| |
Una
noche de 1998 sonó el teléfono y oí una voz
que atravesaba el tiempo: “Habla Roberto, Roberto Bolaño”.
Nos habíamos conocido casi veinte años antes. La comunicación
no era muy buena; las palabras parecían venir de un submarino.
“Aquí hace mucho viento”, explicó Roberto.
Estaba en Blanes, una pequeña ciudad en la costa del Mediterráneo.
“Donde se alza la primera roca de la Costa Brava”, precisó.
Esa roca podía ser la última viniendo desde Francia,
pero él prefería que fuera la inicial. En conversaciones
posteriores, cuando lo visité en su casa, y a partir de 2001,
cuando me instalé en Barcelona, lo escuché singularizar
las cosas con gusto por los extremos. Alguien era “único”,
otro era “borderliner”. Los matices le interesaban poco;
prefería corregir criticando.
Como ha recordado Rodrigo Fresán, Roberto “no alentaba
las conversaciones en abstracto”; le tenía sin cuidado
hablar de Dios, la izquierda o el clima. Se sumía en la plática
como un cazador que respira el olor de su presa y se dispone a poner
una trampa. Perseguía los temas con esmero de taxidermista.
Al poco rato, cambiaba de opinión: la historia del sudamericano
ejemplar se transformaba en la historia del sudamericano canalla.
Todo asunto es reversible para quien sepa contarlo. Como los “monstruos
esperanzados” que tanto le interesaban a Roberto (las criaturas
que padecen una anomalía y buscan adaptarse al medio en forma
excepcional), los relatos encontraban en su voz diversos modos de
sobrevivir. El vaquero insolado reaparecía como pistolero
místico o vaquero sudaca.
Con
frecuencia, cometíamos el error de escucharlo en actitud
notarial, como si pormenorizara lo ya sucedido, un acervo inmodificable,
convertido en ley. Olvidábamos que su temple era el del investigador:
sólo le interesaban los cabos sueltos. Si le recordabas algo
que había dicho, y con lo que estabas de acuerdo, podías
toparte con su sonrisa diagonal: “¡¿Pero qué
dices?!”. Mónica Maristain le preguntó en su
ya célebre entrevista para Playboy: “¿Por qué
le gusta llevar siempre la contraria?”.
De manera ejemplar, el polemista contestó: “Yo nunca
llevo la contraria”.
Las extraordinarias entrevistas con Roberto Bolaño equivalen
a la caja negra de los aviones. Las palabras antes del accidente.
No se trata de un calculado testamento, sino de la voz que atraviesa
turbulencias con una última entereza.
¿Qué pensaría él al verlas reunidas?
Hay que considerar, de entrada, su desprecio por los sistemas de
consagración. Al mismo tiempo, resulta imposible soslayar
una paradoja: los géneros menores que practica un autor —sus
voces secundarias— sólo emergen con su consagración.
He usado la imagen de la cacería para las conversaciones
con Roberto porque es una de las muchas tareas de supervivencia
individual que se ajustan a su modo de narrar. El relator ponía
una trampa y la cubría cuidadosamente con hojas secas. Hablaba
con el sentido de la consecuencia de quien deja carnadas rumbo a
un sitio de peligro. Inmerso en los detalles, los olores, la hora
exacta en que ocurrían las cosas, el escucha se dejaba llevar
por el asedio hasta advertir, demasiado tarde, que la presa era
él mismo: “¡¿Cómo pudiste creer
eso?!”, exclamaba el piel roja feliz.
Las entrevistas que concedió incluyen celadas de este tipo.
Inflexible en el terreno de los afectos —un militante emocional,
con fobias y lealtades de hierro—, Roberto hacía que
la conversación literaria se moviera en el terreno de las
conjeturas. Compartía con Nabokov la idea de la escritura
como simulacro que acepta las condiciones de lo real sólo
en la medida en que puede reinventarlas.
¿Hasta dónde hay que tomar al pie de la letra sus
provocaciones, sus salidas de tono, sus bromas, sus afortunadas
desmesuras? ¿En verdad¡ le detuvo un tiro penal a Vavá?
Cuando dijo que Gabriela Mistral era extraterrestre, ¿elogiaba
a la escritora y criticaba el oxígeno de la Tierra, o sugería
lo contrario? Seguramente sonreiría al saber que ha logrado
despistar al enemigo.
Las entrevistas son claves que rodean el campo de batalla, minas
que no han sido desactivadas, pero estallan al margen de la estrategia
principal. El núcleo fuerte de la obra de Bolaño está
en sus cuentos y novelas, y en un extraño interregno: la
zona en que su prosa se alimenta de su poesía. Las entrevistas
pertenecen al corpus literario en la medida en que casi todas fueron
contestadas por escrito y pusieron en juego su imaginación
y las líneas de fuerza de su prosa. “Inteligencia,
soledad en llamas”, escribió José Gorostiza
en Muerte sin fin. La expresión se aplica sin pérdida
a la actitud general de Bolaño ante la escritura. Con todo,
vale la pena tener presente que las entrevistas son excursiones
sin mapa definido que desafían al turista de ocasión
y al peregrino precipitado. Bajo la superficie de hojas secas hay
ramas afiladas como lanzas.
Borges
afirmó que la fama es siempre una simplificación.
Como tantos grandes, Roberto Bolaño corre el albur de convertirse
en mito pop. De manera sugerente, las entrevistas que concedió
son a un tiempo el tónico y el antídoto de esa situación.
El detective salvaje sigue retando a sus lectores. Sus opiniones
se debilitan al ser juzgadas como verdades absolutas y ganan fuerza
al ser leídas como rarezas esquivas (criaturas provisionales
como el “pez soluble” de Breton). Se trata de tomarlo
en serio no al modo de un gurú, sino de un escritor que usó
las palabras como lumbre y, al modo de Cocteau, supo que lo más
rescatable del incendio es el fuego.
Ante la pregunta de en qué persona o cosa le gustaría
reencarnar, ofreció una miniatura narrativa: “Un colibrí,
que es el más pequeño de los pájaros y cuyo
peso, en ocasiones, no llega a los dos gramos. La mesa de un escritor
suizo. Un reptil del desierto de Sonora”. Rara vez rehuyó
hablar de temas personales, pero no le interesaba la literatura
confesional, sino la autofabulación. Cuando le preguntaron
por su mayor remordimiento, dijo: “Son muchos y se acuestan
y levantan conmigo y escriben conmigo, porque mis remordimientos
saben escribir”.
Bolaño
tuvo una clara estrategia de solitario que impone su ley, repudia
la convención, descree de la gloria y sus poderes. Resulta
difícil compartir todos sus juicios, en gran parte porque
él mismo desconfía de ellos: “A la literatura
se llega por azar (…). ¿Dije que a la literatura se
llega por azar? No, no, no, a la literatura nunca se llega por azar.
Nunca, nunca”.
Como conversador era menos enfático, pero su temperamento
dependía de las exageraciones, y los exagerados dominan la
plática. Hacía muchas preguntas, mostraba genuina
curiosidad por los datos más nimios de los otros, las travesuras
que habían hecho los niños, cualquier cosa que le
contaran las mujeres, y luego recuperaba el hilo de una historia
larguísima, animada por la contundencia de los adjetivos,
que podía ser sórdida hasta el disparate. Hablaba
con un exaltado afán de veracidad, como si los detalles precisos
fueran cuestión de honor. Lo oí referirse con idéntico
sentido de la apropiación a asesinos seriales, estrellas
porno, trovadores merovingios, poetas perdidos en el México
del siglo diecinueve.
En aquella llamada de 1998 traté de distinguir el acento
que oía después de casi veinte años, un acento
trabajado por las emigraciones y quizás enronquecido por
el clima (“aquí hace mucho viento”). Roberto
pronunciaba las palabras con espontánea cautela, como si
mostrara algo valioso y barato a la vez, al modo de un vendedor
callejero que abre el impermeable para ofrecer una ristra de relojes
chinos que imitan el oro suizo.
Un cuidado desaliño del habla que sólo podía
definirse como mezcla. Se servía de expresiones de Chile,
México, España, y de ciertos giros catalanes, pero
su voz representaba el país de una persona.
El
acento movedizo permitía saber dónde había
estado y ocultaba adónde iba. Esta singularidad le sentaba
bien a alguien que había dicho:
“Todo país, de alguna forma, deja de existir alguna
vez”. El transterrado conserva memorias progresivamente imaginarias;
los países se diluyen y regresan como restos entrañables
y dispersos, al modo de las cosas que de pronto aparecen en los
bolsillos.
El uso fluido de fórmulas dispersas hacía que el fraseo
de Roberto fuera ya un acto de estilo. Además, fumaba tanto
como un personaje de Onetti y esto influía en su ritmo: un
relator torrencial que hacía una pausa para inhalar una bocanada
y retomaba el relato con un impulso asordinado por el humo.
Los
conversadores que fuman tienen tendencia a las digresiones. En esa
primera llamada habló de suficientes cosas para que yo me
pusiera nervioso por el costo. “No te preocupes”, contestó:
“La casa es fuerte”. Le pregunté de qué
vivía y fue la primera vez que lo oí definirse como
cazador de cabelleras. Acechaba concursos municipales de cuento
y se lanzaba sobre ellos como un cherokee. En realidad, en 1998
ya había perdido esa costumbre y escrito un cuento maestro
sobre el tema, “Sensini”, pero quiso situarse en ese
pasado, quizás aprovechando que yo no lo había leído.
En
los años siguientes comprobaría su fascinación
por ciertos solitarios de intemperie: pistoleros, exploradores,
gambusinos, gauchos, hombres apartados de la ley común pero
que se asignan a sí mismos una moralidad severa, determinada
por las arduas condiciones de su oficio.
En una entrevista declaró: “La literatura se parece
mucho a las peleas de los samuráis, pero un samurái
no pelea contra un samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente
sabe, además, que va a ser derrotado.
Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y
salir a pelear: eso es la literatura”.
Le gustaba soltar las fórmulas del “mílite guerrero”
al que el Quijote se refiere en su discurso sobre las armas y las
letras, extraviarse en videojuegos donde podía ganar la batalla
de Borodino o Austerlitz, estudiar la intrincada maquinaria de la
guerra. Sin embargo, nada tan alejado de él como la celebración
de la violencia. La fantasmagoría bélica le brindaba
un espejo extremo de la realidad, el humo negro que había
que detectar para huir de él. Conocer los circuitos en que
se mueve el horror, distinguir la metodología del mal, son
formas de comenzar a refutarlos. En parte por eso planeaba una Antología
militar de la literatura latinoamericana. Como las bombas que permanecen
enterradas en tiempos de paz, sus metáforas guerreras podían
estallar ante quien se acercara a ellas con descuido. No buscaban
explicar la realidad sino ilustrarla.
Nada le hubiera desagradado tanto a Roberto como ser soldado, pero
seguía el precepto de Séneca de considerarse soldado
de las más diversas circunstancias.
Para elogiar el temple de un colega, decía cosas como ésta:
“Con Sergio González Rodríguez iría a
la guerra”.
Aunque no tenía el menor ánimo de enrolarse en un
batallón, apreciaba la lealtad en situaciones extremas y
la activa oposición ante el horror. Una noche me comentó
que aún no me encontraba acomodo en su Antología militar.
“¿Qué regimiento te gusta?”, preguntó
con malicia. Le contesté que sólo me veía yendo
a la guerra como Bob Hope o Marilyn Monroe, en la sección
de entretenimiento para las tropas. “Con eso basta”,
respondió. Para sí mismo, prefería papeles
beligerantes. “Soy un marine”, me dijo en el restaurante
japonés de Barcelona que tanto le gustaba: “Donde me
pongas, resisto”. La fabulación de su destino como
pionero en descampado era un correlato psicológico de las
vastas extensiones que abarcó como narrador, de la guerra
civil española al movimiento estudiantil del 68 en México,
pasando por el frente ruso en la segunda guerra mundial, las muertas
de Ciudad Juárez y el golpe de Estado en Chile.
Crítico de tiempo completo, rehusaba quejarse de su situación.
Cuando soltaba un chiste terrorífico sobre su hígado,
suponíamos que disponía de una mala salud de hierro.
Alguien que pasaba la noche entera escribiendo, sin encender la
calefacción, sólo podía ser descrito en términos
de fortaleza. Sin embargo, no le gustaba alardear de su temple.
Estuvo preso en Chile después del golpe de Pinochet, pero
detestaba que se exagerara al respecto. En una entrevista con Eliseo
Álvarez comentó: “Estuve detenido ocho días,
aunque hace poco, en Italia, me preguntaron: ¿qué
le pasó a usted?, ¿nos puede contar algo de su medio
año en prisión? Y eso se debe al malentendido de un
libro en alemán donde me pusieron medio año de prisión.
Al principio me ponían menos tiempo. Es el típico
tango latinoamericano. En el primer libro que me editan en Alemania
me ponen un mes de prisión; en el segundo, en vistas de que
el primero no ha vendido tanto, me suben a tres meses; en el tercer
libro, a cuatro meses y, como siga, todavía voy a estar preso”.
El motivo de la llamada de 1998 era una nota que yo acababa de escribir
sobre la muerte del poeta Mario Santiago (Ulises Lima en Los detectives
salvajes). Roberto hizo preguntas de sucesos ocurridos en 1972 y
asuntos de la semana anterior. No pude satisfacer su curiosidad.
A la distancia, él había construido un país
de la memoria, de espectral exactitud.
Se sumía con minucia de buscador de pruebas en una época
cuya mayor virtud para mí era que ya había transcurrido.
Volví a ponerme nervioso por el costo de la llamada. Ignoraba
que en Europa hay tarjetas de descuento, aunque nunca supe si él
las usaba. Tal vez el único derroche en su espartano código
de vida fueran las largas horas de telefonía con amigos distantes,
tal vez en un gesto de honor se negara a usar especulativas tarjetas
de descuento.
El conversador pasional requiere de cierta lejanía para alumbrar
sin calcinar. Roberto evitaba la plática de circunstancias;
la intensidad de sus intereses hacía que toda charla fuera
una excepción. Imposible repetir la experiencia al día
siguiente. Por conveniencia mutua, el trato debía ser espaciado
y muchas veces telefónico.
Era bueno darle el privilegio de la iniciativa. Desde que trabajó
en un camping tenía horarios de vigilante nocturno y su salud
mermada no siempre lo predisponía a un diálogo ocioso.
Yo prefería que él llamara, pero había que
responderle rápido. En una ocasión tardé más
de la cuenta atendiendo a mi hija y colgó, muy molesto.
Pasaron dos o tres días antes de que pudiera devolverle la
llamada. “¡Te hablo por algo urgente y tardas siglos
en contestar!”, se quejó, indignado por no haber impuesto
la agenda de la conversación. Le pregunté qué
era tan urgente. “¿No sabes que murió Irán
Eory?”, preguntó, el ánimo recompuesto por los
recuerdos de la belleza rubia que habíamos idolatrado en
México. Esto disparó una cadena de anécdotas
que desembocó en el mismo reproche de antes, ahora convertido
en una extraña virtud de mi parte: “Nunca permitas
que nadie te impida atender a tu hija”.
Otras conversaciones no fueron tan armónicas. Para facilitar
el diálogo había que respetar su severo código
de vetos. No aceptaba la menor crítica sobre México
(la última palabra que escribió, y con la que concluye
su novela 2666, fue precisamente ésa: “México”)
ni toleraba elogios a Chile. En su peculiar teodicea de los países,
hablaba de virtudes y defectos nacionales sin tomar demasiado en
cuenta la realidad.
Ajeno a la geopolítica, precisaba sus ideas como un mitógrafo:
“Latinoamérica es como el manicomio de Europa. Tal
vez, originalmente, se pensó en Latinoamérica como
el hospital de Europa, o como el granero de Europa.
Pero ahora es el manicomio. Un manicomio salvaje, empobrecido, violento,
en donde, pese al caos y a la corrupción, si uno abre bien
los ojos, es posible ver la sombra del Louvre”.
A mediados del 98 Roberto me envió dos de sus libros, con
títulos emblemáticos: Estrella distante y Llamadas
telefónicas. Las palabras del que está lejos. A partir
de entonces, la voz fantasmal surgida del pasado se convirtió
en una constancia.
Nos habíamos conocido en 1976 en una premiación de
la revista Punto de Partida. Él tenía 23 años
y yo 20. Hubo un cóctel en los jardines de Ciudad Universitaria
y me detuve a hablar con Poli Délano, jurado de cuento. Roberto
había leído a Poli y se acercó a nosotros.
Llevaba anteojos de Groucho Marx y el pelo agitado por un viento
imaginario que conservaría dos décadas después.
Supo que yo había quedado segundo en cuento y dijo: “Yo
apenas quedé tercero en poesía, aunque en realidad
merecería una amonestación”. En sus poemas de
Punto de Partida, había escrito: “Nicanor Parra será
el antipoeta, no yo”. La trayectoria del autor de Nocturno
de Chile sería una perpetua corrección de sus ideas.
Disfrutaba enormidades tener razón, pero sólo en tiempo
presente.
Luego escogía otro rumbo.
Una de sus anécdotas favoritas se refería a la militancia
política.
Fue anarquista hasta que conoció a otro anarquista. La condición
única era su signo: “Yo tengo un tipo de sangre que
sólo tienen los que han escrito Los detectives salvajes”,
le dijo a Andrés Gómez. No buscaba maestros ni discípulos,
necesitaba a los demás para probar la fuerza de sus intuiciones
y discutirlas a fondo; en este sentido, hacía de la discrepancia
una forma del afecto.
Era difícil olvidar lo que decía. En el remoto cóctel
de 1976 comentó que el exilio obligaba a preguntarse por
la patria del poeta. Con los años, él encontraría
este territorio en los caminos que recorren sus personajes. Aunque
no dejó de verse a sí mismo como alguien entregado
a la poesía, su mejor literatura trasvasa un género
en otro: desde la narrativa, recrea las condiciones que permiten
el acto poético. Ignacio Echevarría ha sostenido con
acierto que la figura narrativa dominante en Bolaño es la
del poeta: el investigador heterodoxo de lo real, el detective salvaje.
Si Ricardo Piglia ve al detective como una variante popular del
intelectual (el hombre que busca conexiones y una teoría
que explique el entorno), Bolaño escribe de poetas que indagan
el reverso de las cosas y transforman la experiencia en obra de
arte.
Esto no necesariamente ocurre por escrito. Los poetas de Bolaño
viven la acción como una estética de vanguardia. Algunos
de ellos escriben cosas que no leemos, otros buscan la gramática
del desmadre, todos resisten. El cuento “Enrique Martín”,
incluido en Llamadas telefónicas, comienza en forma emblemática:
“Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir
que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas
las cosas que un hombre puede soportar. Soportar de verdad. Un poeta,
en cambio, lo puede soportar todo. Con esta convicción crecimos.
El primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura,
a la muerte”.
Desde aquellos poemas de 1976 hasta —rima de cifras—
2666, Bolaño persiguió con mirada insomne el heroísmo
de los que versifican fuera de la escritura, con los vidrios rotos
y los fierros oxidados que entregan las calles traseras de la realidad.
En La República, Platón indaga a los poetas con preocupante
interés: “Si un hombre capacitado llegara a nuestra
ciudad con intención de exhibirse con sus poemas, caeríamos
de rodillas ante él como ante un ser divino, admirable y
seductor. Sin embargo, indicándole que ni existen poetas
entre nosotros ni está permitido que existan, lo reexpediríamos
con destino a otra ciudad”. El platonismo rechaza la horda
poética no porque descrea de sus efectos, sino porque cree
demasiado en ellos y por lo tanto les teme. Bolaño comparte
esta convicción, pero otorga carta de naturalidad al poeta,
lo cual equivale a decir que lo manda de viaje: sólo en tránsito
puede sobrevivir; la ciudad ha seguido el paranoico consejo de Platón.
Al escribir de nómadas, Bolaño tenía presente
la idea de Raymond Russell de que el viaje es un “pretexto
de movilidad”. Lo interesante no es lo que sucede en la carretera,
sino lo que siente el hombre que se desplaza.
La decisiva extranjería del poeta es la de quien habla otra
lengua, reveladora pero intraducible. Su palabra (o su acción
que aspira a ser palabra) representa la disonancia. Ciertos personajes
de Bolaño se sirven de esta capacidad transgresora para metas
nada edificantes. En una de sus entrevistas, recuerda que Hitler
fue un buen lector. La cultura, en sí misma, no libera del
oprobio. Pocos autores rivalizan con Bolaño en su exploración
de las posibilidades destructivas de la sofisticación. A
la manera del sobrino de Rameau, personaje de Diderot que combina
el buen gusto con la vileza, los dandis vanguardistas que pueblan
La literatura nazi en América actúan como crápulas
excelsos, eruditos de complicada iniquidad. Con Estrella distante
y Nocturno de Chile, la enciclopedia de nazis del nuevo mundo conforma
una trilogía sobre la sensibilidad al margen de la ética,
o sin más ética que la Forma. Si en los albores de
la Revolución francesa Diderot seocupa del pacto que el refinamiento
puede sostener con la inmundicia, en la Latinoamérica de
las dictaduras Bolaño despliega una galería de infames
capaces de conjugar con elegancia la gramática de la tortura.
Enemigo de las simplificaciones, crea sujetos facetados, poliédricos:
Wieder, el poeta que escribe versos con la cauda de su avión
en Estrella distante, es tan represor como artista. En él
la creatividad coexiste con la depredación.
Poetas, por todas partes poetas. Chamanes próximos como Mario
Santiago, visionarios en órbita como Philip K. Dick. Octavio
Paz aparece en Los detectives salvajes, extraviado en el Parque
Hundido. Una frase cae como una flecha en su recorrido circular:
“El poeta no muere, se hunde, pero no muere”.
Ya en una de sus primeras novelas, La senda de los elefantes (reeditada
como Monsieur Pain), Bolaño describía a César
Vallejo aquejado de hipo. El intercesor con los heraldos negros
yace en una cama y se somete a un tratamiento hipnótico.
Lo único que se escucha de él es un quejido. Lo inefable,
sugiere el novelista, proviene de esa garganta rota, el desgastado
instrumento del poeta. La entereza en la debilidad reaparece en
Amuleto, que recupera el caso real de una mujer encerrada en un
baño mientras el ejército mexicano invade Ciudad Universitaria
en 1968. El asedio conduce a una elegía a la madre de todos
los poetas.
Uno de los aspectos que Bolaño apreciaba en Malcolm Lowry
y Henry Miller era la capacidad de situar a artistas en situaciones
muy poco artísticas y forzarlos a ejercer ahí su poética.
El detective salvaje encuentra un sistema para esta condición:
orienta su aventura en torno a una búsqueda (Cesárea
Tinajero en Los detectives salvajes, Benno von Archimboldi en 2666)
y resuelve crímenes que no han sido codificados. Robbe-Grillet
ha comentado que se considera un autor policiaco, no en la cuerda
de Raymond Chandler, sino en la de Sófocles: escribe de quienes
no saben que son culpables. Bolaño rara vez se sirve de una
intriga y no pospone las soluciones al modo de un novelista de deducción
policiaca; sin embargo, como Piglia en Respiración artificial
o Robbe-Grillet en Reanudación, ordena la trama en torno
a personajes que investigan, detectives de una alteridad que se
les resiste. Sus continuos encomios de la valentía se inscriben
en esta estética. Encontrar es un atrevimiento. Sin embargo,
su imaginación no privilegia lo extravagante, sino la novedad
de las zonas comunes. Como Perec, busca fulgores infraordinarios.
La prosa de Bolaño depende de leves rupturas en la percepción
de lo real. Llama la atención el poco interés que
concede al mundo subjetivo de sus personajes. Cuando refiere un
sueño lo hace con la sobriedad exterior de un delirio de
Kafka. Su escritura no depende de la introspección, sino
del recuento de los datos. Aunque sus personajes opinan mucho, no
ofrecen ideas sobre ideas, sino actas de descargo. Forenses de lo
cotidiano que es inusual, levantan inventario y comentan sus hallazgos.
En
su última obra Bolaño perfeccionó el recurso,
desplazándolo de los personajes al propio narrador. En Los
detectives salvajes un coro múltiple se narra a sí
mismo a través de monólogos. El autor está
del otro lado de un vidrio de espejo, registrando declaraciones.
Apenas publicada, la novela se convirtió en objeto de culto,
un I-Ching en el que se adivina hacia atrás, para descifrar
lo ya sucedido, el Libro de las Mutaciones de una generación,
una época pensada en primera persona, donde cada quien es
detective de su destino. El procedimiento se altera en 2666.
Los personajes son trabajados como casos, sujetos ajenos a las vacilaciones
de la vida interior que al modo de los héroes griegos avanzan
a su desenlace sin cerrar los ojos. Los capítulos representan
las carpetas de un investigador. Esta vez el detective está
fuera del libro, narrándolo. Si los crímenes de Ciudad
Juárez son descritos como un peritaje médico, los
protagonistas integran un archivo de datos: tienen acciones, no
conjeturas.
El recuerdo o el anhelo importan poco al investigador; no puede
extraviarse en las posibilidades del pasado o el futuro; debe enfocar
el presente donde las huellas dactilares trazan una película
confusa y sin embargo legible; no se pregunta por qué esos
personajes hacen lo que hacen: reconstruye los hechos. La vida diaria
se abre como un misterio equivalente a las fosas comunes de Ciudad
Juárez. De ahí la peculiar energía del libro
y su tensión de avance.
Las entrevistas representan una zona lateral pero significativa
de este método de exploración. Son como los objetos
numerados con que el investigador trata de reconstruir los hechos.
Una bala perdida, un vaso con rastros de lápiz labial, un
mechón de pelo, cosas que pueden tener que ver o no con los
sucesos, pero que indiscutiblemente estuvieron cerca de ellos.
El detective rescata y ampara. No quiere decirlo porque eso vulnera
la dureza de su oficio, pero cuando duerme tiene sueños de
protección.
El
libro de poemas Tres termina con el salvamento de una infancia ajena:
“Soñé que Georges Perec tenía tres años
y lloraba desconsoladamente.
Yo
intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas,
libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo
de Nueva York y mientras él jugaba en el tobogán yo
me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré
para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará
matarte.
Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente
a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?”.
La literatura de Bolaño es la casa a la que se dirige el
hombre que duerme. Su sueño es de una precisa realidad.
No hay subjetividades extrañas.
Una casa, un niño, un cuaderno para pintar. Quizás
lo que encierra esta breve parábola es la asimilación
del genio a la inocencia. Importa que Perec tenga tres años
y esté hecho de futuro.
Cuando el autor de 2666 fue internado en el hospital, el aire ardía
como un mensaje del horror. Hacía siglos que Marte, el planeta
guerrero, no estaba tan cerca de la Tierra. Poco antes de la muerte
de Roberto, se incendió el camping Estrella de Mar, donde
él fue velador nocturno. Nadie recuerda otro verano igual
en Cataluña.
Fuimos al funeral en el tanatorio de Les Corts como a una reunión
en los desiertos de los que él había escrito. A los
pocos días, el aire sufrió un cambio repentino. Llovía,
“con lentitud poderosa”, como en la vana tierra de los
inmortales que imaginó Borges. El agua caía, semejando
un milagro inútil o un demorado bautizo. Roberto Bolaño
había iniciado su resistente posteridad, distinción
que le interesaba menos que aprovechar el más allá
para inscribirse en un curso de Pascal.
Cuando
le preguntaron cómo le gustaría ser recordado, contestó:
“Ésa es una batalla futura”. Recordar a alguien
es permitir que siga peleando.
Sobre
todo si se trata de un detective y sobre todo si debe cuidar al
joven Perec para que crezca y crezca y escriba La vida instrucciones
de uso.
La batalla continúa.
|