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El agitador y las fiestas.
Por Carmen Boullosa

Cuando ingresé al mundo literario de la ciudad de México cargando bajo el brazo mis primeros poemas y soñando con escribir muchos más, tardé un tris en darme cuenta de que el territorio de los jóvenes poetas estaba dividido en dos. Era el 1974, la ciudad pasaba por sus últimos años dorados, en breve la tasajearían los “Ejes viales”, gordas avenidas de un solo sentido que trozan los barrios antiguos (idea de Hank González, legendario por su voraz corrupción, no precisamente por ser nuestro Moses planeando grandezas), vías muy ad-hoc para los cotidianos embotellamientos de tráfico.

Entonces yo no le veía lo dorado a la ciudad y estaba convencida de que había llegado tarde, por dos motivos. El primero era porque antes del 68 había pasado todo lo que valía la pena. Había vivido el movimiento del 68 de oídas, por mi mamá, que a diario regresaba de la universidad con nuevas y volantes. Incluso la universidad pública (UNAM) había perdido sus cafés, clausurados a partir del 68. Para colmo (mío), mi mamá se había muerto en el 69, pasé de ser una niña sobreprotegida en escuela de monjas, al ráscate con tus propias uñas cuando mi papá se casó con una madrastra de las de cuento. Y todavía no me hacía de mi círculo de amigas, escritoras o artistas, con las que formaría mi escudo, mi alegría, mi grupo.

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