Estrella distante
Eduardo Jordá
   
     
  Ayer fui a comprar el periódico y me enteré de que había muerto el escritor chileno Roberto Bolaño. La vida es muy rara. Me quedé pensativo, rascándome la cabeza, convencido de que alguien me acababa de gastar una broma de muy mal gusto, como si yo fuese uno de los personajes de Bolaño que habían tenido que acostumbrarse a vivir en el desconcierto y la perplejidad. Nunca vi a Bolaño cara a cara, pero hablé con él por teléfono varias veces y de alguna forma llegué a conocerlo un poco. También, claro está, había leído sus novelas, con lo que ese conocimiento se había ampliado. Hace un año, además, estuve en Blanes, la localidad costera de Gerona en la que residía desde hacía bastante tiempo. Vi los altos edificios de los años sesenta y setenta, el paseo marítimo, las terrazas de restaurantes para turistas (muchos de ellos rusos o de países del Este), y me pregunté en cuál de aquellos edificios de apartamentos viviría Bolaño, encerrado como un anacoreta que escribía sin parar sus novelas y sus cuentos. Tenía su número de teléfono en el bolsillo pero no lo llamé. No quería molestar a alguien que se tomaba su trabajo tan en serio que ni siquiera veía a su mujer y a sus hijos durante varios días seguidos.

Bolaño sufría una enfermedad hepática y estaba a la espera de un transplante de hígado. Él no hablaba de ello, así que sólo lo sabían sus amigos íntimos. Todos los demás creíamos que estaba en buena forma. “Espérate que encienda un cigarrillo”, decía cuando hablábamos por teléfono, y entonces descubrías que dormía al lado de un paquete de cigarrillos. Hace una semana participó en un encuentro de escritores latinoamericanos en Sevilla. Nadie podía imaginarse que iba a ser su última aparición en público. Por lo que me han contado quienes lo vieron allí, seguía fumando, bromeando y hablando de las cosas de siempre, que eran de lo más singular: escritores que nadie sabía si eran reales o si se los había inventado, lugares en los que había vivido hacía mucho tiempo y en los que nadie podía haberse imaginado que hubiera vivido, o cosas como la estrategia militar (de la que sabía mucho), o los asesinos en serie (que le obsesionaban), o ciertas actrices de cine porno que había visto en alguna película infecta proyectada en una sala X de México o de Barcelona, o la forma de preparar un mole poblano, que es un plato mexicano a base de pavo y salsa de chocolate. Por lo que pude hablar con él, me pareció un tipo raro, amable a su manera, huraño y dedicado a la literatura con una entrega digna de Flaubert.

“¿Dónde me dijiste que estás, en Isla Margarita?”, me preguntó una vez, cuando mi llamada lo sacó de un sueño profundo a las tres de la tarde de un domingo. Le llamé porque su esposa y su hija me habían pedido que lo llamara. Supuse que ellas querían verlo, y que esperaban que mi llamada sirviera para recordarle que tenía obligaciones familiares que atender, aunque su inmensa novela “2.666", que constaba ya de casi un millar de páginas, lo mantuviese encerrado en su estudio. Cuando me preguntó aquello, tuve que contestarle que no estaba en Isla Margarita, sino en un lugar mucho más prosaico y cercano, Isla Cristina, en Huelva. “¿Y qué haces en Huelva?”, insistió. Le contesté que aquello era demasiado largo de explicar. Bolaño era un buen conversador. Pasamos a otro asunto. Hablamos de Bruce Chatwin y de los trucos que utilizaba en sus libros, y también, no sé cómo, surgió el tema de sus “concadetes” de la Escuela Militar de Santiago de Chile. Usó esa misma palabra, “concadetes”, de modo que supuse que alguna vez había estado en una institución militar, y que eso tal vez explicara su amor a la valentía y su admiración hacia algunos generales valerosos (aunque Bolaño despreciara, por supuesto, a los militares golpistas de Pinochet). También hablamos de Pink Floyd y de Vivaldi, del desierto del norte de Chile (que él no conocía), de la lluviosa ciudad de Concepción (en la que había nacido en 1953), y de un barrio de Santiago de Chile en el que había situado un capítulo de su novela “Estrella distante”, que para mí es la mejor de todas las que escribió. Cuando colgué el teléfono, pensé que en cualquier momento podríamos continuar aquella charla, hasta que ayer cogí el periódico y me enteré de que Bolaño se había desvanecido como uno de sus personajes huidizos, esquivos e insobornables.
 
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