Los debates acerca de la Globalización
continúan incansables. A veces hasta
dan la sensación de un choque de
creencias. Por un lado los fervorosos adictos
del absoluto y único dios Mercado,
con cuya adoración nos serán
dados todos los bienes por añadidura.
Enfrente los defensores de la diosa Vida,
cuyas múltiples manifestaciones no
se dejan reducir a lo económico.
En uno y otro frente se repiten incansables
las afirmaciones y refutaciones.
En esa controversia sorprende un argumento
de los globalizadores a ultranza porque,
esgrimido por ellos con insistencia, no
parece que sus adversarios lo rechacen
con la misma energía, como si lo
aceptaran resignados por resultar inatacable.
Me refiero a la tesis de que la globalización
actual es consecuencia ineludible del
progreso tecnológico. La técnica
-se afirma- ha mundializado el intercambio
comercial y financiero sobre la Tierra
y, al ser un hecho planetario, su funcionamiento
ha de afrontarse en forma global. La técnica
se impone porque determina unívocamente
las decisiones humanas. Muchos callan
ante esa tesis que, sin embargo, es falsa
de toda falsedad.
La técnica no tiene esa decisiva
capacidad pues su uso, y los efectos resultantes,
dependerán de quien tenga el poder
de usarla y de lo que quiera hacer con
ella. Decisión que, a su vez dependerá
de lo que ese dueño considere útil
o necesario y para eso se guiará
por sus creencias, por los valores que
guían sus actos.
Dicho de otro modo: la técnica
es un instrumento al servicio de unos
fines y éstos orientarán
su empleo. Pensar que el único
fin deseable es el del beneficio económico
(y de ahí, creer que la técnica
exige la Globalización) es algo
solamente aceptable para la limitativa
visión de una sociedad de mercado.
Por si no convence algo tan obvio tenemos
en nuestra propia historia una demostración
deslumbradora. Recuérdese que en
la etapa final de la Edad Media, al mismo
tiempo que en algunas mentes empezaban
a brotar nuevas luces, emergieron en la
vida europea tres innovaciones tecnológicas
de inmensa trascendencia para rematar
el final del medievo y abrir las puertas
de los nuevos tiempos del Humanismo, el
Renacimiento y, luego, la Reforma.
La pólvora, para empezar, resultó
decisiva para combatir y demoler los castillos
donde el feudalismo había acuartelado
el poder de los señores. La brújula,
que llegó de Oriente, permitió
a los navíos despegarse libremente
de la navegación a la vista de
la costas o de la orientación por
los astros y, con ello, facilitó
las grandes travesías oceánicas
en las que tanto se distinguieron portugueses
y españoles, llevando alrededor
del mundo la gran aventura de la expansión
europea. Por último, pero quizás
lo más importante de todo, la imprenta
de Gutemberg puso el contenido de los
hasta entonces escasos manuscritos (privilegio
de pocos) al alcance de mentes mucho más
numerosas y ávidas, contribuyendo
a la difusión de las nuevas ideas.
No será exagerado decir que sus
efectos fueron tan impresionantes o más,
que los que se atribuyen hoy a Internet,
teniendo en cuenta las respectivas situaciones
históricas. Pues bien, resulta
que esas tres poderosas palancas de progreso
eran conocidas en China desde siglos antes,
pero no recibieron las aplicaciones para
las que se usaron en Europa. La pólvora
se usaba para fuegos artificiales y espectáculos
o para ciertos trabajos de campo.
La brújula no tenía apenas
uso porque China se bastaba a sí
misma y no necesitaba navegar para conocer
culturas que estimaba inferiores ni para
obtener productos que no apreciaba. Finalmente
los textos impresos con tipos móviles
daban un resultado infinitamente tosco
frente al refinamiento estético
de la prodigiosa caligrafía china:
un arte tan elevado como el que más.
La imprenta no tenía sentido ni
merecía la estimación de
los sabios.
China no se dignó usar esas técnicas
porque entre sus valores supremos no estaba
la productividad material a ultranza ni
la maximización del beneficio monetario.
De la misma manera, si aquí algunos
negamos que la Globalización sea
un imperativo tecnológico es porque
nuestros fines (los derechos humanos,
para empezar, pero los de todos) exigen
un uso diferente de la técnica.
Un uso que desde luego es posible, aunque
se niegue por intereses egoístas.
Bertrand Russell ya sugirió hace
tiempo que si en un país se creara
una maquinaria capaz de producir tantos
zapatos como antes en la mitad de tiempo,
un gestor humanista decidiría no
aumentar la producción a cambio
de ganar en tiempo libre, mientras que
un mercantilista duplicaría la
cantidad e impondría su venta mediante
los muchos trucos persuasores de la publicidad.
Para terminar: sin duda las finanzas
internacionales son hoy un hecho planetario
y globalizable. Pero también lo
es la justicia contra el terrorismo, la
amenaza de plagas como el sida, la degradación
del medio ambiente o la ignorancia incapacitadora
para el progreso. Esos y otros problemas
se plantean también a escala mundial,
y a pesar de ello los máximos poderes
globalizadores de la economía se
resisten a aceptar el Tribunal Penal Internacional,
los acuerdos protectores del clima y de
la salud o una auténtica y eficaz
ayuda al desarrollo del mundo pobre.
Para los globalizadores, por lo visto,
el progreso técnico sólo
ha de aplicarse en los sectores que a
ellos les convienen. Así no cabe
entendimiento entre los dos bandos, dados
sus objetivos contrapuestos. Tecnificar
la Globalización para hinchar los
beneficios es el objetivo del poder económico
dominante. Globalizar la Tecnología
es la meta humanista, para que progreso
llegue a todas las áreas de la
vida.
BOLETIN ECONOMICO DE ICE N° 2750
46 DEL 2 AL 8 DE DICIEMBRE DE 2002
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