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Ahora bien, si la flagelación
es un componente habitual del masoquismo, éste,
a su vez, forma parte de un campo vital aún
mas abarcante, rico y complejo: el erotismo, erizado
de tantas confusiones, prejuicios y desconocimientos.
No intentaré ni siquiera desbrozar aquí
ese mundo tan vasto y sólo expondré
unas notas indispensables a mi juicio para valorar
la significación más destacada de
Sacher-Masoch.
Una noción breve y completa es la siguiente:
Erotismo es igual a Sexo más Civilización.
Es decir, significa enriquecer la pulsión
biológica del instinto con las aportaciones
creadas por la mente humana a lo largo de la historia.
Por tanto el erotismo es un aspecto central de nuestra
existencia porque la persona es justamente una conjunción
de naturaleza y cultura. Aspecto, además,
prioritario sobre otros también importantes
porque atañe a la reproducción y perpetuación
de la vida. Esa estrecha vinculación del
erotismo con la vida justifica que Georges Bataille
iniciara su conocido tratado sobre el tema con estas
palabras: "Del erotismo cabe decir que es la
aprobación de la vida hasta en la muerte
Propiamente no es una definición, pero creo
que esa fórmula expresa el sentido del erotismo
mejor que ninguna otra" .
De paso y también brevemente entenderé
así la relación entre tres conceptos
a veces confundidos: el sexo, arraigado en los genitales;
la pornografía con su humor de Gargantúa
y su risa homérica, vinculada a la carne
y, finalmente, el erotismo, centrado en el cerebro,
donde se asienta el género, que no siempre
coincide, con el sexo.
Dado a esa condición esencial y prioritaria
del erotismo importa, frente a los castradores y
represores de lo humano, resaltar la virtud del
erotismo, como impulsor y enriquecedor de la vida,
elevándola sobre la mera biología
para arrebatarnos física y emocionalmente.
Por eso no es exagerado el carácter sagrado
atribuido por Bataille al erotismo -después
de todo ¿no es sagrada la vida?- aunque la
petrificación del espíritu por el
dogma oscurezca la exaltación vital de los
místicos, más de una vez perseguidos
por sus iglesias oficiales pero cuyas ansias de
vivir a Dios (en vez de explicarlo a lo teólogo)
les han llevado en todas las culturas a las más
altas cumbres de la aventura humana. La consanguinidad
entre la mística y el erotismo -ya aludida
aquí- es innegable y todavía más
perceptible aún en otras culturas, como la
tántrica o el islamismo sufí. También
en la nuestra, y el arte occidental la ha plasmado
en creaciones tan expresivas como el éxtasis
en el rostro de la Santa Teresa de Bernini en la
iglesia romana de Santa Maria de la Victoria o,
mejor todavía, en el deliquio de San Bernardo
en los brazos de Jesús, pintado por Ribalta
en la Visión del Museo del Prado: nada más
semejante a un orgasmo que esas facciones. Por si
no bastara, ahí están los textos de
los propios exaltados, llámense San Juan
de la Cruz o Djalal-ud-Din-Rumi entre los artísticamente
más excelsos. El propio Bataille recoge en
su citada obra el famoso pasaje de la transverberación
en el que Santa Teresa siente cómo una punta
de fuego traspasa con gran dolor sus entrañas
pero también con dulzura tan excesiva que
no querría perdérsela . Es más,
Bataille cita testimonios fiables de personas que
tras haber vivido raptos místicos perdieron
la fe y luego, habiendo experimentado el amor carnal,
comprobaron que sus trances anteriores fueron exaltaciones
venéreas. No es que deba reducirse lo místico
a lo erótico -advierte Bataille- pero sí
es un hecho que entre ambos existen "similitudes
flagrantes, equivalencias e intercambios" .
Desde otro ángulo lo explicaba el pensamiento
de nuestro Felipe Trigo, marginal y perseguido escritor,
afirmando que el amor es el sentimiento que une
las aspiraciones espirituales y el placer de la
materia, pues erotismo y fervor religioso derivan
de un mismo impulso .
Ese carácter sagrado de lo erótico
era connatural en la cultura clásica, ese
mundo antiguo en el que ahondan nuestras raíces.
Como advirtió Walter Pater en su Estudio
sobre Dionisos con el Olimpo máximo de Zeus
coexistió un "Olimpo menor", un
mundo oscuro poblado de sátiros, ménades,
faunos, nereidas y otros seres, todos ellos símbolos
para la imaginación griega de los componentes
irracionales del hombre, de los impulsos animales
que la visión apolínea trataba de
aplastar bajo su armonía estática
y monumental. Para aquella cultura lo hoy considerado
"impuro" era tan sagrado como lo "puro",
porque pertenecía igualmente a las más
hondas raíces humanas: como cantó
Terencio, nada de lo humano les era ajeno. Pero
el injerto semítico del cristianismo impuso
límites dogmáticos y relegó
lo oscuro a la condenación medieval, con
sus llamas infernales iluminando los códices,
sus cazas de brujas y sus hogueras para disidentes.
Al apuntar la era moderna, con sus descubrimientos
culturales, empezó a abrirse paso una nueva
libertad manifestada ampliamente en la Reforma y,
en el terreno de la anécdota, con la picante
historia de los I Modi, las famosas posturas amatorias
grabadas por Giulio Romano con textos de Aretino
que escandalizaron a la Roma papal en el siglo XVI.
En general los artistas del Renacimiento inyectaron
ímpetu pasional en sus figuras y, según
Kenneth Clark, un estudio de Cristo resucitado original
de Miguel Angel y conservado en Windsor es probablemente
el más bello desnudo extático de la
historia del arte . Precisamente de Miguel Angel
es también una consigna que expresa al máximo
todo aquel espíritu de pulsión hacia
lo alto: Ascender vivo fra gli spiriti eletti!
Pero el verdadero punto de inflexión en
esta materia se produce en Occidente durante el
siglo XVIII. Corno vio con claridad Baudelaire,
admirado ante una lectura de Andrea de Nerciat:
"La Revolución la hicieron los voluptuosos
los libros libertinos comentan y explican la Revolución"
. En efecto, los escritores prohibidos socavaron
los eternos aliados del Trono y el Altar, iniciaron
así la toma de la Bastilla y dieron acceso
a los Derechos del Hombre y al progreso social,
nada menos. Quienes, por ejemplo, no conozcan de
Choderlos de Laclos más que su novela Las
relaciones peligrosas (y no es obra menor) se asombrarían
de sus avanzadísimas ideas sobre la educación
de las mujeres, a quienes arengaba para que ellas
mismas hicieran su revolución. Ser libertino
implicará siempre, por necesidad, ser libertario,
y claro está que en la lista de aquellos
escritores se alinearía por derecho propio,
décadas después, nuestro Sacher-Masoch,
La lista ha continuado y continuará; el mundo
oscuro sigue vivo y sagrado bajo las condenas. Así,
por ejemplo, en 1924 emergen los surrealistas de
André Breton esgrimiendo el sexo como arma
de liberación. Los disidentes son innovadores
y con ello impulsan el progreso pues la historia
es ante todo cambio y no el orden petrificado de
los conformistas.
Sin embargo, hoy asistimos a retrocesos ideológicos
y recrudecimientos puritanos. Destaca entre ellos
como anacronismo máximo, en esta sociedad
moderna declaradamente racional y democrática,
la incompatible estructura eclesiástica,
dogmática y autoritaria: una institución
superviviente de los tiempos históricos en
que reinaron las teocracias. Aunque haya pedido
perdón a Galileo la ideología vaticana
no ha salido del siglo XIII, sin que logren modernizarla
sus superficiales arreglos para ponerse al día,
desde él repliegue de la ropa talar hasta
la redecoración del infierno o el limbo.
Es precisamente en relación con el erotismo
donde la Iglesia, con su moral se aleja más
de la sociedad moderna porque pretende imponer una
moral contra natura. Ensalza la castidad y condena
el placer, lo cual implica denigrar el sexo, estar
contra la vida y contra un instinto biológico,
ignorando la variedad afectiva en la naturaleza.
Todo ello incide en la recelosa infravaloración
eclesiástica de la mujer, relegándola
a un nivel inferior de reproductora material, como
sí esa condición suya generativa no
la situara precisamente en el más intenso
contacto directo con la vida misma. Esa es la represión
que la iglesia quiere mantener sobre una sociedad
que cada día se muestra mas superficialmente
religiosa, practicando en su mayoría unas
costumbres sociales del buen parecer que le hacen
acordarse del cura en los tres acontecimientos del
natalicio, la boda y el sepelio.
Frente a esa represión no puede extrañar
que la fuerza de lo oscuro en la persona humana
haga manifestarse al erotismo como transgresor,
hasta alcanzar niveles de violencia.
Pero es transgresor no sólo en defensa
propia; es decir, contra el orden restrictivo que
pretende castrar la vida, sino por un impulso más
elevado e ineludible, a saber: la defensa de lo
marginado, lo diferente, lo anómalo, trátese
de personas o de actitudes. Porque, como nos enseña
la biología, en el camino incesante de la
evolución -es decir, el progreso y desarrollo
de la vida- los cambios son obra de los mutantes,
de los que se arriesgan a ser distintos, los que
encarnan originalidades para la creación
del futuro. De esos audaces disidentes muchos fracasan
y se extinguen porque no resultan viables pero otros
se erigen en arquetipos y ejemplos de nuevos modos
de existir. Ese es el valor y el sentido de las
transgresiones: atreverse a ser diferente para crear.
Pues la transgresión no se detiene en negar
la prohibición e incumplirla, sino que quiere
superarla y completarnos. Eso induce siempre a la
violencia: obliga a ella la misma represión
y el ímpetu generador hacia el progreso de
los seres. Violencia contra lo que se resiste a
desaparecer una vez acabado su tiempo, cuando ya
solo con su muerte puede servir a la vida, cuyo
rumbo es siempre hacia delante.
Nadie podrá negarle a Sacher-Masoch su
condición de escritor libertino en alto grado
y, como tal, uno más entre los luchadores
por la libertad, entendida como no reprimir los
impulsos de la vida en sus invenciones para crecer
y multiplicarse. Más de una vez he aplicado
a Sacher-Masoch la palabra "obsesión"
con toda justicia, pues la merece por su tenacidad
y dedicación, reflejadas en los relatos aquí
reunidos.
Como todos los disidentes, Sacher-Masoch se negó
a acatar la fe impuesta por los dominantes, clérigos
o laicos, pues en aparente paradoja su sumisión
sólo se manifestaba ante la mujer y en el
sexo, alzándose rebelde contra los dogmas,
frente a los cuales prefirió pensar y obrar
por su cuenta, ser quien en su verdad era, mirar
el mundo con sus propios ojos. Cualidades éstas
indispensables para lograr la plenitud humana, abrazando
nuestro mundo luminoso con el oscuro, igualmente
sagrados ambos. Por eso nada mejor para cerrar mis
comentarios que estas fervorosas palabras de Georges
Bataille, al concluir su mencionado libro:
"No olvidaré nunca todo lo de violencia
y de maravilla que tiene la voluntad de abrir los
ojos, de mirar cara a cara lo que sucede, lo que
es. Y no sabré lo que sucede si no sé
nada del placer extremo, si no sé nada del
extremo dolor". 
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