Estrella
distante | No
sé quién soy |
Todos somos un
poco bipolares

Por Carolina Díaz
Ediciones
Universidad Diego Portales de Chile ha publicado el
libro 'Bolaño por sí mismo. Entrevistas
escogidas', que reúne una estupenda colección
de conversaciones con el escritor chileno, seleccionadas
por el periodista Andrés Braithwaite. La edición
cuenta además con prólogo del escritor
mexicano Juan Villoro.
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LEE AQUÍ EL PRÓLOGO ESCRITO POR JUAN VILLORO
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—¿Por
qué, si vives en España, escribes sobre cosas
que pasan en Chile?
—Bueno, escribo sobre cosas que pasan, o tal vez sería
más indicado decir que pasaron, en Chile, de la misma
manera que escribo sobre cosas que pasan o pasaron en México,
en España, en mi vida, en la vida de mis amigos. La
elección de los escenarios siempre es un misterio.
¿Por qué Kafka elige China? Pues por muchas
razones, una de ellas porque era chino. Yo escribo sobre Chile,
entre otras razones, porque soy chileno.
—¿Consideras a Chile como un material de vivisección
o también tienes afectos involucrados?
—Por supuesto que hay afectos (o rechazos, que en este
caso vienen a ser casi lo mismo). Hay una infancia chilena,
la adolescencia, el año 73, en fin, cosas pequeñas
y misteriosas, casi sin importancia, o sin el casi, probablemente
cosas sin ninguna importancia, pero que son también
las cosas que van construyendo un destino.
—¿Hay algo que te tenga curco de Blanes,
ese pequeño pueblo de la Costa Brava donde vives?
—Me gusta Blanes, me gusta el Mediterráneo, me
gusta vivir en un pueblo de aluvión, en donde hay gente
de todo el mundo, y también me gusta vivir en un pueblo
que ya existía antes de que naciera Cristo.
—Cuando te dediques a escribir novelas o cuentos
sobre España ¿estarás viviendo de vuelta
en Chile?
—No, probablemente entonces estaré sobreviviendo
en algún hospital, o, con suerte, en alguna residencia
de ancianos en el Caribe, o en alguna isla griega, sin residencia
de ancianos.
—¿Tienes alguna pesadilla recurrente relacionada
con Chile?
—Tenía una, antes de que volviera por primera
vez, el 98: regresaba en un tren, un tren que recorría
el Atlántico, y al llegar a la Estación Mapocho
o a la Estación Central me daba cuenta de que no tenía
boleto de vuelta. Tampoco tenía dinero. El cielo de
Santiago, para colmo de males, era gris y amenazaba con desatarse
una tormenta y yo iba vestido con ropa de verano.
—La última vez que volviste a Chile declaraste
que te ibas desilusionado y apestado de este país.
¿A qué se debió el malestar?
—No, eso yo no lo dije. Uno nunca puede sentirse así
con respecto a un país. Tal vez, si lo dije, cosa que
dudo, fue en relación a algunas personas, pero nunca
en relación al país. A mí me encanta
estar en Chile, me gusta comer empanadas, hablar con mis amigos,
salir a pasear por cualquier calle de Santiago. Por supuesto,
llega un momento en que te hartas, o en que las náuseas
se hacen insoportables, y entonces simplemente te vas, pero
sin decir que te sientes desilusionado con el país.
A mi edad, desilusionarse con un país, con cualquier
país, sería de una ingenuidad imperdonable.
—¿Cuál es el rasgo chileno que
menos toleras?
—La ingratitud. El poco valor que se le da a la obra
de Dittborn, el organizador del Mundial del 62. Yo me acuerdo
no sólo de Dittborn, sino también de Riera y
de Misael Escuti, de Honorino Landa, de Toro, de Leonel Sánchez,
de Eladio Rojas, de Contreras, de todos esos valientes que
intentaron meternos en la modernidad y por poco no lo lograron.
—¿Cómo describirías el
estado de madurez en que te encuentras?
—Bueno, yo no creo encontrarme en un estado de madurez.
Me
temo que sigo siendo, en las cosas importantes, básicamente
una persona inmadura. Y eso cuesta; no te creas que se nace
inmaduro, hay que trabajar mucho en el empeño. Y es
duro.
—A estas alturas de tu vida, ¿eres capaz
de pasarlo bien?
—Cada día. Y también de pasarlo mal. Todos
somos un poco bipolares.
En dosis muy pequeñas, somos bipolares, y estamos cotidianamente
abiertos al goce y al sufrimiento.
—¿Eres ex algo?
—No lo sé. Creo que no, aunque decir eso suena
presuntuoso. Bueno, soy ex lector de algunos escritores, de
algunos poetas. Hay pintores que me gustaron y que ya no me
gustan con el fervor de antes. También hay músicos
a los que ya no sigo como antes. Soy ex seguidor del Everton
de Viña y del América de México DF.
—¿Cuáles son los pánicos
más frecuentes que te produce el cuerpo?
—Sobre esto es mejor no hablar. El cuerpo (supongo que
hablamos del cuerpo de uno y no del cuerpo de los otros) es
un maestro en el arte de dar sorpresas, generalmente malas.
Pero, en contrapeso, el cuerpo de los demás nos suele
dar buenas sorpresas, sorpresas gratas.
—¿Qué es lo más temerario
que has hecho después de los 40 años?
—Criar a mi hijo Lautaro, sin la menor duda.
—¿Te consideras una persona con talento
para las relaciones interpersonales?
—Muy poco. Pero eso es lo mejor de la amistad, que exige
pocas cosas, aunque todas elementales, necesarias.
—¿Cuáles son los requisitos para
ser amigo de Roberto Bolaño?
—Ninguno. Un poco de generosidad, un poco de inteligencia,
pero no mucha, sólo un poco. Algo de valor, no mucho,
sólo un poco. Creo que tengo suficientes amigos.
—¿Hay amigos que lamentas haber perdido?
—He perdido a muchos amigos y a todos lamento haberlos
perdido.
La culpa siempre ha sido mía.
—¿De qué tamaño es tu capacidad
de querer?
—No sé cuánta capacidad tengo de querer,
pero, evidentemente, es muchísimo mayor que mi capacidad
de odiar. De hecho, creo que no estoy hecho o preparado para
el odio sostenido, que es el verdadero odio.
Yo creo que toda persona tiene algo bueno y, por lo tanto,
aunque sólo sea por curiosidad intelectual, siempre
estoy dispuesto al diálogo. Y, tras el diálogo,
más diálogo.
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