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¿Habéis
navegado alguna vez en un velero a lo largo de
la costa, movidos por una suave brisa que susurra
en las velas, y viendo a poca distancia cómo
van apareciendo y quedando atrás los detalles
del litoral? Estáis viendo una playa con
un círculo de casitas, blancas y rojas,
al pie de un monte, pero dobláis un promontorio
y el mundo cambia: es ahora un alto acantilado
a pico sobre el mar con orilla de espumas embravecidas.
Y más allá es un puerto, grúas
alargadas al cielo, inmensos buques cargando...
La vida se desliza ante nosotros.
Pues
bien, ésa misma experiencia, pero mucho
más rica, más llena de sorpresas,
la vivo yo en las grandes librerías. Entro
en una y me rodean los muros tapizados de estanterías
llenas de libros y, aunque ellos no se mueven,
mi lento paso va dejando atrás el universo
de las matemáticas y el de la zoología,
mientras se me ofrecen, en generosa variedad,
los estantes de novelas extranjeras, títulos
algunos que conozco, otros tan prometedores y
sugestivos que me gustaría desembarcar
en ellos, incluso al pasar acaricio un volumen,
lo abro al azar, casi voy a caer... ¡pero
es tan largo mi viaje, hay tantos horizontes alrededor
que continúo! Ahora navego con cuidado,
he de sortear islotes que se alzan en mi mar:
mesas cubiertas de libros con portadas, fotos
de autores, diseños atrayentes... No puedo
remediarlo, cargo un libro en mi esquife y sigo,
pues ahí veo relatos de viajes, fotos exóticas,
mapas reveladores, cargo con otro: un bello recorrido
por el Afganistán, sus montañas
nevadas al fondo, sus caravanas en el desierto,
las más preciosas sedas sobre el áspero
lomo de camellos ¡me quedo con él,
me quedo con él! Así podré
viajar cuando quiera a donde nunca podría
ir sin este libro, porque unos salvajes ya han
destruido sus bellezas...
Esa
navegación en la librería, en mi
carabela de los descubrimientos, y esa conquista
fácil de otros mundos, de otras vidas,
que nunca conocería sin el libro es la
fuerza, la magia, la salvadora vivencia de la
lectura. Desde que, en mi infancia, Salgari me
llevó a vivir entre los bucaneros del Caribe,
hasta ahora en que puedo asomarme a las mitocondrias
y su discutido misterio en las células,
mientras yo no pierda los ojos ni la razón,
la lectura llenará mis deseos, provocará
otros y me descubrirá lo que no sospecho
dando a mi limitada vida física perspectivas
innumerables.
¡Desdichados
los que se privan de estas navegaciones insustituibles,
indispensables, enriquecedoras! ¡Abramos
sus ojos a la lectura! |
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