entradas están dispuestas en orden
alfabético y entre paréntesis
incluyo el título del libro (o los
libros) donde encontré la referencia.
Cuando no hay títulos… ¡la
referencia soy yo! Es decir, mi propia historia
(a lo mejor seré yo quien la narre
en el futuro).
Soledad
Olmos
Verano de 2003 |
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Párraga,
Baltasar.
(Planos,
Cartas de un asesino insignificante)
Cada pueblo tiene su loco. Roquedal
tiene a don Baltasar. Aquí
todos dicen que perdió
la cabeza cuando su mujer falleció.
Su casa está en las afueras,
por la carretera del norte,
cerca del cementerio, y según
Roimar poseía en el jardín
cuatro enanitos de piedra, o
algo parecido. Ahora se encuentra
a punto de ser demolida, ya
que lleva varios años
deshabitada (el pobre señor
Párraga está ingresado
en un psiquiátrico).
Roimar afirma que guardaba en
una habitación un maniquí
femenino calvo, que él
relaciona con la figura de la
Bailarina (ver “Bailarina
calva”).
Poveda,
Carmen del Mar.
(Cartas
de un asesino insignificante)
Leí “Cartas de
un asesino insignificante”
antes de venir a Roquedal. Está
escrita por Carmen del Mar Poveda
y editada por José Carlos
Somoza. En ella, Carmen del
Mar nos cuenta un poco de su
vida (y de sus secretos). Yo
no la he conocido, pero quisiera
conocerla cuando regrese a Madrid.
Es una mujer muy inteligente,
y Roquedal le sirvió
(como a mí me está
sirviendo, creo) para ajustar
cuentas con su pasado.
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Ramírez,
Eulogia.
(Cartas
de un asesino insignificante)
La llaman “la de la flecha”.
Era la hija de un pescador.
Carmen del Mar afirma que su
leyenda se la contó don
Fernando el cura, aunque cualquier
anciano en Roquedal la conoce.
Esta es mi versión: jugando
con otros niños en la
playa, a Eulogia le clavaron
una flecha en el pecho (menudos
juegos los de antes, pienso
yo). Lo raro es que no murió,
aunque la leyenda afirma que,
en realidad, sí murió,
pero la Muerte, que se había
enamorado de ella, le ofreció
continuar en este mundo un tiempo
más. Regresó a
su casa con la flecha clavada,
un médico se la extrajo
y siguió viva, pero le
dejó dentro del corazón
una astilla. Vivió muchos
años más, hasta
que un día, ya anciana,
afirmó estar enamorada
de alguien en secreto (no dijo
quién)… y ese mismo
día falleció.
La gente lo atribuyó
a que la astilla, clavada en
el corazón durante tanto
tiempo, le había abierto
la herida. ¿Una historia
romántica?
Reyes
de Mayo, La fiesta de los.
(Cartas
de un asesino insignificante)
No he visto nunca esta fiesta
(apenas llevo unas cuantas semanas
en el pueblo), pero Manuel Guerín
escribe sobre ella y Carmen
del Mar nos ha dejado un interesante
testimonio al respecto. Se trata
de una tradición muy
antigua que, según algunos
procede de la dominación
árabe y según
otros de un ritual pagano aún
más viejo. Cada año,
al llegar mayo, dos roquedeños
interpretan a los Reyes, que
son muñecos cabezudos
con zancos. Otros se disfrazan
de “Nobles”. La
Reina espera al Rey en la plaza
y luego ambos emprenden una
especie de carrera cuesta abajo
hacia la playa. La tradición
dice que trae buena suerte seguirlos
cogiendo la mano de tu pareja
y corriendo tras ellos mientras
gritas: “¡Arrastrá!”
En la playa se instalan chiringuitos
donde se bebe y se baila, y
la última “estación”
se encuentra al pie de la torre
árabe, donde los Reyes
danzan y el Rey se quita la
máscara. Lo que más
impresionó a Carmen del
Mar fue el momento en que el
Rey se quita la máscara…
¡y debajo no hay rostro,
solo un cartón pintado
de negro! (He soñado
con ese rostro negro estas noches
pasadas…)
Rocío.
(Planos)
Rocío… Era la hija
de Carmen la matrona. Una verdadera
lástima no haber podido
conocerla (se había marchado
del pueblo tras la muerte de
su madre), ya que los papeles
que dejó el doctor Roimar
se refieren sobre todo a ella.
¿Se trata tan solo del
punto de vista de Roimar o había
algo fuera de lo normal en ella?
Roimar la describe con cierto
misterio. Por ejemplo, de sus
ojos dice que estaban “abiertos
y absortos, como si no fueran
ojos: como si estuvieran allí,
en su rostro, con un fin inverso
al de mirar: el de ser mirados”…
¿Y qué explicación
debemos darle a sus apariciones
posteriores en la misma historia?
Roquedal.
(Planos,
Cartas de un asesino insignificante,
La dama número trece)
Un pueblo costero andaluz. Llegar
a él para cualquiera
que viva en España es
muy fácil: consiste en
viajar hacia el sur hasta que
el mar nos impida el paso. Y
allí está.
Roimar,
Marcelino.
(Planos)
El joven médico que vino
a sustituir al doctor Torres
hace varios veranos. Era “un
hombre de ciudad”, como
él mismo se definía,
y quizá todo lo que le
sucedió fue debido a
esto (se me ocurre ahora, ¡qué
idea tan extraña!, que
yo soy “una chica de ciudad”).
Solo sabemos de él que
se había separado de
alguien a quien amaba –Mariela-
y que tenía “un
miedo amoroso” a quedarse
solo (me gusta esta expresión:
un miedo amoroso). Su único
recuerdo de Mariela es un reloj
de pulsera que imita los relojes
blandos de Dalí. Era
un individuo triste, pero su
historia no solo es triste sino
extraña, relacionada
con Roquedal y con una adolescente
llamada Rocío.
Rosa.
(Planos)
Rosa era una viejecilla muy
simpática que cocinaba
y atendía al doctor Torres.
“Al sonreír”,
dice Roimar describiendo su
rostro, “todas las arrugas
forman líneas como los
radios de una rueda.”
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Sirena,
La.
(Planos)
Roimar ofrece una escueta descripción
de “La sirena” (la
disco-pub de Roquedal: sigue
siendo la única que hay)
que es completamente falsa.
Aún no entiendo por qué
asegura que el interior de este
antro es rojo. En realidad,
es azul. Sin duda había
luces rojas que le confundieron.
Estuve hace varias noches, solo
por verlo, y lo comprobé.
Hay una sirena pintada en la
pared. Los fines de semana hay
ambiente, pero es algo aburrido.
Somoza,
José Carlos.
(Planos,
Cartas de un asesino insignificante,
La dama número trece)
De una u otra forma este escritor
se las ha arreglado para editar
(o narrar él mismo, como
en el caso de “La dama
número trece”)
todos los libros que he leído
hasta ahora sobre Roquedal.
Es obvio que este pueblo le
interesa a él tanto como
a mí. Sin duda también
ha pasado temporadas aquí,
pero no he encontrado a nadie
que lo recuerde. Puede que todos
los que lo conocieron hayan
fallecido ya (Manuel Guerín,
don Fernando, César Sauceda…),
pero con otros que aún
viven no he hablado todavía
(Carmen del Mar Poveda, Baltasar
Párraga…) Por lo
que sé, Somoza también
vive.
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Verónica.
(Planos)
“Linda y flacucha”,
así describe Roimar a
esta niña con anginas
a la que visita una mañana
a domicilio, y en cuya habitación
descubre un misterioso reloj
sin manecillas que pertenece
a Estío (ver “Nombres
del pueblo”). Esta extraña
escena me ha confirmado que
el doctor Roimar estaba ya,
sin duda, bastante enfermo.
No he logrado encontrar a esta
niña, que ahora debe
de tener más o menos
mi edad.
Virgen
del Gato.
(Cartas
de un asesino insignificante)
La Virgen del Gato es una figura
de Virgen con un largo manto
negro cuya base forma unas arrugas
que parecen (observadas desde
cierta distancia) un gato negro.
A ello contribuye la presencia
de dos pequeñas perlas
o cristales cosidos que semejan
ser los ojos. El efecto es mucho
más intenso, al parecer,
cuando la sacan en procesión.
“Ver el gato” de
la Virgen durante las procesiones
de Semana Santa trae buena suerte,
y no hay roquedeño que
no lo haya visto. Desde luego,
en la iglesia donde la Virgen
pasa el resto del año
las arrugas del manto parecen
solo eso: arrugas, no un gato
ni un perro ni ninguna otra
cosa (lo he comprobado). A Carmen
del Mar Poveda esta ilusión
óptica (que ella sí
presenció durante la
procesión) le interesó
mucho.
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