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Sabíamos que Roberto no era un malade imaginaire, sino todo
lo contrario, un artista seriamente enfermo. Pero después de
tantos años nos había (casi) contagiado de aquella actitud
respecto a su salud: altiva, testaruda, desafiante, estoica, kamikaze,
avestruz (hipótesis no excluyentes, sino acaso insuficientes).
La resistencia pasiva pero obstinada ante la necesidad de ponerse
en lista de espera para el ineludible trasplante. Una decisión
aplazada, quizá una coartada, por la determinación de
acabar con la gran novela en la que llevaba años trabajando.
Durante este último semestre de su vida, aparecen indicios
que permiten imaginar, retrospectivamente, algo así como una
despedida implícita (o acaso como una suerte de amuleto para
conjurar una despedida forzosa).
Por ejemplo, Roberto, que tantos plantones había dado a sus
editores europeos, este año visitó Londres, invitado
por su editor Christopher MacLehose, que había publicado Nocturno
de Chile. También París y Turín, viajes en los
que Lali y yo coincidimos con él, invitado por Christian Bourgois
y por Elvira y Antonio Sellerio. E incluso, hace unas pocas semanas,
asistió a un encuentro de escritores latinoamericanos en Sevilla,
en el que fue consagrado como el mejor y más influyente novelista
de su generación, por total unanimidad.
Más indicios. El lunes 30 de junio por la tarde vino a Anagrama,
a efectuar una de sus prolongadas visitas. Conversó con Teresa
e Izaskun, las responsables de edición y producción,
y también con Lali, quien se ocupa de sus derechos extranjeros,
la carrera de traducciones de sus obras es imparable. Había
llegado incluso a Estados Unidos, donde la prestigiosa editorial New
Directions publicará este año Nocturno de Chile, arropado
por una cita elogiosísima de Susan Sontag, quien proclamaba
en todas sus cenas de Nueva York que Roberto era un escritor extraordinario
que ningún lector digno de tal nombre debería perderse,
un must.
Luego, Roberto entró en mi despacho, con manuscrito inesperado
en ristre, un libro de cuentos, espléndido, El gaucho insufrible,
para que se editara en otoño, siguiendo su fetichismo de publicar
un libro al año (por lo menos) en Anagrama, un ritual que se
había ido cumpliendo, desde Estrella distante, en 1996. Penúltimos
indicios posibles: mucho más que en sus libros anteriores,
en los cuentos figuraban numerosas dedicatorias.
Empezamos una de aquellas conversaciones fluviales, tan características
de Roberto. Hicimos el consabido repaso del estado de la cuestión
de la literatura latinoamericana y también española.
Como es sabido, Bolaño era un lector insaciable, con criterios
muy estrictos: grandes entusiasmos y también un profundo desdén
por aquellos escritores que banalizaban o prostituían la literatura
y a los que propinaba sarcasmos demoledores.
Y finalmente habló largo rato de 2.666, su gran novela, que
había ido creciendo, no de forma incontrolada pero sí
con un tonelaje alarmante, de cada vez más difícil manejo
editorial. Primero se había tratado de un libro de más
de mil páginas, y seguía creciendo. Luego decidió
partirlo en dos volúmenes muy extensos. Y ese día me
comunicó la decisión final: sería ahora una pentalogía,
cinco novelas que podían leerse de forma independiente. Las
cuatro primeras estaban ya absolutamente terminadas, la quinta en
fase de redacción. Su gran temor a dejar su obra inconclusa
quedaba pues, en gran parte, conjurada. Ya había demostrado
cumplidamente en Los detectives salvajes que era un maestro del más
refinado ensamblaje.
Al día siguiente ingresó en el Hospital del Valle de
Hebrón.
¿Cómo definir a Roberto Bolaño? Una empresa condenada
al fracaso, claro está, como máximo hay que proceder
por aproximaciones. Por ejemplo, su radicalidad estética, ética
y política, tan insobornables, diría, como inevitables,
desde aquel joven adolescente en México, con gestos dadaístas,
bajo el signo de Rimbaud, un desesperado escribiendo para desesperados,
pese a las advertencias del pragmático sentido común.
Él y sus amigos, los jóvenes poetas, artistas de la
provocación y del insulto y también "pobres niños
abandonados, porque ésta era la situación: nadie los
quería", dice en Amuleto Auxilio Lacouture, "la madre
de la poesía mexicana".
Y que ya en España, desde 1977, según nos cuenta en
el prólogo de Monsieur Pain, malvive gracias a los certámenes
de provincias. Pese a haber logrado después premios importantes,
"ninguno ha sido sin embargo tan importante como estos premios
desperdigados por la geografía de España, premios búfalo
que un piel roja tenía que salir a cazar pues en ello le iba
la vida."
Y la literatura siempre por encima de todas las cosas, un explorador
audaz, un buceador a pulmón libre, un trapecista sin red. En
su cuento "El retorno", de Putas asesinas, el narrador buscaba
en las noches de París "aquello que no encontraba en mi
trabajo ni en lo que la gente llama vida interior: el calor de una
cierta desmesura". En el caso de Bolaño, por el contrario,
el trabajo de la escritura y el buscar en la vida interior eran el
carburante de la desmesura necesaria.
Y también, bajo el caparazón de hombre duro (pero no
había que rascar mucho) una persona tierna, cálida y
muy generosa y tan elegante, un dandy enmascarado, afirmaciones que
si Roberto estuviera vivo no me atrevería a hacer, me parecería
indecoroso, como quebrantar un pacto implícito. Su muerte,
con la de Carmiña Martín Gaite, han sido el mayor dolor
de toda mi vida de editor.
Ahora, Ulises Lima (es decir, su gran amigo Mario Santiago, poeta
destruido) y Arturo Belano (nuestro querido Roberto Bolaño),
los detectives salvajes, ya se han enfrentado a su última pesquisa,
the big sleep.
Adiós, pues, a Roberto, con todos sus amigos y todos los que
le querían, que son muchísimos, con el corazón
en un puño. Pero sus libros nos acompañarán y
permanecerán: el triunfo, pues, de la literatura a la que tan
intrépidamente consagró su vida
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(Texto
leído en el funeral laico del tanatorio de Les Corts, Barcelona,
16 de julio de 2003) |
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