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UNO Escribir necrológicas no es otra cosa que desarmar al vivo
para ensamblar al muerto. Pocas ganas de hacer eso con Roberto Bolaño.
Y muy difícil: Bolaño era una persona definitivamente
viva. Por eso, porque se lo merece, porque es lo único que
sale a la hora de su todavía inverosímil muerte, mejor,
una vitalógica antes que una necrológica.
DOS La clave tal vez esté en el título de su libro más
famoso. En eso de Los detectives salvajes caben tanto el profesional
de la fría deducción como el ser que se mueve por puro
instinto y fuera de los límites de lo civilizado. Así
es la literatura de Bolaño. Así seguirá siendo:
un torrente donde cantan las bestias más líricas y razonan
los cerebros más poderosos. Y escribo esto en el amanecer del
martes, hace un rato que llamaron para avisar de su muerte y abajo,
en la calle, un hombre golpea y le grita "¡Háblame!"
a un teléfono público que no le responde. Una inequívoca
escena de un libro de Bolaño. Un último y respetuoso
homenaje de la realidad a sus ficciones.
TRES Bolaño muere luchando y escribiendo. Bolaño muere
en activo y en el momento justo de su gran despegue internacional,
con todavía mucho para contar, para seguir contando. Días
atrás, Bolaño era tapa del suplemento de HYPERLINK "http://www.liberation.com/page.php?Article=120320"
Libération HYPERLINK "http://www.liberation.com/page.php?Article=120320"
, Le Monde le dedicaba una página entera, Susan Sontag y el
TLS saludaban con euforia su HYPERLINK "http://books.guardian.co.uk/review/story/0,12084,899629,00.html"
edición en inglés, y -en su última aparición
pública, en un reciente congreso de nueva literatura latinoamericana
en Sevilla- había quedado muy claro que toda una generación
lo consideraba su totem así como el mejor ejemplo posible a
seguir. Una de esas noches -días antes de ser internado- Bolaño
ofreció una espontánea y magistral clase en el arte
de narrar: Bolaño repitió una y otra vez un chiste malísimo
-que a él le parecía formidable- con mínimas
variaciones o con drásticos cambios sin por eso alterar en
nada la trama de ese chiste. No exagero si afirmo que ahí y
entonces se pudo aprender mucho más que en años de taller
literario. El vacío que nos deja es un vacío sin remate
ni gracia. Por su parte -no es chiste-, Bolaño estaba poniendo
a punto su mega-opus de más de mil páginas titulada
2666 y acababa de entregar a su editor el libro de cuentos El gaucho
insufrible. Allí, la Argentina aparece de muchas maneras. A
Bolaño le intrigaba y le apasionaba la Argentina. "Ese
país donde hasta los escritores pésimos saben escribir",
definía. Y no hace mucho tiempo, en un ciclo cultural, Bolaño
había leído un texto genial y demoledor "Derivas
de la pesada" en el que recorría toda la literatura argentina
como si se tratara de una casa. Una casa tomada donde los escritores
aparecían en forma de muebles, de objetos, de electrodomésticos.
Borges estaba en todas partes. Y eso sí: Bolaño era
muy pero muy malo a la hora de imitar el acento argentino.
CUATRO El problema, claro, es que Bolaño te llamaba por teléfono,
con pésimo acento argentino, y -aseguraba él- imitando
a la perfección a alguien a quien nunca había visto
u oído y del que apenas conocía el nombre. Para colmo,
por lo general, las personas a las que aseguraba calcar al detalle
eran mujeres argentinas. Después, enseguida, vencido, asumía
su acento de Bolaño en conversaciones larguísimas donde
podían entrar sin dificultad los decadentes hábitos
culinarios de algún César; las últimas investigaciones
sobre el crimen de la Dalia Negra (lo que lo llevaba a James Ellroy);
Irak; el final de El sexto sentido (Bolaño no iba al cine,
consumía videos; y entonces tenía casi todo un año
para atormentarte con sus delirantes hipótesis sobre el final
de esa película "Ya sé: el niño es vampiro,
¿no?" y tantas otras); las teoríaspsicotemporales
a la Philip K. Dick (que, en más de un caso, compartía);
las novedades en la última edición de "Gran Hermano";
y –claro– todo aquello que a uno le preocupaba: porque
Bolaño no era sólo un enorme escritor, también
era un amigo inmenso.
O, si no, bajaba desde su casa en Blanes y te tocaba el timbre de
golpe y sin previo aviso (una vez temblando y asegurándome
que acababa de matar a un skinhead en una pelea en el metro... ¡¡¡y
yo le creí!!!) y de ahí a un bar a conversar "sin
acento argentino" sobre tantas otras cosas. La última
vez teorizó acerca de que el próximo gran salto evolutivo
del hombre sería artificial y no natural: los hombres se autoconvertirían
en máquinas para así poder alcanzar las tan lejanas
estrellas y "no depender de esta porquería de cuerpo que
nos tocó", gruñó. En realidad, claro, Bolaño
hablaba de su enfermedad; y ése fue uno de esos momentos. Le
dije que sonaba como el replicante Roy Batty de Blade Runner. Bolaño
sonrió y dijo: "¿Verdad que me ha salido bonito?"
y se fue a pasear un rato por ahí.
CINCO En Tres -su último libro de poesía- Bolaño
se despide con un largo texto titulado "Un paseo por la literatura".
Allí, Bolaño sueña que "era un viejo detective
latinoamericano y que una Fundación misteriosa me encargaba
encontrar las actas de defunción de los Sudacas Voladores".
Allí, Bolaño se presenta como un investigador de libros
en llamas, un visitador de países enfrascados en batallas floridas,
un medium de escritores extraviados pero unidos para siempre por los
estantes de su biblioteca. "Soñé que era un detective
viejo y enfermo y que buscaba gente perdida hace tiempo. A veces me
miraba casualmente en un espejo y reconocía a Roberto Bolaño",
dijo allí.
Ahora, Bolaño -sudaca volador que nació en Chile en
1953 pero murió en el universo en el 2003- es parte de ese
paseo. Y nos corresponde salir a buscarlo y reconocerlo. No será
un caso difícil: Bolaño -como Borges- estará
en todas partes, en todos esos libros que escribió y en todos
esos libros que no llegó a escribir pero, aun así, siempre
al frente y en el frente, peleando y peleándose.
En sus últimos tiempos, Bolaño jugueteaba con la idea
de armar una antología de nueva literatura latinoamericana.
Primero pensó en llamarla Continente pero, enseguida, le divirtió
el título de Invasión y formar a sus elegidos como si
se tratara de una unidad de combate: "Unos pocos y muy calificados
comandos/ninja, algunos cuantos marines, y el resto... ¡a la
Cruz Roja!" , se reía a carcajadas.
Descansa en paz, Roberto.
Tus libros seguirán dando guerra. Siempre.
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