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Vila Matas ha dicho que con la muerte de Bolaño se inicia una
leyenda. Esa leyenda, creo, se había iniciado un poco antes.
No fue casualidad que, cuando a varios escritores de mi generación
se les preguntó por el escritor que ellos consideraban el referente
imprescindible de la nueva narrativa, todos -narradores tan disímiles
como Rodrigo Fresán o Jorge Volpi- coincidieron en nombrar
a Roberto Bolaño. Y por ello Bolaño fue invitado al
encuentro de Sevilla, y asumió su rol con la naturalidad del
escritor que aprecia pocas cosas tanto como ser leído y respetado
por otros escritores. Nos decía que pertenecía más
a nuestra generación que a la suya propia, y eso acaso no era
cierto pero igual nos conmovía.
Recuerdo a Bolaño como un provocador nato, alguien que escuchaba
nuestras ponencias para luego encontrarles el lado flaco y atacarlas;
si no encontraba un punto débil, igual se lo inventaba para
luego arremeter. Era su forma de relacionarse con el mundo; nos contaba
que
no podía entender las discusiones que provocaban sus declaraciones
en Chile, y que a veces se inventaba frases polémicas por el
puro gusto de ver qué pasaba una vez tirada la bomba. Su humor
era negro y muy
extraño y corrosivo y a la vez había algo de cariño
en sus palabras. Había que entender que, para Bolaño,
todo era literatura y lo demás poco importaba. Una noche, nos
quedamos en la terraza del hotel contándonos chistes; Bolaño
contó veinte versiones del mismo chiste: una versión
dialogada, otra con narrador en tercera persona, otra en monólogo
joyceano… Le pedíamos que por favor la parara, pero a
la vez nos quedábamos esperando su nueva versión. Me
reí mucho esa noche.
Bolaño es autor, entre otras cosas, de "Los detectives
salvajes", una gran novela que me venció -prometo volver
a intentarlo, Roberto--, de dos novelas cortas magistrales -"Estrella
distante" y "Nocturno de Chile"--, y de dos magníficas
colecciones de cuentos -"Llamadas telefónicas" y
"Putas asesinas"--. De toda su obra, me quedo con sus novelas
cortas. En ambas, se asoma como pocos al horror de las dictaduras.
Nadie ha mirado tan de frente como él, y a la vez con tanta
poesía, el aire enrarecido que se respiraba en el Chile de
Pinochet: ese aire en que el siniestro personaje de "Estrella
distante" escribía sus frases y versos desde una avioneta.
En "Nocturno de Chile", Bolaño hace suyas algunas
anécdotas de la dictadura: las sesiones de tortura en el sótano
de la casa de Robert Townley, agente de la DINA y asesino de Letelier,
mientras en los salones de la gran casa se llevaban a cabo las veladas
literarias de su esposa; las clases de marxismo que tomaron los militares
de la
junta, para saber cómo pensaban sus enemigos. En esa obra maestra,
se encuentra una lúcida reflexión sobre las perversas
relaciones que existen en América Latina entre el poder y la
letra. Nuestros intelectuales han terminado más de una vez
seducidos por el poder
(¿García Márquez, anyone?). Se han escrito grandes,
fascinantes -y fascinadas- novelas sobre el dictador latinoamericano,
pero muy poco sobre esa figura a su sombra, el amanuense de turno,
el intelectual
cortesano, el que le escribe los discursos al gran hombre. Bolaño,
en "Nocturno de Chile", nos muestra de una vez por todas
y para siempre la podredumbre de nuestras sociedades letradas cuando
se trata de su relación con el poder.
El sábado en que se clausuró el encuentro, Bolaño
compró el diario francés Liberation y descubrió
que, con motivo de la aparición en Francia de "Putas asesinas"
y "Nocturno de Chile", el suplemento literario le dedicaba
nota de tapa y dos páginas interiores. Sus obras comenzaban
a traducirse, su influencia secreta comenzaba a hacerse visible; después
de muchos años en la sombra, estaba viviendo su gran momento
y se sentía seguro de lo que hacía y decía. Era
arrogante, acaso porque sabía que tenía una obra que
lo defendía. En pleno fervor creativo, tenía escritas
1.400 páginas de su novela "2666" (nos dijo
que le faltaban alrededor de doscientas páginas para terminarla).
Ahora que Bolaño ha muerto debido a una insuficiencia hepática
-algo tan vulgar, decía él, que las musas ni siquiera
se enterarían--, esa novela inconclusa pasa a formar parte
de su leyenda. La leyenda de alguien que fue a la vez nuestro contemporáneo
y maestro.
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Edmundo Paz Soldán es escritor boliviano, autor entre otros
libros de Amores Imperfectos, Río Fugitivo y La Materia del
Deseo. |
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