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Ahora bien,
Sacher-Masoch, como hemos visto, no se quedó
en mero flagelante. Esa adicción formaba
parte de toda su actitud, caracterizada por Krafft-Ebing
al utilizar su apellido.
El masoquismo abarca más y cala más
hondo que la flagelación e incluso puede
no necesitarla, centrándose en deleitosas
humillaciones. Krafft-Ebing insiste con razón
en que "lo esencial del masoquismo es su sujeción
a la mujer" , sin excluir la sumisión
femenina al hombre, o entre personas del mismo sexo.
Por supuesto que esa relación de dominación
ha de ser consensual acuerdo entre dos voluntades,
incluso con control del sumiso aunque no sea aparente.
La persona dominante y la sometida juegan conscientemente
su respectiva función. Las formas de automasoquismo,
como quienes permanentemente se subestiman a sí
mismos, me parecen más bien situaciones en
espera del dominante, e incluso la monja que se
flagela a solas lo ofrece a su Señor y tiene
así un referente ideal. En realidad la gran
mayoría de las relaciones humanas tienen
rasgos más o menos intensos de dominación
y dependencia, aunque sólo en los casos extremos
resulten masoquistas.
Se trata siempre, además, de una relación
amorosa, aunque se manifieste desviada de la expresión
afectiva normal. En su forma más completa
(que no es la del encuentro venal con un ama anunciada
en la prensa) la ternura inspira a los participantes
pues se trata de una experiencia auténticamente
erótica y, por tanto, enraizadas en lo más
hondo de lo humano. El hecho de que los masoquistas
sean minoritarios no justifica a quienes, con cerril
ignorancia, cierran los ojos a la variedad de sentimientos
en que se complace la inventiva creadora de la vida.
Aunque no se compartan las emociones del masoquista
el hecho es que el sumiso, con su actitud, se libera
de inhibiciones y alcanza otro nivel de conciencia
al abdicar de su voluntad en manos del dominante,
además de resolver posibles sentimientos
de culpabilidad. El dolor, por otra parte, provoca
compensaciones orgánicas mediante substancias
ya aludidas, además de generar a veces trances
o exaltaciones eufóricas.
La intolerancia dogmática declara culpables
a los adictos a estas y otras parafilias por creer
sin fundamento que obedecen a intenciones deliberadas
y maliciosas. La verdad es que esas tendencias no
suelen ser voluntarias ni conscientes y ni siquiera
deseadas, dado el rechazo social que acarrean. Hoy
el análisis objetivo no busca ya culpables
sino que detecta anomalías orgánicas
o infancias víctimas de educación
errónea, entre otras causas menores. En el
caso de Sacher-Masoch, que adoraba morbosamente
a su madre, hay motivos para atribuir a traumas
infantiles buena parte al menos de su carácter.
En La Venus de las pieles, tan transparentemente
autobiográfica, el protagonista le confiesa
a su ama: "ya de pequeñito experimentaba
hacia las mujeres un terror inexplicable
precisamente
por el impaciente interés que me inspiraban"
, eludiendo por eso el contacto físico con
ellas y, en cambio, abrazando y adorando una estatua
de Venus existente en su casa. Sigue luego el sumiso
protagonista narrando, sus emociones infantiles
cuando una tía suya, la condesa de Sobol,
le castigó por algo azotándole hasta
la sangre, tras lo cual le obligó a dar las
gracias y a besar la mano de la mujer. Así
continúa el texto: "Bajo la vara de
aquella lasciva dama, que se me representaba con
su kazabaika como una diosa colérica, la
sensación de la mujer se despertó
en mi por vez primera y desde entonces mi tía
me pareció la mujer más atractiva
de la Tierra. Mi sensualidad formaba en mi imaginación
una cultura artística y yo juraba no prodigar
mis emociones con un ser vulgar, sino reservarlas
para una mujer ideal o, quizás, para la misma
diosa del amor
Ya ve usted hasta que punto
predominaba en mi el ultrasensualismo; cuando estaba
enamorado de los crueles latigazos que recibí
de mi tía."
Resulta oportuno recordar que un doloroso placer
muy semejante lo experimentó Juan Jacobo
Rousseau a los ocho años con su aya Mademoiselle
Lambercier, según cuenta él mismo
en sus Confesiones. Se trata de algo más
común de lo que se cree, aunque no haya de
tener siempre las mismas consecuencias. Por algo
pudo afirmar Krafft-Ebing que "las manifestaciones
del masoquismo son sin duda de las más interesantes
en el campo de la psicopatología" .
Años después Freud subrayaría
su importancia para la organización de la
realidad psíquica. 
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