Ediciones
Universidad Diego Portales de Chile ha publicado el
libro 'Bolaño por sí mismo. Entrevistas
escogidas', que reúne una estupenda colección
de conversaciones con el escritor chileno, seleccionadas
por el periodista Andrés Braithwaite. La edición
cuenta además con prólogo del escritor
mexicano Juan Villoro.
—¿Tiene
algún sentido el éxito que tanto buscan algunos
escritores o que simplemente les llega a otros, si pensamos
que grandes autores, como Lautréamont, incluso han
rehuido el reconocimiento social?
—Eso de que Lautréamont rehuyó el reconocimiento
social es muy relativo. Si lo hubiese rehuido no habría
publicado nada, y una de las pocas cosas que se sabe de él
son los problemas que tuvo para imprimir los Cantos de Maldoror.
Su segundo libro, inconcluso, las Poesías, no hace
más que reforzar esta impresión. Toda escritura,
de alguna manera, es un acto social. Eso no quiere decir que
el escritor, en el momento de escribir, piense en los lectores.
Pero no hay que olvidar que, mientras uno escribe, al mismo
tiempo lee. No hay que olvidar que el escritor (hablo del
buen escritor, por supuesto) es su primer lector. Tampoco,
que un acto social es, por decirlo de alguna manera, un fenómeno
complejo y diverso, en donde cabe desde una comida de caníbales
hasta una recepción presidencial. Un acto social puede
transformarse, sin ningún problema, en un atentado
o en un velorio.
—¿Qué tan importante y determinante
es la experiencia en el momento de crear?
—La única experiencia necesaria para escribir
es la experiencia del fenómeno estético. Pero
no me refiero a una cierta educación más o menos
correcta, sino a un compromiso o, mejor dicho, a una apuesta,
en donde el artista pone sobre la mesa su vida, sabiendo de
antemano, además, que va a salir derrotado. Esto último
es importante: saber que vas a perder.
—¿Cuál es tu relación con
expresiones artísticas e intelectuales que pontifican
desde sus escritorios y que tienen una actitud “aburguesada”
ante sus vidas y obras?
—Bueno, se suele hablar muy mal de la llamada vida aburguesada.
Yo nunca he tenido una vida así, pero me encantaría
tenerla o haberla tenido. Lo que entendemos por vida aburguesada
es precisamente a lo que debe tender cualquier revolución
futura. Una vida aburguesada para todos. Es decir, una vida
tolerante, abierta a cualquier corriente cultural, laica,
firmemente anclada en los principios de la Ilustración.
Por lo que respecta a las peroratas desde los escritorios,
es una costumbre de los seres humanos que no creo que vaya
a cambiar en los próximos doscientos años.
—¿Quién eres tú, Bolaño?
—De Bolaño se ha dicho tanto como se ha escrito.
Que cultiva el género negro, que es heredero del boom,
que es exitoso, que es el mejor exponente de la narrativa
latinoamericana de su generación, que es polémico
por su ácida crítica a los escritores chilenos,
sobre todo a Luis Sepúlveda y Hernán Rivera
Letelier.
—¿No te aburre tanta adjetivación,
tanta rotulación, para referirse a tu vida y tu obra?
¿Quién es Roberto Bolaño, según
Roberto Bolaño?
—Ni lo sé ni me preocupa. No sé quién
soy, pero sé lo que hago y, sobre todo, sé lo
que no hago ni haré jamás.
—Al leerte, a uno le da la impresión
de que tu visión política está bastante
lejos de ser una postura militante, pero que no por ello no
es comprometida. ¿Crees que es un deber de los escritores
pronunciarse explícitamente ante hechos contingentes?
—El único deber de los escritores es escribir
bien y, si puede ser, algo mejor que bien; intentar la excelencia.
Después, como individuos, que hagan lo que quieran;
a mí eso me importa poco. Que sean coleccionistas de
latas de cerveza o aficionados al fútbol, perritos
falderos de la primera dama o heroinómanos.
—¿A
quiénes estás leyendo con mayor atención
en estos días?
—Leo varias cosas a la vez, algunas por mi trabajo,
otras únicamente por placer. Entre las primeras: libros
de criminología, en especial uno sobre las formas de
baremar el daño corporal, especial para los detectives
de las compañías de seguros. Entre los segundos:
a Flavio Josefo, que siempre es brillante, y la relectura
de la Historia de Roma, de Tito Livio, que es más que
brillante.
—Es difícil encontrar estructuras narrativas
novedosas o temáticas distintas a las habituales. ¿Es
posible pensar que la literatura está agotada?
—Los temas siempre son los mismos, desde la Biblia y
desde Homero.
Según Borges, no son más de cinco. En las estructuras,
por el contrario, las variantes son infinitas. Podemos construir
obras de mil maneras diferentes y aun así estaríamos
sólo en el principio. Por descontado, no creo que la
literatura esté agotada. Eso no va a suceder jamás,
al menos mientras los seres humanos puedan hablar. La literatura
se alimenta de la oralidad, del habla de la tribu, de la jerga
de la tribu. Las voces entrecruzadas y superpuestas que se
pueden oír en un autobús, por ejemplo, probablemente
contengan más energía que la mayor parte de
los poemas que hoy se escriben en Santiago.
—¿Es
posible hablar de originalidad en la literatura?
—Es necesario. Y no sólo de originalidad.
Todo escritor debe tratar de escribir una obra maestra.
Es necesario hablar, por tanto, de originalidad y de
excelencia. Y también de placer.
—Enrique Lihn, a quien admiras mucho,
escribió: “porque escribí estoy
vivo”. ¿Por qué escribes tú?
¿Hay algún grado de arrogancia, como algunos
escritores reconocen, en el proceso literario?
—En mi caso la arrogancia no tiene nada que ver
con mi trabajo.
Sería un redomado estúpido si así
fuera. El acto de escribir, por el contrario, es un
acto de humildad. En el momento de escribir no queda
sitio sino para la humildad. Antes que yo hubo otros
escritores que se sentaron en la misma mesa, que trabajaron
con los mismos materiales, pluma, tinta, máquina
de escribir, computadora. Escritores enormes a los que
leo y releo. Imposible sentir arrogancia. Ahí
sólo cabe sentir temor o humildad. Yo no siento
temor.
—¿Cuál es tu relación
sentimental con Chile?
—Razonablemente buena. Me gustan algunas cosas
del Chile actual.
Pero también me gusta un Chile más o menos
fantasmal y un Chile inexistente y un Chile literario.
Aunque creo que el Chile que más me gusta es
el Chile gastronómico.
—¿Chile dejó de existir
en 1973, como ha señalado Armando Uribe?
—Probablemente Uribe tiene razón. Todo
país, de alguna forma, deja de existir en muchas
ocasiones. Es decir, cambia. La España actual
no es la España que yo conocí en 1978,
sin ninguna duda, ni tampoco es la España de
1985. La Rusia de hoy, por ejemplo, no es la misma de
1989. Y la de 1989 no era la misma Rusia que la de 1953.
En ese sentido los países son como cebollas,
o como paredes que se descascaran y que luego llega
alguien y las vuelve a pintar o las lija. Lo malo es
cuando el que llega quiere echar la pared abajo. Eso
también pasa. En cualquier caso, aunque la melancolía
esté justificada, no sirve para nada, ni siquiera
para constatar la desaparición de un país.
—Para muchos que viven en Chile, el resto
del mundo no existe, salvo por uno que otro atentado.
¿Somos muy provincianos acaso?
—Los chilenos son tan provincianos como puedan
serlo los argentinos o los españoles o los rusos.
El provincianismo siempre enmascara otra cosa, generalmente
el miedo o la inseguridad, y en este sentido, claro,
hay un tipo de chileno que suele ser bastante provinciano,
apegado al terruño y a sus símbolos como
si se tratara de Dios Padre. En realidad, los países
como entidades abstractas no tienen mucho atractivo.
Las culturas sí. Tienen el atractivo de lo que
envejece y cambia. Pero los países, aparte de
ser, como decía el doctor Johnson, el último
refugio de los canallas, son entidades más bien
abstractas y pesadas. Y están destinados a desaparecer.
Diario
electrónico El Mostrador. Santiago. 19 de febrero
de 2002.