| Cómo se
puede llegar a fundir la mente de un economista con
la pluma del literato sin padecer una crisis de identidad
por ello? |
-Depende de cómo uno entienda la economía.
Para mí es una ciencia social, una ciencia con
comportamientos humanos. Mire, si usted quisiera hacer
un modelo económico de la inflación, descubriría
que para controlarla necesita controlar también
lo que llamamos la oferta monetaria. Es decir, al final
tendría que poner de acuerdo a los sindicatos con
el gobierno, con los empresarios para llegar a un acuerdo
¿no? Pues eso no será nunca un resultado
matemático, será cuestión de influencias,
poderío social, capacidad de negociación,
etc. De modo que una ciencia social es sobre todo una
ciencia de comportamientos humanos y dígame usted
qué es una novela más que una cuestión
de comportamientos humanos. Yo soy un economista social
y el escribir con facilidad me ha ayudado a hacer más
legibles mis obras de economía; y el saber de la
economía me ha permitido hacer más sistemática
mi preparación, sobre todo en la estructura de
mis novelas.
-No obstante usted tuvo poco
que ver con los economistas ortodoxos. Siempre mantuvo
posturas críticas e intentó acercar esta
disciplina al público en general.
-Claro, si yo hablo en la televisión de
economía para todo el mundo, pretendo que me entiendan
todos. Le aseguro a usted que las cuestiones básicas
de economía, las que nos afectan a todos, se pueden
explicar con una enorme sencillez. Cuando no se hace así
es por pedantería, porque uno se encuentra en un
congreso de economía o porque lo que se pretende
en realidad es que no se entere nadie, cosa también
muy común.
Es imposible
disimular la sonrisa. Las distancias se van acortando
a medida que transcurre la conversación. Es increíble
cómo su juventud se filtra cada vez más
a través de su expresión, su frescura y
su sensibilidad. La pregunta suena a confidencia.
-¿Cuál es el secreto de su eterna juventud?
-No es el resultado de una fórmula aplicada, es
algo que se hace instintivamente y creo que a ello contribuyen
algunas cosas. Primero y muy importante es reírse
de todo, especialmente de uno mismo. Creerse importante
es lo más nefasto que hay, si uno se sitúa
en un plano realista, de sencillez y humildad -creo que
no se puede ser de otra manera-, uno llega a ser bastante
indestructible. La juventud en mi caso no es el resultado
de ningún secreto, me resulta más agradable
tener este espíritu. Vivo mejor así.
-¿Qué le han aportado esos ochenta y
un años que lleva sobre sus espaldas?
-La vejez -porque eso de la Tercera Edad me parece una
estupidez-, con un mínimo de salud, cierta independencia
económica y algo de riqueza cultural, me parece
una edad estupenda. La salud no la tengo muy buena ya
que padezco una afección cardíaca permanente,
pero me voy defendiendo. A nivel económico, afortunadamente
no tengo que pedir a mis hijos para vivir y con la cultura
me paso ratos estupendos. Además tengo una suerte
que tienen muy pocos -y perdóneme que lo diga-
y es que escribo, y gracias a ello llego a mucha gente
que me toma cariño, me escribe y se preocupan por
mí. Escucho música, disfruto leyendo, voy
al cine, al teatro... Me gusta la vida.
La sonrisa
radiante que se escapa de su rostro sin duda rubrica la
afirmación que acaba de hacer.
-No puede negar señor Sampedro que sabe sacarle
jugo a la vida...
-Sí, por supuesto, como un enano. Pero no lo diga
usted así porque podría escandalizar y resultar
obsceno. Mire, nos educan para el miedo, para que tengamos
miedo de pasarlo bien. Nos educan para que creamos que
esto es un valle de lágrimas y que luego lo podremos
pasar bien, pero sólo si somos buenos y dóciles.
Pero mire usted, yo eso no me lo creo -no quisiera ofenderla
si es creyente, yo no lo soy-, nadie me amarga a mí
el placer de vivir. Esos señores de negro no me
van a fastidiar.
-¿Y a qué viene lo de obsceno?
-Pues porque parece escandaloso que un señor de
mi edad diga que se lo pasa bien. Hay gente a la que -perdóneme
la expresión- le jodería muchísimo.
-Aquí entra el Sampedro con garra, el "abajo
firmante" por el que fue conocido en tiempos de la
Dictadura, un Sampedro que no está dispuesto a
renunciar a nada. Su fama de conquistador, su erotismo
vital transmitido a través de la pluma han conseguido
enamorar a un público de lo más variado.
Incluso llegó a publicar unos relatos eróticos
en la revista Play Boy, ¿no es así?
-He sido un sentimental y un enamorado, pero no un conquistador.
Un conquistador es un señor machista que cree que
se apodera de la mujer y encima lo dice con jactancia.
Yo he sentido siempre un gran respeto por ella a veces
quizá excesivo. En cuanto a lo de los relatos eróticos,
es cierto que fui el segundo premio de un concurso de
relatos eróticos y que salió publicado en
Play Boy. ¿Por qué voy a renunciar yo a
lo erótico? El relato se titulaba Divino Diván
y eran las memorias de un diván, escritas por cierto
con un alto espíritu científico. Debe usted
saber que soy un tratadista en divanología -comenta
con sonrisa abierta-. No hay que confundir los divanes
con las camas. La cama es convencional, definitiva, solemne;
el diván es libre, transitorio, juguetón.
En la cama se nace y se fallece; en el diván se
hace todo lo demás... se desfallece.
Luego, aunque crea que no, hay que tener cuidado con los
tapizados: cuero, satén, damasco... Unos resbalan
y otros no. En fín, como puede ver, toda una ciencia.
-Una ciencia en la que usted parece ser experto...
Me hablaba antes del erotismo, ¿cómo lo
entiende usted?
-El erotismo es algo que la cultura añadió
al sexo, igual que la gastronomía es lo que la
cultura añadió a la nutrición. El
sexo es el instinto vital de la cópula y de reproducirse
y todo lo que usted quiera... Luego viene la cultura y
lo adorna con un montón de cosas. Eso es el erotismo.
-Vamos, una cuestión cultural manejada también
por el poder.
-Sí, especialmente de poder porque el condicionar
el sexo les da a los señores de negro un poder
extraordinario. Fíjese en el poder de bendecir
y anular matrimonios en el caso de reyes, empresarios,
etc. Además de mover intereses enormes, a la Iglesia
se le hacían grandes concesiones. El pecado, la
invención de pecado es un invento morrocotudo.
¿Usted comprende que un niño recién
nacido sea un pecador, que alguien venga y diga que tiene
arreglo porque le echa agua sobre la cabeza y le pone
su mano encima...? Vamos, que eso de perdonar los pecados
les ha proporcionado una fuerza fenomenal. ¡Menuda
ganga!
-¿Y usted se ha visto influído también
por esta educación?
-Sí, desgraciadamente me condicionó y tardé
tiempo en separarme de estos planteamientos. La fuerza
de estos señores de negro es heredada del pasado
y en un país como el nuestro, tienen la fuerza
suficiente como para influir en la primera etapa de enseñanza
e inocular esas ideas desde la más tierna infancia.
La mayoría de la gente no consigue quitarse esos
planteamientos de la cabeza y a otros nos ha costado mucho.
-Me pregunto, señor Sampedro, ¿en qué
cree usted?
-Creo en el ser humano. Una civilización humana
es la que sigue la regla del griego que dice que "un
hombre es la medida de todas las cosas". Subjetivamente
hablando, creo que no puede ser de otra manera. Pienso
que una sociedad no será humana, ni humanista,
mientras no sea laica, mientras se siga impartiendo la
enseñanza religiosa obligatoria. Esta sociedad
está empapada de la mentalidad de que la mujer
es un ser de segunda -la mujer es la pecadora, la carne
es del pecado, etc.-, mentalidad que viene heredada especialmente
de la Iglesia que aún no ve a la mujer digna por
ejemplo, para el sacerdocio. Mientras la mujer no sea
tan persona como el hombre, no seremos una sociedad humana,
seremos una sociedad machista, católica, religiosa
o lo que quieran... pero no humana.
-Siempre ha demostrado ser una persona que piensa
por su cuenta, ¿ha sido castigado por ello?
-Yo comento las cosas con consideración y respeto
a los demás. Pero recuerdo cuando se publicó
mi libro El río que nos lleva, en pleno franquismo
y me ofrecieron hacer una versión radiofónica
de él. Aquello hubiera sido una buena publicidad
para mí, pero no llegó a ver la luz porque
me dijeron que yo era uno de los "abajo firmantes"
ya que siempre firmaba escritos en la Facultad protestando
contra el sistema de enseñanza de entonces. Cosas
como esas sí me han ocurrido, pero también
lo digo sin ningún tipo de heroicidad.
Sampedro fue
profesor de Estructura Económica en Madrid. Por
sus atípicas clases pasaron casi todos los economistas
de hoy que estudiaron en aquella época en la capital
de España: Solchaga, Alvarez Rendueles o Estefanía
Moreira. Fue asesor del ministro de Comercio siendo un
declarado antifranquista y para más inri, escribió
en tono divulgativo y escéptico un cómic
de iniciación a la economía: El mercado
y nosotros "para que la gente no se crea lo que le
dicen los economistas sobre el mercado. Ellos aseguran
que el mercado es libertad, y eso es falso. Lo que te
permite elegir no es el mercado sino el dinero que tú
tienes cuando vas al mercado".
-Siempre fue un adelantado para su época, incluso
se declaró europeísta en plena dictadura...
-Publiqué en 1957 el libro más gordo que
se haya escrito sobre la integración de España
en Europa. Digo el libro más gordo, no el mejor.
Y en cambio a mí hoy, no me interesa lo de Maastricht.
Me parece una estafa decir que esa es la única
puerta posible hacia Europa. Europa es mucho más
que una unidad económica, y Maastricht no es siquiera
eso, es una unidad comercial y financiera. A mí
lo que me interesa es una unidad humana y social, aspectos
no incluídos en esa unidad europea de la que se
habla.
- Su mente vuela como una mariposa en primavera. Experimenta
el maravilloso placer de poder dar vida a cualquier tema
sólo con su mente. ¿Cuáles son sus
fuentes de inspiración?
-Infinitas. Físicamente tengo las facultades reducidas,
pero mentalmente no. Podré decir disparates, fallar
o no, razonar algunas cosas, pero imaginar imagino lo
que me da la gana. Todo puede llegar a ser una buena historia,
sólo hace falta captarlo. De esta misma conversación
podría salir una gran novela, ¿no cree?...
"Igual que un niño que juega en la arena
y encuentra una concha nacarada, o un guijarro pulido
por las olas, o un corcho desprendido de las redes y,
conquistador de semejante maravilla, corre hacia la madre
a ofrecerle el humilde tesoro y la hazaña de haberlo
hallado, arrancándoselo al mundo por ella"(*),
así Jose Luis Sampedro se aproxima a sus lectores,
a sus amigos de manera inmediata, como un niño
que ofrece su mejor tesoro, el más sencillo, el
más valioso... todo él. 
(*) Mientras la tierra gira. Plaza y
Janés.
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