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En 1938, en el Océano Índico, unos pescadores
sacaron en su red, vivo todavía, a un pez nunca visto.
Asombrados biólogos lograron identificarlo: era un celacanto,
de una especie supuestamente extinguida hacía millones
de años y conocida sólo como fósil. Seres
marinos que desarrollaron cuatro aletas muy robustas gracias a
las cuales, en la época devónica, fueron de los
primeros vertebrados aptos para emerger de las aguas y empezar
la conquista de la Tierra. Torpe primer andar el suyo, pero hazaña
entonces tan memorable como la del primer astronauta pisando la
Luna.
Yo me siento ahora celacanto al aparecer aquí, pues también
yo pertenezco a otra época, anterior a internet y a la
electrónica deslumbradora. No he venido: me han empujado
y me veo atrapado en una red. Admiro estas técnicas -tanto
ingenio, tanta ganancia- pero me niego a ser deslumbrado porque
muchos focos ciegan. Prefiero ser iluminado por la linterna de
Diógenes en el ágora. Más me revela la guitarra
de Brassens en "La porte des lilas" que
la catarata de watios y megabelios del rockero en un estadio.
Bueno, ya que estoy aquí, me uno a los compañeros
de la resistencia contra el fundamentalismo dinerario del poder
global, que tiende esta red para apresarnos en su cárcel
de nudos. Pero la red no es sólo cordaje; también
es constelación de agujeros. Escapes por donde los pequeños
podemos ir a la libertad. O, mejor todavía, infiltrarnos
dentro y sabotear las trampas del dinero, que deslumbran pero
no iluminan la vida. Después de todo, si por internet se
amasan los millones de la especulación también gracias
a ella se movilizan las resistencias antiglobalizadoras.

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