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La muerte de Roberto Bolaño causó una extraordinaria
conmoción en nuestro país, una explosión de pesar
y de rabia con muy escasos precedentes. Muchos de los más destacados
escritores y críticos lo valoraron como el mejor escritor latinoamericano
de su generación. Tan sólo unas pocas semanas antes,
en una reunión de escritores latinoamericanos en Sevilla, la
generación más joven, la de Fresán, Volpi o Gamboa,
lo eligió como su líder indiscutible, su faro, su tótem,
en palabras de Rodrigo Fresán. Y no sólo en España,
en toda América Latina, en especial en Chile y en México,
se sucedieron cataratas de elogios y se expresó el dolor de
la pérdida de un artista en su apogeo.
También tuvo gran repercusión su muerte en otros países
europeos, donde la obra de Bolaño se estaba traduciendo de
forma cada vez más acelerada. Cuando murió se habían
firmado 37 contratos en países, destacando Italia, Francia,
Holanda y el Reino Unido. Su desaparición se lamentó
incluso en varios periódicos de Estados Unidos, pese a que
era un autor inédito en dicho país, aunque ahora, desde
septiembre, ya no lo es. En la contraportada de la edición
de Nocturno de Chile en New Directions, entre cinco citas de críticos
y escritores brilla gloriosamente esta frase de Susan Sontag: «Nocturno
de Chile es lo más auténtico y singular: una novela
contemporánea destinada a tener un lugar permanente en la literatura
mundial.» Y la propia Sontag, el 25 de octubre, en una rueda
de prensa en Oviedo, con ocasión de recibir el Premio Príncipe
de Asturias, arremetió contra los falsos escritores, los «escritores
mercenarios », y por el contrario alabó a su admirado
Bolaño: «De lo que he leído en los últimos
años, me gusta mucho Roberto Bolaño. Es una pena que
haya muerto tan joven. Escribió mucho y estaba empezando a
ser traducido al inglés, pero le quedaba tanto por escribir...»
En Francia, donde se han publicado aceleradamente cinco de sus libros
en los dos últimos años, Bolaño había
sido adoptado como uno de los grandes. Así lo muestra, por
usar sólo una cita, lo que escribió Fabrice Gabriel
en Les Inrockuptibles con el título «Un hermano ha muerto»:
«Largo tiempo hemos vivido sin saber que existía un chileno
perfecto para nosotros: barroco pero breve, erudito sin ser pedante,
trágicamente metafísico y auténticamente bromista,
loco por la poesía pero dotado de una eficacia narrativa sin
falla alguna... Una especie de fenómeno entre Woody Allen y
Lautréamont, Tarantino y Borges», un autor que conseguía
que «su lector se convirtiera en un frenético proselitista»,
y terminaba: «Bolaño no amaba el pathos superfluo ni
los discursos grandilocuentes. El único homenaje será
leerle de ahora en adelante y reírnos todavía con él.»
Una síntesis excelente, pero convendría hacer una matización:
no sólo los lectores franceses no sabían que existía,
también lo desconocían muchos lectores en español.
A pesar de su enorme prestigio, con la excepción de Los detectives
salvajes, Bolaño seguía siendo un autor minoritario.
Ahora, tras la explosión de su muerte, muchos lectores lo están
descubriendo entusiasmados. Así como se habla del frecuente
purgatorio de los escritores después de su muerte, en este
caso apunta paradójicamente lo contrario.
«LOS
DETECTIVES SALVAJES»
Después de muchísimos años
de consagración fanática a la escritura, Bolaño
emerge a mediados de los noventa. En el y el publica tres libros
consecutivos, tres revelaciones: La literatura nazi en América,
Estrella distante y Llamadas telefónicas, que alertan a los
críticos más sagaces, a los lectores más inquietos.
Pero la explosión incontenible ocurrió con Los detectives
salvajes, publicado en noviembre del, que en pocos meses ganó
nuestro premio de novela y el Rómulo Gallegos y de inmediato
la unanimidad de los mejores críticos, como Ignacio Echevarría
o Masoliver Ródenas en España, Celina Manzoni en Argentina,
Elvio Gandolfo en Uruguay, Christopher Domínguez-Michael
en México, o Rodrigo Pinto y Patricia Espinosa en Chile.
Y también el instantáneo apoyo incondicional de escritores
como Enrique Vila-Matas, Juan Villoro o, en Chile, Jorge Edwards,
Jaime Collyer, Roberto Brodsky.
La lista de elogios sería interminable y un leitmotiv sería
que Los detectives salvajes es la mejor novela mexicana desde La
región más transparente, o la mejor novela sobre México
desde Bajo el volcán (lo que recuerda un dictamen sobre Lolita:
la Gran Novela Americana fue escrita por un ruso), pero alejándonos
ya de México, territorio que le queda demasiado estrecho,
otro leitmotiv sería que Los detectives salvajes es la nueva
Rayuela, una novela que marcó a su generación con
la misma fuerza con que la novela de Roberto marcó a la suya.
Citaré dos afirmaciones que me parecen especialmente afortunadas.
Una de Elvio Gandolfo: «Los detectives salvajes se inscribía
en un subgénero latinoamericano: la Gran Novela Despeinada
iniciada en Argentina por Adán Buenosayres de Marechal y
sobre todo Rayuela de Cortázar.» Y la otra de Ignacio
Echevarría: «El tipo de novela que Borges hubiera aceptado
escribir.»
Y recuerdo haber leído en algún sitio un comentario
sobre la parte central de la novela que la equiparaba al río
Mississippi de Huckleberry Finn, potente generador de historias.
BOLAÑO, POETA Y PERRO ROMÁNTICO, RABIOSO Y APALEADO
Roberto Bolaño se consideró siempre
un poeta. Sólo empezó a escribir narrativa a raíz
del nacimiento de su hijo Lautaro, a quien idolatraba, hacia 1990.
Pensó que, obviamente, sólo con la poesía no
podía soñar con alimentar a su familia, y apenas con
la prosa. Sus acrobacias de supervivencia en los primeros 90, presentándose
a toda suerte de premios municipales, «premios búfalo»
imprescindibles para el escritor piel roja, son el tema de su cuento
«Sensini» dedicado al escritor argentino Antonio Di
Benedetto, exiliado en España, quien le enseñó
las tretas de ese arte menor.
Conocía de Roberto los libros de poesía publicados
en España—Los perros románticos (Lumen) y Tres
(Acantilado)—, cuando Carolina me pasó, en julio pasado,
tras la muerte de Roberto, un volumen muy significativo, editado
en 1979 en México: Muchachos desnudos bajo el arcoiris de
fuego (11 jóvenes poetas latinoamericanos), con una dedicatoria:
«A las muchachas desnudas bajo el arcoiris de fuego»,
y una advertencia preliminar: «Este libro debe leerse / de
frente y de perfil / que los lectores parezcan platillos voladores.»
En dicha antología, a cargo de Roberto Bolaño, figuran
tres infrarrealistas: el propio Bolaño y Mario Santiago—es
decir, el Arturo Belano y el Ulises Lima de Los detectives salvajes—y
también Bruno Montané, el aún más joven
poeta chileno—que aparece en la novela como Felipe Müller—.
El origen de la palabra infrarrealismo proviene, claro está,
de Francia. Emmanuel Berl la atribuye al surrealista (sobrerrealista)
Philippe Soupault: él y sus amigos «habían fundado
un club de la desesperanza, una literatura de la desesperanza».
El infrarrealismo (o real visceralismo en la novela) fue un movimiento
sin manifiesto, una especie de «Dadá a la mexicana»
(en palabras de Bolaño), cuyos componentes irrumpían
en los actos literarios boicoteándolos, incluso los del mismísimo
Octavio Paz. En una conversación con Roberto, Carmen Boullosa
le cuenta su pavor, antes de dar una lectura poética, de
que aparecieran los temibles «infras»: «Eran el
terror del mundo literario», afirma Boullosa. Temibles pero
desesperados, marginados.
En uno de los poemas, Bolaño escribe: «Los verdaderos
poetas tiernísimos / metiéndose siempre en los cataclismos
más atroces, / más maravillosos / sin importarles
/ quemar su inspiración / sino donándola / sino regalándola
/ como quien tira piedras y flores. / Oye, poeta, le dicen, / enchufa
el amanecer.»
Y en otro poema: «Algo inevitable, / como enamorarse veces
de la misma / muchacha.»
Y finalmente en otro: «La certeza de una muerte esbelta y
temprana.»
O sea, en esas estrofas, un concentrado, una píldora de la
vida y muerte de Roberto Bolaño. En la antología brilla
el talento de Mario Santiago, quien, después de Bolaño,
es el mejor poeta. Cabe subrayar un poema titulado «Consejos
de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger»,
un título que Bolaño parafraseará en su primera
novela, escrita con Antonio G. Porta, Consejos de un discípulo
de Morrison a un fanático de Joyce. En dicho poema, dedicado
a «Roberto Bolaño y Kyra Galván camaradas &
poetas», Mario Santiago escribe: «el Azar: ese otro
antipoeta & vago insobornable» y también constata
«unas ganas despeinadas de morder & ser mordido».
En ambos poetas ya figura, pues, un homenaje al maestro Nicanor
Parra y su vocación de perros románticos, a menudo
perros rabiosos, y desde luego perros apaleados.
BOLAÑO IMPRECADOR (BAJO EL SIGNO DE RIMBAUD, DADÁ,
DEBORD)
Roberto Bolaño, como demuestra en sus libros,
estaba empapado de literatura francesa. Así, en el relato
«Fotos», de Putas asesinas, su álter ego Arturo
Belano, perdido en África, piensa: «Para poetas, los
franceses.» (Acotación obvia: Arturo Belano, Arthur
Rimbaud.) Y si admira en Francia la cúspide de su literatura,
la poesía, tampoco parece ignorar un género más
lateral pero muy practicado en dicho país: el arte de la
injuria.
(Como ejemplos eminentes del arte del insulto figuran desde Baudelaire
y Alfred Jarry hasta Arthur Cravan y su revista Maintenant, y naturalmente
los dadaístas, empezando por Tristan Tzara: «Maurice
Barrès es el mayor cerdo que me he encontrado en mi carrera
política; el mayor canalla que ha visto Europa desde Napoleón.»
Y añade, sarcástico: «No tengo ninguna confianza
en la justicia, incluso si Dadá dicta esa justicia. Convendrá
conmigo, Sr. Presidente, que sólo somos una panda de cabrones
y que por consiguiente las pequeñas diferencias, cabrones
más grandes o cabrones más pequeños, no tienen
ninguna importancia.» O, entre los surrealistas, la gélida
pregunta de Louis Aragon: «¿Ya has abofeteado a un
muerto?» Aunque quizá los más temibles polemistas
estuvieron en la Internacional Situacionista, cuyo último
número de su revista acababa con un demoledor cruce de cartas
con Claude Gallimard, tan brutalmente insultado como su padre Gaston
y su hijo Antoine. Ya antes la Internacional Letrista, en 1952,
de la que salieron los situacionistas, ante la visita de Charlie
Chaplin a Francia, en olor de multitudes, lo había saludado
de la forma más descalificadora: «Go home, Mr. Chaplin,
estafador de los sentimientos, chantajista del sufrimiento.»
Y las colecciones de cartas de insultos más belicosas son
los dos tomos de la Correspondencia de la editorial Champ Libre,
tan fuertemente inspirada por Guy Debord. Éste, por cierto,
en Consideraciones sobre el asesinato de Gérard Lebovici
escribió: «La carta de injurias es una suerte de género
literario que ha ocupado un gran lugar en nuestro siglo y no sin
razón. Creo que nadie puede dudar que yo mismo, a este respecto,
he aprendido mucho de los surrealistas y, por encima de todo, de
Arthur Cravan. La dificultad en la carta de injurias no puede ser
estilística, la única cosa difícil es tener
la seguridad de que uno está en su derecho en escribirlas
respecto a ciertos corresponsales precisos. Nunca deben ser injustas.»
Bolaño no escribió, creo, cartas de injurias—aunque
su última conferencia, «Los mitos de Cthulhu»,
es un panfleto brutal en el que Bolaño reivindicó
la herencia de Nicanor Parra: «la idea del ataque gratuito
y de joder la paciencia»—, sino que lanzó durísimos
juicios lapidarios: pienso que, con razón o sin ella, nunca
creyó ser injusto. Se atuvo, pues, a la ley acuñada
por Debord. Fin del excursus.)
Como es bien sabido, el Bolaño más polémico,
el Bolaño lector más intransigente, operó en
Chile, donde opinó con virulencia o desdén respecto
a componentes de la nueva narrativa chilena de los 90, a los que
apodó los «donositos», y también respecto
a algunos de los autores chilenos más leídos.
Tomemos el significativo caso de Isabel Allende, indiscutible bestseller
internacional, a quien Bolaño tildó de «escribidora».
Allende, en una entrevista en El País (3 de septiembre de
2003), contraatacó así: «No me dolió
mayormente porque él hablaba mal de todo el mundo. Es una
persona que nunca dijo nada bueno de nadie. El hecho que está
muerto no lo hace a mi juicio mejor persona. Era un señor
bien desagradable» Es bien comprensible la irritación
de Isabel Allende: llamar «escribidora» a una escritora
es algo así como una enmienda a la totalidad. Pero Bolaño
la ataca como escritora mientras que Allende ataca a la persona,
faltando objetivamente a la verdad.
BOLAÑO, LECTOR INCANSABLE, SEVERO Y GENEROSO
La afirmación de Isabel Allende nos invita
a hacer una lista (a Bolaño, como a su admirado Perec, le
encantaban las listas) de los autores de los que Bolaño dijo
mucho bueno. Así, Borges y Bioy y Bustos Domecq, Silvina
Ocampo, Rodolfo Wilcock, Cortázar, Manuel Puig, Copi, Nicanor
Parra, Enrique Lihn, Gonzalo Rojas, Jorge Edwards, a ratos José
Donoso, Juan Rulfo, Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, Juan
Marsé, Álvaro Pombo, Ricardo Piglia. Nombre obvios,
sí, pero que dibujan una cartografía precisa, de incluidos
y excluidos: de una parte, el fervor de la literatura, de otra,
para decirlo con Martin Amis, la guerra contra el cliché.
Pero es probablemente más significativa su lectura apasionada
y generosa de tantos autores de su generación y aun de escritores
más jóvenes, aquellos que conforman lo que Bolaño
llamaba la voluntad de ruptura en lengua española de la generación
de los 90. Veamos unos nombres: Fernando Vallejo; César Aira,
Alan Pauls y Rodrigo Fresán; Rodrigo Rey Rosa; Juan Villoro,
Daniel Sada, Carmen Boullosa y Jorge Volpi; Enrique Vila-Matas y
Javier Marías; Pedro Lemebel y Roberto Brodsky. El dibujo
ya es bien nítido.
Ante esta lista de entusiasmos, de lectura sistemática de
escritores jóvenes (lo que no es precisamente muy usual por
parte de tantos autores), una lista cuyos posibles aciertos decidirá
la posterioridad (pero que no parece desencaminada), las polémicas
despertadas por las opiniones contundentes de Bolaño parecen,
como él afirmó, «polémicas totalmente
gratuitas, estornudos».
También merece destacarse que tampoco escaparon a su crítica
notorias vacas sagradas españolas, desde la parte central
de Los detectives salvajes, de forma algo enmascarada pero evidente,
siguiendo en varias entrevistas y acabando en «Los mitos de
Cthulhu», la conferencia que cierra su último libro.
Unas andanadas que a Bolaño, que no tenía posiciones
que escalar ni tenía que vengarse de nadie, en nada podían
beneficiarle. Es obviamente mucho más peligroso despellejar
en público que hacerlo en privado, un deporte que los escritores
(y no escritores) practican (practicamos) con suma asiduidad.
Daba la impresión de que Bolaño escribía como
Kafka dijo, creo, que debería hacerse: escribir como si se
estuviera muerto. Y esto me recuerda la forma cómo Jacques
Rigaut apostrofaba a sus amigos dadaístas menos radicales:
«Vous êtes tous des poètes et moi je suis du
côté de la mort.» Y a los muertos, si no otra
cosa, la sinceridad se les supone.
BOLAÑO EN SU LEYENDA
Pero olvidemos ya los estornudos y sus miasmas y
leamos o releamos a Roberto Bolaño. Un autor del que Vila-Matas
dijo: «Con la muerte de Bolaño empieza una leyenda.»
Una leyenda que sería plenamente merecida tan sólo
con Los detectives salvajes calificada por Masoliver Ródenas,
perfilando el leitmotiv, como «una de las mejores novelas
mexicanas contemporáneas, escrita por un chileno que reside
en Cataluña.» Un escritor chileno cuyo único
pasaporte fue chileno, aunque Bolaño, siempre incómodo,
siempre a contrapié, matizaba: «Muchas pueden ser las
patrias pero uno solo el pasaporte, y este pasaporte, evidentemente,
es la calidad de la escritura.»
Roberto Bolaño, un perro romántico, un perro rabioso,
un perro apaleado, que nunca renunció a su «deseo de
quemar el mundo», y también «un príncipe
dulcísimo», según el epitafio de su querido
Nicanor Parra. Roberto Bolaño, que escribió a modo
de epitafio propio: «El mundo está vivo y nada vivo
tiene remedio y ésa es nuestra suerte.» Una frase desesperada,
lúcida y sarcástica, la marca de fábrica de
un escritor chileno llamado a perdurar, un orgullo de la literatura
universal.
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