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Mapas y fotografías en la obra de Roberto Bolaño (y II).
Por Valeria de los Ríos
Cartógrafo salvaje
El mapa es, en términos técnicos, un modelo referencial del territorio, visto desde una perspectiva vertical. Tal como numerosos filósofos contemporáneos han señalado de manera recurrente, el mapa no es el territorio. Sin embargo, es innegable el fuerte impulso mimético que el mapa tiene. La explícita relación entre ficción y realidad en la obra de Bolaño responde a este ímpetu mimético. El mapa es al territorio lo que la ficción a la realidad. Esta información a primera vista trivial, adquiere un peso específico particular cuando se intenta reconstruir, desde la crítica, el mapa cognitivo elaborado por Bolaño en el contexto contemporáneo.
El concepto de “mapa cognitivo” fue introducido en 1948 por el sicólogo Edward Tolman, quien lo usó para describir las aptitudes de orientación de las ratas para encontrar alimento. En su clásico libro de 1960, The Image of the City, Kevin Lynch utilizó el término para explicar la manera en que los habitantes pueden orientarse en una ciudad alienada, en la que las marcas tradicionales del espacio (monumentos, límites naturales, perspectivas) han desaparecido. Los mapas cognitivos sirven como brújula o “ayuda memoria”, puesto que estructuran y almacenan el conocimiento. En 1981, Richard Bjornson proponía extender el uso del término al proceso literario en su totalidad, incluyendo no sólo las relaciones espaciales, sino todo tipo de significado y organización formal. Para este autor, los mapas cognitivos son necesariamente incompletos y esquematizados; jamás pueden lograr una correspondencia exacta con el territorio que representan (55). En la década de los noventa, Frederic Jameson tomó el concepto de Lynch para aplicarlo a la estructura social. Según Jameson, los mapas cognitivos tienen una importancia radical en el momento actual (léase el del capitalismo multinacional), en el que la orientación del sujeto individual se hace mentalmente imposible. El diagnóstico de Jameson1 es abrumador por lo tajante. Según él, la respuesta modernista a los cambios perceptivos provocados por el capitalismo industrial y la modernización tecnológica ya no son válidas, puesto que el resultado de esa búsqueda estética se ha institucionalizado. Néstor García Canclini concuerda con Jameson cuando asegura que la desterritorialización característica del arte contemporáneo se explica por la globalización de la economía y las comunicaciones. Para García Canclini esto se ve reflejado en el trabajo artístico en obras de carácter migratorio y políglota, en las que desaparecen las identidades étnicas o nacionales monolíticas (“Remaking Passports” 376). Esta movilidad espacial e identitaria es característica de la obra de Bolaño.
La hipótesis que subyace en este artículo es que la obra de este autor nacido en Chile se enmarca dentro de esta nueva estética cartográfica. Tomando términos de la taxonomía de Roberto González Echevarría2, podría decirse que la obra de Bolaño no se cifra ya en la figura del archivo –como la literatura que surge a partir del así llamado boom latinoamericano–, sino en la del mapa. Esta observación abre nuevas posibilidades de acercamiento a la obra del escritor.
El México angustioso de Los detectives salvajes y 2666, el Chile tenebroso de Estrella distante y Nocturno de Chile, la España gris y pueblerina de La pista de hielo, la olvidada pampa argentina en “El gaucho insufrible”3, o el París mitificado de algunos cuentos, por citar sólo algunos ejemplos, están inscritos en este mapa al que Bolaño vuelve de manera intermitente, adscribiendo características concretas y valores personales a cada uno de estos espacios. Los personajes que los habitan, circulan por ellos libremente, ocupando lugares centrales o secundarios según la ocasión. El mapa cognitivo de Bolaño no es el Macondo de García Márquez, territorio utópico, exótico y de límites claramente establecidos, sino la aldea global marcada por viajes y un contraste permanente con lo local. Analizando las distintas formas de describir la ciudad moderna, Benjamin establecía una antítesis entre el realismo descriptivo de Victor Hugo y el trabajo de carácter fenomenológico de Poe o Baudelaire. Tal como en estos dos últimos autores, el territorio no es descrito en los textos de Bolaño, sino que es experimentado. Arturo Belano, como el doble literario de Bolaño, se mueve indistintamente por Sonora, Santiago, África o un pueblo costero español. La lectura de la obra de Bolaño como mapa cognitivo ayuda a visualizar el universo complejo de historias, personajes y territorios creados por este autor y otorga, además, una dimensión política a la misma, inscribiendo y desestabilizando los ejes Norte-Sur, centro-periferia, civilización y barbarie con una violencia inusitada.
El carácter político en la elaboración de mapas (tanto materiales como cognitivos) se relaciona con el concepto mismo del mapa como representación abstracta del espacio. El mapa intenta capturar el territorio en una superficie plana y permiten ver algo que de otra manera permanecería invisible. Al mismo tiempo, traslucen las estructuras de conocimiento de quienes los elaboran. A pesar de que el territorio es un referente concreto de los mapas, éstos suelen ser construcciones simbólicas e ideológicas, capaces de reflejar, por ejemplo, la estructura colonial o de dependencia, sirviendo a intereses políticos o económicos. En pocas palabras, los mapas son instrumentos materiales que permiten visualizar relaciones espaciales y de poder. Generalmente, son trazados por quienes detentan una posición privilegiada en una relación de poder (una característica de esta posición es precisamente poseer la prerrogativa de representar) y un ejemplo de esto es la proliferación de los mapas imperiales.
Sin embargo, en el contexto contemporáneo, marcado por la globalización, ¿quién tiene esta prerrogativa? La velocidad de las nuevas tecnologías –que según Paul Virilio es la que determina lo que vemos (23)– tiende cada vez más hacia una estética de la desaparición. En ese sentido, la noción de cartografía adquiere una importancia especial, a la vez desesperada e inútil, puesto que se intenta visualizar en un contexto de invisibilidad4. Las dos grandes novelas de Bolaño –Los detectives salvajes y 2666– manifiestan de modo paradigmático esta búsqueda ciega, apelando a la forma cartográfica como único modo de registrar el viaje y testimoniar esa exploración.
La elaboración del mapa cognitivo en la obra de Bolaño tiene un carácter performativo. La escritura misma revela la trayectoria que realizan los poetas realvisceralistas desde el DF hasta el desierto de Sonora en busca de su fundadora mítica –Cesárea Tinajero– en Los detectives salvajes, o el rastreamiento que hacen los académicos europeos del enigmático escritor Benno von Archimboldi en 2666. Bolaño registra desplazamientos territoriales que quedan inscritos en la novela como mapa5. Lo que subyace en su trabajo es la figura de la búsqueda. En este sentido, la presencia del detective y de la fotografía como pista, es esencial. Teóricos como Tom Gunning han señalado que la fotografía se transformó rápidamente en una herramienta eficaz para el trabajo detectivesco, convirtiéndose en el epítome de la pista moderna. Los detectives salvajes pero altamente letrados de Bolaño, se moverán por las cartografías ficcionales del autor siguiendo pistas que muchas veces son fotográficas6.
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