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No
sé muy bien desde dónde se le escribe a alguien que
ha sido declarado oficialmente difunto, pero que a la vez vive tanto
en las palabras de quien habla. Porque de una cosa sí estoy
convencido: de Roberto Bolaño quisiera hablar mirándolo
a los ojos, un poco por permanencia y un poco en homenaje a su gozosa
costumbre de charlar sin tiempo.
En la palabra de Bolaño (y me refiero a toda la extensión
de su palabra, a la escrita que queda y también a la ronca
y minuciosa que sigue caracoleándome el oído) todo
era digresión y todo tema. O, mejor dicho, de toda digresión
hacía un argumento apasionante, como no había argumento
suyo que no se detuviese en los ángulos más insospechados
para contemplar el cielo o la fuente civil que había enfrente
de su casa en Blanes. Nunca he conocido tal disciplina para el asombro,
ni persuasión ritual tan poderosa. Cuando él la describía,
aquella fuente de Blanes era un objeto fascinante y misterioso,
una excepción y un privilegio. No sé por qué,
me imagino que si ahora viera esa fuente me emocionaría insensatamente
y a la vez me decepcionaría.
Por eso quisiera hablar sobre Bolaño hablándole a
Bolaño, porque así me recuerdo a mí mismo su
charla y su Esparta narrativa: mirar, mirarlo todo como quien examinase
una superficie en busca del sentido, el error o el absurdo. ¿Pero
con qué voz conversaremos? Como podrás comprobar,
Roberto, el asunto nada tiene que ver con el estilo. Al principio
de Estrella distante, al evocar el fantasma de Wieder o Ruiz-Tagle,
te preguntas por su voz y acabas proponiendo una certeza menos obvia
de lo que parece: <<hablaba como hablamos los que aún
estamos vivos>>. Así que dejaré de preocuparme.
Es tal cual, esa voz, la que te interesaba. La del aún, la
que resiste. Una de tus enseñanzas es precisamente la urgencia
de contar. No me refiero a la prisa, sino a la desesperación.
Estabas enfermo, de acuerdo; en tu conferencia sobre la enfermedad
y la literatura (yo diría que el texto más sobrecogedor
del Gaucho insufrible) describes ese límite. Pero, si lo
pienso varias veces, tengo la sensación de que escribiste
tu obra entera con la convicción del moribundo.
Conversemos, entonces, asomados. Tú allí, y yo aquí,
aunque no sepamos dónde. Tengo algunas cosas que contarte.
Y, como supondrás, es algo urgente.
No es que la muerte no sea siempre una sorpresa. No es que uno ignore
que lo único verdaderamente incomprensible es lo fatal, es
decir, lo que mejor sabemos. Aun así te confesaré
que entrecerrar los párpados con el mando en la mano floja,
ojear el teletexto como quien comienza a contar ovejas alfabéticas
y toparse de pronto en la pantalla con el nombre de un amigo, pertenece
al orden de las pesadillas inexplicables. No me preguntes cómo,
pero para colmo a tu noticia, Roberto, le faltaban todas las eñes.
Por esa causa tardé un poco en dar un respingo incrédulo
y pegar la cara al televisor, a causa de una circunstancia que a
ti tal vez te habría parecido cómica.
Siempre me llamó la atención tu tendencia al humor
negro, como si no terminase de convencerme, como si uno, leyéndolo,
pudiera detectar la piedad bajo el sarcasmo, una ternura un poco
rota camuflada de burla. En uno de los fragmentos de “Un paseo
por la literatura”, el espléndido poema final de Tres,
hablas de un hombre cuya mirada es dura como el acero pero que va
fragmentándose <<en múltiples miradas cada vez
más inocentes, cada vez más desvalidas>>. Déjame
que lo califique de autorretrato dolorido. Cuando traduje por fin
tu apellido en la pantalla sentí una mezcla de verdad y estafa,
como esas veces en que nos cuentan algo tan irremediablemente real
que nos suena fantástico. Pero no lo era. Era tan sobrio,
claro y desorbitado como leer tu biografía y los verbos conjugados
en pretérito, tan familiar y remoto como volver a leer los
títulos de tus libros, esos que yo leía con entusiasmo
eufórico y que ahora han pasado a los catálogos de
las leyendas. De las leyendas putas, asesinas.
No sabrán las leyendas que, además de un minucioso
personaje, fuiste una buena persona. Alguien con una fuerza noble.
O al menos alguien con una capacidad demente para ser generoso.
¡Pero eso poco tiene que ver con la obra del autor!, me protesta
de pronto el filólogo imbécil que transporto. Y eso
a mí qué me importa, le contesto, y luego me digo
que a ti tampoco te preocupaba demasiado la teoría literaria
y ya no digamos la filología.
Poco y tantísimo: te traté unos tres años.
Apenas nada. Suficiente. Retengo, o me retienen, anécdotas
personales y por supuesto imágenes que pertenecen a tu obra.
El vuelo vil e imperial de los halcones por los claustros, aquel
sótano infernal de Nocturno de Chile. El viaje en automóvil
y el diálogo siniestro, insomne de los detectives en Llamadas
telefónicas. La escritura del aeroplano en el cielo, tan
estética como terrible, en Estrella distante. La detestable
y divertida poeta argentina con la que se inicia La literatura nazi.
El hospital oblicuo y enfermante de Monsieur Pain, o su sala de
cine. La visita al desierto de Los detectives salvajes. ¿A
qué desierto van los escritores que se marchan dejando una
novela sin acabar del todo? ¿Cuánto te faltaba realmente
para rematar 2666? Un día, hace no tanto, me dijiste que
pensabas abandonarla. Yo no te creí y te pregunté
por qué. Tú respondiste: <<Porque sé
que no soy Tolstoi>>.
Pero déjame que te diga que ni los diarios de tu Tolstoi,
morales y severos y a la vez un poco brutales, un poco como a ti
te gustaban los rusos, superan la elocuencia de tus monólogos
furiosos. Qué conversador caprichoso, placentero eras. Qué
espirales dialécticas. Te gustaba hablar como un maldito:
blasfemabas, desafiabas. Amabas la juventud o la idea de la juventud.
Sabías ser primorosamente cómplice con los escritores
que empezábamos. Tenías un don sagrado con los jóvenes:
nos protegías sin paternalismo. Me consta que, en secreto,
venerabas la bondad. Al final de tus bellas cartas cáusticas,
antes de firmar Ballyear, solías insistir en que cuidara
mi salud, en que hiciera el amor todo lo posible, en que valorase
mi fuerza, en que amara a mis padres, en que no te hiciera caso.
Como corresponsal -y bien lo sabe medio mundo- tu artesanía
alcanzaba una intensidad desconcertante. Interpelado por tus palabras,
aun si se trataba de alguna boutade divertida, uno sentía
algo parecido a la exigencia de decir una verdad: <<Quítese
la peluca>>, reza una cita de Chesterton que alguna vez usaste.
Desde luego hubo gente que te conoció mejor que yo. Tuviste
amigos mucho más antiguos y cercanos. Vivíamos a cientos
de kilómetros. No nos fuimos de viaje juntos, no compartimos
novias, nunca escribimos un libro a medias. Y sin embargo, o por
eso, necesito demorar cada momento como quien repasa un breve manuscrito
incompleto. Y sin embargo, o por eso, siento como si hubiéramos
coincidido en alguna parte lejos hace mucho. Me acuerdo de tu devoción
por los peores poemas de Borges, de tu aversión por las estrofas
clásicas, de tus diatribas contra las universidades o de
esa cueva algo mohosa donde tramaste tus mejores páginas,
aquella guarida donde te atrincherabas y en cuyas demacradas paredes
ibas pinchando toda clase de papelitos y recortes de periódico.
Recuerdo una partida de ajedrez que nos duró más de
tres horas, y el rock mexicano que sonaba de fondo y que tú
te encargabas de carraspear al unísono: <<Pero quién
les ha dado el derecho para decidir/ el destino de los mexicanos...>>
Te levantabas de tu asiento a cada rato, tocabas una guitarra imaginaria,
hablabas con tu hijo o con tu esposa, me llenabas la copa sin probar
ni un sorbo. Al final me ganaste.
Si fuiste hipocondríaco, fue de puro inteligente: a fuerza
de convertir tu salud frágil en parte de tu personaje, a
fuerza de convertir el miedo en una constante broma irónica,
conseguiste que ninguno de nosotros -tal vez ni siquiera tú-
la tomáramos completamente en serio. <<Uno tiene la
obligación moral de ser responsable de sus silencios>>,
escribiste alguna vez. Vila-Matas ha dicho que la sensación
que le quedaba con tu desaparición era la de una conversación
interrumpida. Algo así nos ha sucedido a todos. Ahora lamento
no haberte llamado, no haberte escrito más durante el último
verano. Pero sé que no consentirías que emborrone
esta carta disculpándome, Roberto, así que me limitaré
a añadir que agradezco que hayas existido.
Un fragmento del poema antes mencionado dice apenas monterrosa,
temblorosamente: <<Soñé que nadie muere la víspera>>.
¿La víspera de qué? ¿Escribir morir
en presente es un modo de decir nunca? ¿Nadie eras tú?
¿A quién moja la fuente civil que describías
y que se te volvía fabulosa? Y ahora hazme el favor y déjate
de muertes, que quedan más veranos y nos queda infinito de
que hablar.
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