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Todo el mundo está de acuerdo en que los realities que
tanto infestan la televisión son telebasura y material
deleznable. Sin embargo, con ánimo de rizar el rizo
(según me han contado, porque soy incapaz de tragar
más de dos minutos de semejante bodrio), por lo visto
ahora Gran Hermano presenta una especie de corte de los milagros:
un travesti, un emigrante llegado en patera, dos gemelos
que no se conocen… y a todos los meten allí a
remojo en un jacuzzi. Ignoro la razón, pero siempre
que haciendo zapping sintonizo con el engendro,
todos están macerándose y magreándose
unos otros a otros en tan hortera receptáculo. Mi
hermano Gervasio sostiene que amén de los evidentes
efectos de mal ejemplo, indolencia y rijosidad, los realities tiene
otro efecto colateral aún más perverso: están
convirtiendo a la sociedad entera en un reality en
el que todo el mundo actúa como si estuviera en un
inmenso y universal Show de Truman. Según
mi hermano, todo se sobreactúa, lo bueno es siempre
buenísimo, lo malo es malísimo, las carcajadas
son estentóreas a la mínima provocación
y a la mínima provocación también la
gente llora como magdalenas por la estupidez más intrascendente.
En otras palabras, ya no existen los matices, todo es elemental
y plano, como en una tonta telenovela. Yo, por mi parte,
creo que lo peor de esta invasión del mundo mediático
sobre el real es que todo se ha convertido en un espectáculo.
Ahora, cuando en la calle ocurre una desgracia, ya sea un
atropello o el lamentable espectáculo de un pobre
emigrante quemándose a lo bonzo en plena vía
pública, la gente ya no acude al rescate. El primer
impulso es sacar el móvil y grabar la escena y mandarla
a una televisión para lograr ese cuarto de hora de
gloria del que hablaba Andy Warhol. Porque lo peor de este
mundo Truman que ahora vivimos es que el sufrimiento se ha
vuelto el mejor y más buscado espectáculo.
Vean si no el lamentable culebrón Madeliene McCann.
Por lo visto, los padres, aun antes de llamar a la policía,
ya se habían puesto en contacto con una televisión
inglesa y desde entonces hemos vivido su sufrimiento minuto
a minuto con la increíble variante (todo un forre
para mercachifles del morbo) de verlos convertirse de víctimas
en verdugos. Tal ha sido la explotación mediática
del caso que han recaudado más de millón y
medio de euros para la búsqueda. ¿Y qué ocurre
con los cientos de niños que han desaparecido en situaciones
similares? ¿Qué pasa con otras Madeleines
igualmente bellas, inocentes e indefensas? Nada, no pasa
nada, ni nadie se acuerda de ellas, porque sus padres han
preferido sufrir en silencio en vez de entrar en el circo
mediático y hacer de su dolor un espectáculo
con el que alimentar al monstruo. Y el monstruo somos nosotros,
los espectadores de desdichas ajenas, que desde el trono
soberano de nuestra butaca frente al televisor nos dedicamos
a observar. Y a condenar, porque he aquí otro efecto
colateral perverso de este circo. Ahora la culpabilidad de
alguien se dilucida con una encuesta: el 78 por ciento de
los ingleses (o los chinos, o los letones, qué más
da) cree que los McCann son culpables de la muerte de su
hija. Y la encuesta se publica así, a modo de veredicto,
cuando todos sabemos (aunque tal vez hayamos olvidado) que
el hecho de que el 100 por ciento piense una cosa u otra
no la hace ni más verdadera ni más falsa. Tal
es el estado de cosas y la distorsionada visión que
provocan los medios de comunicación, que yo me atrevería
a hacer una propuesta para incluir en esa tan cacareada y
polémica asignatura llamada Educación para
la Ciudadanía. No estaría mal que desde ella
se enseñara a los futuros ciudadanos a pensar.
A pensar con sentido crítico, a separar el trigo de
la paja y a no hacer juicios elementales y bobalicones sobre
lo que ven en la caja tonta. Nosotros, los viejos, pertenecemos
a la generación que creció pensando “Esto
es verdad porque lo dice el periódico o la tele”,
de ahí que nos resulte tan difícil desprogramar
esa creencia. Ellos no; ellos saben que se dicen mentiras,
ayudémosles a que aprendan a diferenciarlas.
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