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Ayer
fui a comprar el periódico y me enteré de que había
muerto el escritor chileno Roberto Bolaño. La vida es muy rara.
Me quedé pensativo, rascándome la cabeza, convencido
de que alguien me acababa de gastar una broma de muy mal gusto, como
si yo fuese uno de los personajes de Bolaño que habían
tenido que acostumbrarse a vivir en el desconcierto y la perplejidad.
Nunca vi a Bolaño cara a cara, pero hablé con él
por teléfono varias veces y de alguna forma llegué a
conocerlo un poco. También, claro está, había
leído sus novelas, con lo que ese conocimiento se había
ampliado. Hace un año, además, estuve en Blanes, la
localidad costera de Gerona en la que residía desde hacía
bastante tiempo. Vi los altos edificios de los años sesenta
y setenta, el paseo marítimo, las terrazas de restaurantes
para turistas (muchos de ellos rusos o de países del Este),
y me pregunté en cuál de aquellos edificios de apartamentos
viviría Bolaño, encerrado como un anacoreta que escribía
sin parar sus novelas y sus cuentos. Tenía su número
de teléfono en el bolsillo pero no lo llamé. No quería
molestar a alguien que se tomaba su trabajo tan en serio que ni siquiera
veía a su mujer y a sus hijos durante varios días seguidos.
Bolaño sufría una enfermedad hepática y estaba
a la espera de un transplante de hígado. Él no hablaba
de ello, así que sólo lo sabían sus amigos íntimos.
Todos los demás creíamos que estaba en buena forma.
“Espérate que encienda un cigarrillo”, decía
cuando hablábamos por teléfono, y entonces descubrías
que dormía al lado de un paquete de cigarrillos. Hace una semana
participó en un encuentro de escritores latinoamericanos en
Sevilla. Nadie podía imaginarse que iba a ser su última
aparición en público. Por lo que me han contado quienes
lo vieron allí, seguía fumando, bromeando y hablando
de las cosas de siempre, que eran de lo más singular: escritores
que nadie sabía si eran reales o si se los había inventado,
lugares en los que había vivido hacía mucho tiempo y
en los que nadie podía haberse imaginado que hubiera vivido,
o cosas como la estrategia militar (de la que sabía mucho),
o los asesinos en serie (que le obsesionaban), o ciertas actrices
de cine porno que había visto en alguna película infecta
proyectada en una sala X de México o de Barcelona, o la forma
de preparar un mole poblano, que es un plato mexicano a base de pavo
y salsa de chocolate. Por lo que pude hablar con él, me pareció
un tipo raro, amable a su manera, huraño y dedicado a la literatura
con una entrega digna de Flaubert.
“¿Dónde me dijiste que estás, en Isla Margarita?”,
me preguntó una vez, cuando mi llamada lo sacó de un
sueño profundo a las tres de la tarde de un domingo. Le llamé
porque su esposa y su hija me habían pedido que lo llamara.
Supuse que ellas querían verlo, y que esperaban que mi llamada
sirviera para recordarle que tenía obligaciones familiares
que atender, aunque su inmensa novela “2.666", que constaba
ya de casi un millar de páginas, lo mantuviese encerrado en
su estudio. Cuando me preguntó aquello, tuve que contestarle
que no estaba en Isla Margarita, sino en un lugar mucho más
prosaico y cercano, Isla Cristina, en Huelva. “¿Y qué
haces en Huelva?”, insistió. Le contesté que aquello
era demasiado largo de explicar. Bolaño era un buen conversador.
Pasamos a otro asunto. Hablamos de Bruce Chatwin y de los trucos que
utilizaba en sus libros, y también, no sé cómo,
surgió el tema de sus “concadetes” de la Escuela
Militar de Santiago de Chile. Usó esa misma palabra, “concadetes”,
de modo que supuse que alguna vez había estado en una institución
militar, y que eso tal vez explicara su amor a la valentía
y su admiración hacia algunos generales valerosos (aunque Bolaño
despreciara, por supuesto, a los militares golpistas de Pinochet).
También hablamos de Pink Floyd y de Vivaldi, del desierto del
norte de Chile (que él no conocía), de la lluviosa ciudad
de Concepción (en la que había nacido en 1953), y de
un barrio de Santiago de Chile en el que había situado un capítulo
de su novela “Estrella distante”, que para mí es
la mejor de todas las que escribió. Cuando colgué el
teléfono, pensé que en cualquier momento podríamos
continuar aquella charla, hasta que ayer cogí el periódico
y me enteré de que Bolaño se había desvanecido
como uno de sus personajes huidizos, esquivos e insobornables.
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