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Ahora que han pasado unas semanas, y con la perspectiva
que da el paso de los días, me gustaría rendir
tributo a una mujer que ha muerto y a la que conocí muy
poco. Me refiero a Lourdes Arroyo, la mujer de Mario Conde.
Nuestros maridos estuvieron enfrentados y yo considero que
mucho de lo que sufrió el mío fue por culpa
del suyo, pero eso ya pasó, y acunar rencores nunca
ha sido mi estilo. Tampoco la lealtad que sentí – y
siento– por mi marido me impide hablar de la de ella
para con el suyo y esa cualidad es precisamente la que más
admiro. Lealtad y discreción son virtudes que, en
la sociedad en la que vivimos, parecen casi adornos trasnochados
de otra época. Ahora estamos más acostumbrados,
por ejemplo, a que las mujeres y/o amantes de hombres renombrados
sufran lo que un amigo mío llama el Síndrome
de Lady Di: una señorita ignota y muy mona matrimonia
con un hombre famoso y, al poco tiempo, acaba siendo más
conocida que él y robándole el foco. Y no solo
robándoselo –nada que objetar si lo aprovecha
para demostrar su talento en lo que sea– sino utilizándolo
contra su marido como hizo la difunta princesa de Gales.
Si quieren que les diga la verdad, siempre me ha llamado
la atención la rendida admiración de la gente
por ella. No entiendo, por ejemplo, que como venganza contra
su marido empleara todo su poder mediático para hundir
una institución como la monarquía inglesa –trasnochada
y arteriosclerótica si se quiere–, pero de la
que son herederos sus hijos. Y ya sé que su marido
le ponía los cuernos y ya sé que la familia
la trataba fríamente, pero hay cosas que una madre
y tampoco una mujer, por despechada que esté, no debe
hacer, como contar urbi et orbi sus infidelidades conyugales
o hablar mal de una familia que, da la casualidad, es la
de sus hijos. En fin, como verán, hoy estoy de lo
más decimonónica pero realmente creo que en
el amor, como en el matrimonio, o en el divorcio, no todo
vale. Por eso, cuando veo a esas señoras (algunos
hombres también entran en este juego, pero hoy voy
hablar de nosotras) que se dedican a contar sus miserias
en la tele previo pago, cuando observo lo fácil que
es ganarse la simpatía de la gente con la barata cantinela
de “pobrecita yo cuánto he sufrido”, cuando
constato con estupor que el exhibicionismo no solo es glamouroso
sino que se piensa que “el que calla otorga”,
me da por admirar todo lo contrario. Admiro a los que no
se valen de una fama adquirida vicariamente para anunciar
bidés y losetas de cuarto de baño. Admiro a
aquellos que no hacen de su vida un circo. Y por sobre todo
admiro a los –las– que eligen mantenerse junto
a la persona que aman y defenderla y apoyarla aun en el caso
de que esa persona no sea san Francisco de Asís, precisamente.
Llámenme antigua si quieren, pero creo que hoy se
confunde mucho la sumisión (y de eso ya hemos tenido
bastante las mujeres en la Historia, gracias) con la lealtad.
O con la solidaridad, o con el apoyo incondicional. Huelga
explicar que, como dicen los ingleses, se requieren dos para
bailar el tango y que de los hombres hay que esperar lo mismo
que nosotras estamos dispuestas a dar. Pero hoy, cuando los
matrimonios duran un suspiro y las parejas aún menos,
cabe preguntarse si a quienes emprenden una vida en común
no habría que recordarles, remedando aquello que dijo
Kennedy a los americanos respecto de su patria, esta idea:
No preguntes qué es lo que tu pareja puede hacer por
ti, sino lo que tú estás dispuesto a hacer
por tu pareja, sea ésta quien sea y lo que sea. Por
eso, me gustaría dedicar este artículo a la
memoria de Lourdes Arroyo, una mujer a la que apenas conocí pero
de quien, a pesar de los pesares, podría haber sido
amiga. Gracias por tu ejemplo.
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