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Según una revista científica norteamericana,
existe una predisposición genética que hace
que algunas personas sean mentirosas y otras no. Por lo visto,
se han hecho estudios con hermanos y personas educadas en
ambientes y situaciones similares que indican la existencia
de lo que podríamos llamar mentirosos compulsivos.
A mí el tema me ha interesado siempre porque –no
sé si para bien o para mi desgracia– pertenezco
al grupo de los que no mienten (casi) nunca. Soy, para que
se hagan una idea, de las que cuando tengo que contar una
trola, me tiemblan la voz y las rodillas. También
sucede que cuando miento, y suelo hacerlo sobre todo para
no herir a otros con mis “verdades del barquero”,
me tengo que preparar. Necesito planear mi discurso y ensayarlo
mentalmente, porque si no lo hago, o si alguien me confronta
sin haberme preparado, canto las verdades aunque me perjudiquen
o duelan al contrario. Me gustaría aclarar sin embargo,
que no creo que la Verdad, así con mayúscula,
sea siempre mejor que una mentira. De hecho, hay verdades
que es mejor callarse, como una pequeña infidelidad
pasajera, por ejemplo. Temo a esas personas, vade retro,
que se jactan de “no tener pelos en la lengua”,
porque después de su declaración suele venir
siempre una inconveniencia o una maldad. Dicho esto, me sorprende
también sobremanera la frecuencia con que la gente
miente sin motivo o lo mucho que arriesga por una trola a
todas luces innecesaria o descabellada. Hace unas semanas
supimos de una mujer, presidenta de una asociación
de víctimas del 11 S, que urdió todo un cuento
chino diciendo que estaba en las Torres Gemelas cuando el
desastre. Y no contenta con eso, aseguraba también
haber perdido a su marido y trabajar en no se qué bufete
de abogados, cuando ni tenía marido ni había
pisado nunca la susodicha firma. Años atrás,
cuando se corrió la voz de que yo tenía una
relación sentimental con un señor, al que mucho
apreciaba pero con el que nunca había salido siquiera
a cenar mano a mano, descubrí algo muy curioso: todo
el mundo tenía un primo/cuñado/un iiiíntimo
amigo/a que me había visto con esa persona o bien
cenando en París, o bien saliendo de un hotel en Nueva
York, o bien embarcándome en un yate. Todo esto, naturalmente,
aderezado con lujo de detalles (el cacho peluco que yo lucía
en la muñeca, el abrigazo de martas cibelinas que
llevaba, etcétera), detalles tan glamurosos como falsos. ¿Por
qué miente la gente de ese modo? ¿ Por qué se
arriesga a que, como la mujer del 11 S , un día se
descubra su descomunal impostura y quede como un idiota? ¿Será por
inseguridad? ¿Será por maldad? ¿Será por
simple egoísmo? El estudio antes mencionado apunta
a una razón que casa, por cierto, con otros estudios
realizados sobre temas tan distintos y, en apariencia inconexos,
como lo que impulsa a los hombres a comprarse un coche deportivo
o por qué el ser humano pinta, escribe o hace música.
Según esta teoría, el cerebro humano es el
equivalente antropológico de la cola de un pavo real.
En otras palabras, es un órgano diseñado,
primordialmente, para atraer al sexo contrario. De este modo,
si alguien baila, canta, escribe un verso o pinta las Meninas,
lo hace, en último término, para que lo amen
y lo admiren. Lo mismo ocurre con el deseo de comprarse un
Ferrari, e incluso con el empeño de algunos de pasear
a una rubia despampanante. Todas estas actitudes solo intentan
enviar un mismo mensaje: mírame qué guapo/a
soy, mis genes son los mejores, copula conmigo. Aquí se
encuadra también el anhelo de los mentirosos compulsivos,
de los que se inventan que estuvieron en las Torres Gemelas
o de los que se erigen en testigos de situaciones que nunca
tuvieron lugar. Su único afán es tener al menos
un minuto de gloria contando que han visto o participado
en un hecho relevante. ¿Pero qué ocurre entonces
con los que no somos mentirosos y nos tiemblan las rodillas
al contar una milonga? Ocurre que usamos otros métodos
distintos para desplegar la cola de pavo real y atraer al
contrario. Yo sé muy bien cual es el mío –otro
día se lo cuento–, aunque sé (también)
que voy a quedar fatal.
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